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Trios Chidos Inolvidables

6570 palabras

Trios Chidos Inolvidables

La noche en Playa del Carmen estaba calientísima, con esa brisa del mar que te acaricia la piel como un amante juguetón. Yo, Ana, acababa de llegar de un día en la playa, con el cuerpo bronceado y el corazón latiendo fuerte por la emoción de unas vacaciones solas. Tenía treinta años, soltera y lista para lo que viniera. En el bar del hotel, un lugar con luces tenues y música salsa que te hace mover las caderas sin querer, vi a ellos por primera vez. Marco y Lupe, un par de chidos que no pasaban desapercibidos. Él alto, moreno, con una sonrisa que prometía travesuras; ella curvilínea, con el pelo negro suelto y ojos que te desnudan con una mirada.

Me acerqué a la barra por un tequila reposado, y de repente, Lupe me rozó el brazo al pedir su margarita. Órale, güeyita, ¿vienes sola? dijo con esa voz ronca que me erizó la piel. Su perfume, una mezcla de coco y algo más salvaje, me envolvió. Marco se rio, apoyando su mano en mi hombro. Si quieres compañía, nosotros somos los indicados para hacerla chida. Sentí un cosquilleo en el estómago, esa tensión inicial que te hace dudar pero también te moja las bragas. Hablamos un rato, riendo de tonterías, pero sus miradas se clavaban en mí como si ya me estuvieran imaginando desnuda. ¿Y si me lanzo? ¿Un trío con estos dos? Suena a uno de esos trios chidos que lees en revistas picantes, pensé mientras bebía un sorbo que quemaba la garganta.

La conversación fluyó como el ron en nuestros vasos. Marco era de Guadalajara, Lupe de Monterrey, en pareja abierta que buscaba aventuras. No mames, Ana, tienes un cuerpazo que no se ve todos los días, soltó él, y Lupe asintió, pasando su uña por mi muslo bajo la mesa. El roce fue eléctrico, un calor que subió directo a mi entrepierna. Mi corazón latía desbocado, el sonido de las olas rompiendo afuera se mezclaba con la salsa que nos hacía bailar pegaditos. Olía a sal, a sudor fresco y a deseo contenido. ¿Qué tal si subimos a nuestra suite? Ahí sí que armamos un desmadre chido, propuso Lupe, y yo, con las mejillas ardiendo, dije que simón.

¿Estoy loca? Pero se siente tan bien esta adrenalina, como si mi cuerpo gritara por más

En el ascensor, la tensión explotó. Marco me besó primero, sus labios gruesos y calientes saboreando a tequila y menta, mientras Lupe me mordisqueaba el cuello, su aliento caliente en mi oreja. Eres una ricura, nena, murmuró ella. Mis pezones se endurecieron contra la blusa delgada, y sentí sus manos explorando mis curvas. El ding del ascensor fue como una señal, y entramos a la suite con vistas al mar, la luna iluminando la cama king size.

Acto seguido, Lupe me quitó la blusa con delicadeza, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Su lengua trazaba círculos en mi ombligo, y el olor de su arousal, dulce y almizclado, me volvía loca. Marco se desvistió, revelando un torso musculoso y una verga ya semierecta que me hizo salivar. Mírala, Lupe, ya está lista para los trios chidos, dijo él juguetón. Me recostaron en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Lupe se subió encima, frotando su concha húmeda contra mi muslo mientras me besaba profundo, su lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y caliente.

Marco se unió, chupando mis tetas con avidez. Sentí su barba raspando mi piel sensible, el pop de sus labios al soltar mis pezones hinchados. ¡Qué chido! Nunca había sentido tantas manos a la vez, tantos labios devorándome. Mis gemidos llenaban la habitación, mezclados con los suyos. Bajé la mano y toqué la verga de Marco, dura como piedra, venosa y palpitante. La apreté, sintiendo su pulso acelerado, y él gruñó Así, Ana, agárrala fuerte. Lupe se movió hacia abajo, lamiendo mi clítoris con maestría, su lengua plana y rápida que me hacía arquear la espalda. El sabor salado de mi propia excitación en su boca cuando me besó después fue embriagador.

La intensidad subía como la marea. Cambiamos posiciones; yo de rodillas, chupando la verga de Marco mientras Lupe me penetraba con los dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. ¡No mames, qué boca tan chida tienes! jadeó él, sus caderas empujando suave. El sonido de succiones húmedas, de piel contra piel, y nuestros jadeos roncos creaban una sinfonía erótica. Sudábamos, el aroma a sexo puro impregnaba el aire, mezclado con el jazmín del balcón abierto. Lupe gemía al masturbarse viéndonos, sus dedos brillantes de jugos.

Esto es un trío chido de verdad, no como esos que imaginas y quedan en nada. Aquí todo fluye, todo se siente real y jodidamente perfecto

Marco me levantó, colocándome a horcajadas sobre él. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Cabálgame, mamacita, ordenó, y yo lo hice, rebotando con ritmo, mis tetas saltando. Lupe se sentó en su cara, y él la lamió con furia mientras yo lo montaba. Sentía sus bolas contra mi culo, el slap slap de nuestros cuerpos chocando. Lupe y yo nos besamos, compartiendo el sabor de su concha en la lengua de Marco. El clímax se acercaba, una ola gigante building up.

¡No aguanté más! Mi orgasmo explotó primero, un temblor que me sacudió entera, contrayendo mi concha alrededor de su verga en espasmos incontrolables. ¡Sí, Ana, apriétame! rugió Marco, y se corrió dentro de mí, chorros calientes que me inundaron. Lupe se vino segundos después, gritando ¡Chingao, qué rico!, su cuerpo convulsionando sobre la boca de él. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Nos quedamos ahí, abrazados bajo las estrellas que brillaban por la ventana. El mar susurraba afuera, un arrullo perfecto. Marco me acarició el pelo, Lupe besó mi hombro. Ese fue uno de los trios chidos más cabrones que hemos tenido, dijo él con una sonrisa perezosa. Yo asentí, el cuerpo lánguido y satisfecho, un glow que me hacía sentir poderosa, deseada. Nunca imaginé que un encuentro así me cambiaría, me haría sentir tan viva.

Al amanecer, nos despedimos con promesas de más aventuras, pero supe que este trío chido quedaría grabado en mi piel, en mis sueños húmedos. Caminé por la playa con una sonrisa secreta, el sol calentando mi piel como sus cuerpos la noche anterior. La vida, cuando es chida, te regala momentos así de inolvidables.

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