Intenta No Cantar De Placer
La noche antes del palenque más chingón de la feria de mi pueblo, mi voz era como un diamante tallado. Mañana cantaría rancheras que harían llorar a los machos más duros y suspirar a las morras. Pero ahí estaba Alex, mi wey, recargado en el marco de la puerta de mi depa en la Roma, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Llevaba una camisa guayabera ajustada que marcaba sus pectorales, olor a tequila reposado y su loción de sándalo que me volvía loca.
Neta, carnal, no puedo arruinar mi garganta, pensé mientras lo jalaba adentro. Cerré la puerta con un clic que sonó como promesa. La luz tenue del foco de la sala pintaba sombras en su piel morena, y el aroma de los tacos de suadero que trajimos de la taquería de la esquina flotaba en el aire, mezclado con el calor de nuestros cuerpos acercándose.
—Órale, mi reina de la banda —me dijo con voz ronca, rodeándome la cintura con sus manos callosas de mecánico—. ¿Lista pa' romperla mañana?
Lo besé, saboreando el picor de la salsa en sus labios. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretando con esa fuerza que me hacía mojada al instante. Caminamos tropezando hasta el sillón de piel, donde caímos riendo bajito. Sus dedos se colaron bajo mi blusa corta, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedras. El roce era eléctrico, un cosquilleo que subía por mi espina.
—Alex, wey, try to not sing —susurré en mi mente, recordando esa frase gringa que me repetía en los ensayos pa' controlar la voz. Pero esto no era un escenario, era puro fuego en las entrañas.
Acto primero: el deseo que quema lento. Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa. Su camisa voló, revelando el pecho velludo que olía a sudor fresco y hombre. Yo me desabroché el brasier, mis tetas saltaron libres, y él las devoró con la mirada antes de morder un pezón suave. ¡Ay, cabrón! Un jadeo se me escapó, pero lo mordí. Mañana tenía que sonar como Paquita la del Barrio en su prime.
En la cama king size que compré con mis primeros cheques de la disquera, nos tendimos. El colchón crujió bajo nuestro peso, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda. Alex se puso encima, su verga dura presionando mi muslo, gruesa y caliente como un fierro al rojo. La besé en la boca mientras su mano bajaba a mi panocha, ya empapada. Sus dedos juguetearon el clítoris, círculos lentos que me hacían arquear la espalda.
—Estás chorreando, mi amor —gruñó él, metiendo un dedo, luego dos. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba la habitación, mezclado con mi respiración agitada.
Yo lo masturbé, sintiendo las venas pulsantes en su tronco, el prepucio suave deslizándose. Olía a sexo puro, ese almizcle que enloquece.
Intenta no cantar, intenta no cantar, me repetía, apretando los dientes mientras él lamía mi cuello, bajando a mi ombligo.
Acto segundo: la escalada que te parte en dos. Alex se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas como un libro sagrado. Su lengua atacó mi chochito, lamiendo de abajo arriba, chupando el clítoris con succiones que me hacían ver estrellas. El sabor salado de mi excitación en su boca, lo sabía por cómo gemía contra mí. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, el vello de su barba raspando mis muslos internos como lija deliciosa.
—¡No pares, pendejo! —susurré, pero en voz tan baja que parecía viento. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave. El placer subía en olas, tensando mis músculos, mi corazón latiendo como tambor de banda sinaloense.
Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ¡Dios mío, qué llenura! Llenó cada rincón, su pubis chocando contra mi clítoris. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel contra piel sudorosa, el slap slap de cuerpos uniéndose. Su aliento caliente en mi oreja, susurrando guarradas:
—Te voy a chingar hasta que cantes ranchera, mi vida.
Yo reí bajito, pero un gemido traicionero salió. Try to not sing, wey, pensé en inglés pa' controlarme, imaginando el micrófono en la mano en vez de su nalga. Aceleramos, él embistiendo profundo, mis uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos que mañana presumiría. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, su loción mezclada. Mis tetas rebotaban con cada estocada, él las amasaba, pellizcando pezones.
La tensión crecía, como el solo de trombón antes del grito. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo. Él gruñía bajito, mordiendo mi hombro pa' no gritar. Yo sentía el orgasmo venir, un volcán en el vientre. No cantes, no gimas fuerte, ahorita no. Pero sus embestidas se volvieron salvajes, golpeando mi punto G, el placer tan intenso que mis ojos se humedecieron.
—Me vengo, Alex... —jadeé, voz ronca.
Él aceleró, su verga hinchándose dentro. El clímax me rompió, olas de éxtasis puro, mi cuerpo convulsionando, apretándolo como puño. Un grito se formó en mi garganta, pero lo convertí en un trino suave, como La Bikina ahogada. Él explotó segundos después, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
Acto tercero: el eco que perdura. Nos quedamos pegados, sudados, respirando pesado. Su peso cómodo, su verga ablandándose aún dentro. Besos lentos, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida.
—Lo lograste, mi amor —dijo él, acariciando mi mejilla—. No cantaste ni madres.
Yo sonreí, voz intacta.
Try to not sing... y lo hice. Mañana rompería el palenque, pero esta noche, el verdadero escenario fue su cuerpo. Nos acurrucamos, el sueño llegando con su calor envolviéndome, promesa de más noches así. Neta, la vida es chida cuando el placer y la pasión bailan al mismo ritmo.