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El Tri en YouTube Despierta Nuestras Pasiones Ocultas

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El Tri en YouTube Despierta Nuestras Pasiones Ocultas

Era una noche de esas que el calor de la Ciudad de México te pega como un beso ardiente, pegajoso y sin escape. Yo, Karla, estaba sola en mi depa en la Condesa, con el ventilador zumbando como un amante impaciente y las luces tenues pintando sombras juguetones en las paredes. Tenía el laptop abierto en la cama king size, sudando un poquito bajo la sábana ligera. Neta, qué chido estar así, sin prisa, pensé mientras abría YouTube. Busqué "El Tri" porque de repente me dio por ahí, recordando esas rolas que mi carnal me ponía de morrillo y que siempre me ponían la piel chinita.

El primer video que saltó fue "Abuso de Autoridad", con esa guitarra rasposa y la voz de Alex Lora gritando verdades que calan hondo. Subí el volumen y me recosté, dejando que el ritmo me invadiera. El bajo retumbaba en mi pecho, vibrando bajito hasta mi entrepierna. Pinche El Tri en YouTube, siempre sabe cómo ponerme cachonda sin querer. Cerré los ojos y mi mano se deslizó por mi blusa holgada, rozando el encaje de mi bra. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con el sudor fresco de la noche, y el aire traía ecos de tacos al pastor de la calle.

De pronto, un golpe en la puerta me sacó del trance. ¿Quién chingados será a estas horas? Me levanté, ajustándome la shortcita de pijama que apenas cubría mis nalgas firmes. Abrí y ahí estaba él: Marco, el vecino del depa de al lado, moreno, con brazos tatuados y una sonrisa que derretía fierros. Llevaba una playera ajustada de El Tri, neta, y unos jeans que marcaban todo lo que una chava como yo necesita ver.

Órale, Karla, ¿estás poniendo a El Tri tan cabrón? Se oye hasta mi recámara, wey —dijo riendo, con esa voz grave que me erizó los vellos.

Sí, carnal, ven, échale un ojo a este video en YouTube. Está cañón —le contesté, jalándolo adentro sin pensarlo dos veces. El corazón me latía al ritmo de la rola, y su olor a colonia masculina con toques de cerveza fresca me envolvió como una niebla caliente.

Nos sentamos en la cama, hombro con hombro, el laptop entre nosotros. Poníamos video tras video de El Tri en YouTube: "Triste Canción de Amor", "Piedras Rodantes", cada una más rasposa, más viva. Sus rodillas rozaban las mías, y cada roce era como una chispa. Hablábamos de todo: de conciertos en el Palacio de los Deportes, de cómo esas letras te hacen sentir vivo, pendejo pero vivo. Su mano cayó casualmente en mi muslo, y no la quité. Al contrario, la piel se me encendió, un calor húmedo creciendo entre mis piernas.

¿Y si lo beso ahorita? Neta, Marco siempre me ha gustado, con esa mirada que dice "te quiero comer entera"

La música subió de volumen con "Las Piedras Rodantes", y él se paró de un brinco. —¡Vamos a bailar, mamacita! El Tri no se escucha sentada —gritó, extendiendo la mano. Lo tomé, y nos pusimos a movernos en el cuarto, caderas chocando al ritmo del bajo. Su pecho duro contra el mío, sudor mezclándose, el olor de su piel salada invadiendo mis sentidos. Sentía sus manos en mi cintura, bajando poquito a poco, apretando mis nalgas con permiso implícito en cada mirada que nos cruzábamos.

Estás rica bailando, Karla. Me traes loco con ese movimiento —murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Me giré, presionando mi culo contra su verga endurecida que ya palpitaba bajo los jeans. Sí, wey, ya estamos en el juego. Nuestras bocas se encontraron en un beso salvaje, lenguas enredándose como las guitarras de El Tri, saboreando cerveza y deseo puro. Sus manos subieron por mi blusa, quitándosela con urgencia, y yo le arranqué la playera, lamiendo el sudor de su pecho tatuado.

El video seguía sonando de fondo, "A Dónde Vamos" ahora, con esa letra que parecía escrita para nosotros. Lo empujé a la cama, montándome encima mientras desabrochaba su cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor que emanaba. —Qué chingona, Marco. Quiero sentirte adentro —le dije, chupándola despacio, saboreando la sal de su prepucio, mi lengua girando alrededor de la cabeza hinchada. Él gemía bajito, agarrándome el pelo con ternura, guiándome sin forzar.

Me quitó la shorty y las tanguitas, exponiendo mi concha mojada, reluciente bajo la luz tenue. Sus dedos exploraron, rozando mi clítoris hinchado, metiéndose suaves, curvándose para darme placer. Pinche experto, sabe justo dónde tocar. El cuarto olía a sexo incipiente, a jugos mezclados con el aroma de la ciudad filtrándose por la ventana. Me lamió ahí abajo, lengua plana lamiendo mis labios mayores, chupando mi botón con succiones que me hacían arquear la espalda. Grité su nombre entre jadeos, el ritmo de El Tri en YouTube marcando nuestros movimientos como un corazón latiendo fuerte.

La tensión crecía, mis caderas ondulando contra su boca, sus manos amasando mis tetas firmes, pellizcando pezones duros como piedras.

No aguanto más, lo necesito ya, profundo, cabrón
Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, el glande besando mi cervix. —Fóllame duro, Marco, como si fueras Lora gritando en el escenario —le pedí, y él obedeció, embistiéndome con fuerza controlada, piel contra piel chocando con palmadas húmedas.

Nos volteamos, él encima ahora, mis piernas envolviéndolo, uñas clavándose en su espalda musculosa. El sudor chorreaba de su frente al escote de mis tetas, y lo lamía yo misma, salado y adictivo. El bajo de la rola retumbaba, sincronizándose con sus estocadas profundas, rápidas. Mi clítoris rozaba su pubis peludo, enviando ondas de placer que me contraían el vientre. Ya vengo, wey, no pares. Él aceleró, gruñendo mi nombre, su verga hinchándose más dentro de mí.

Explotamos juntos: yo primero, un orgasmo que me sacudió entera, concha apretándolo como un puño, jugos salpicando sus bolas. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, gimiendo ronco mientras temblaba. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, el video de El Tri en YouTube llegando a su fin con aplausos lejanos.

Después, recostados en la cama revuelta, con su brazo alrededor de mi cintura y mi cabeza en su pecho húmedo, pusimos otro video. Reíamos bajito, compartiendo un six de chelas frías. —Neta, Karla, El Tri en YouTube nunca había sido tan chido —dijo él, besándome la frente.

Es nuestro himno ahora, carnal. Vuelve cuando quieras a ponerlo —respondí, sabiendo que esto era solo el principio. La noche se extendía, llena de promesas, con el eco de las guitarras aún vibrando en nuestra piel satisfecha.

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