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La Noche del Trio Dandys

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La Noche del Trio Dandys

Entré al bar de Polanco con el corazón latiéndome a mil, el aire cargado de ese olor a tequila añejo y perfume caro que siempre me ponía de nervios. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, mis tacones resonando contra el piso de mármol pulido. Era viernes por la noche en la Zona Rosa, y neta, necesitaba desquitarme del pinche estrés de la oficina. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal, y mientras el hielo crujía en el vaso, mis ojos se clavaron en ellos.

Ahí estaban, el Trio Dandys, como les decían en todos lados. Tres weyes guapísimos, vestidos impecables: trajes slim fit, camisas abiertas mostrando pechos lisos y bronceados, relojes que brillaban como estrellas. Diego, el alto con cabello negro peinado hacia atrás y sonrisa de diablo; Marco, el moreno con ojos verdes que te desnudaban con la mirada; y Luis, el rubio californiano con acento chilango adoptado, todo músculos bajo esa chaqueta de terciopelo. Los había visto en redes, famosos por sus fiestas exclusivas, pero en persona... órale, eran puro fuego.

Me miraron al mismo tiempo, como si tuvieran un pacto secreto. Diego levantó su copa, guiñándome el ojo.

¿Qué pedo, Ana? ¿Vienes sola o qué?
gritó Marco por encima de la música electrónica que retumbaba, con reggaetón suave de fondo. Me reí, sintiendo un cosquilleo en la piel, el calor subiéndome por las piernas. Neta, ¿por qué no?, pensé, mientras me acercaba bailando un poquito.

Empezamos a platicar, coqueteando sin parar. Diego me rozó la mano al pasarme su trago, su piel cálida y suave oliendo a colonia cara, madera y algo masculino que me mareaba. Estos cabrones saben lo que hacen, me dije, mientras Luis me contaba chistes subidos de tono sobre sus aventuras en Acapulco. La tensión crecía con cada risa, cada mirada que bajaba a mis chichis o a mis nalgas. Bebimos shots de tequila, el líquido quemándome la garganta, soltándome las inhibiciones. ¿Y si me lanzo? ¿Y si esta noche es la mía?

La noche avanzaba, el bar se llenaba de cuerpos sudados moviéndose al ritmo. Marco me sacó a bailar, su cuerpo pegándose al mío, sus manos en mi cintura guiándome. Sentía su verga dura contra mi culo, frotándose sutil, y yo no me apartaba, al contrario, arqueaba la espalda queriendo más. Diego y Luis nos rodeaban, tocándome el brazo, el hombro, sus alientos calientes en mi cuello.

Ven con nosotros, mami. Vamos a mi penthouse aquí cerquita. Te vamos a hacer volar
, susurró Diego, su voz ronca como miel caliente.

Dije que sí sin pensarlo dos veces. Salimos al valet, el aire fresco de la noche mexicana besándome la cara, luces de neón reflejándose en los charcos de la lluvia reciente. Subimos a un Escalade negro, yo en medio, sus cuerpos presionándome, manos explorando mis muslos bajo la falda. El motor rugía suave mientras Marco manejaba, Diego besándome el cuello, mordisqueando suave, su lengua dejando un rastro húmedo que me erizaba la piel.

Acto dos: la escalada. Llegamos al penthouse en Reforma, vistas al Ángel de la Independencia brillando allá abajo. El lugar olía a incienso y cuero nuevo, luces tenues, música lounge sonando bajito. Nos sirvieron champagne, burbujas explotando en mi lengua, efervescentes y dulces. Se quitaron las chaquetas, camisas desabotonándose lentito, revelando torsos perfectos, vello fino en el pecho de Diego, abdominales marcados en Luis.

Me sentaron en el sofá de piel suave, yo en medio otra vez. Esto es un sueño, neta, pensé, mi concha palpitando de anticipación, humedad empapándome las panties. Marco se arrodilló, besando mis rodillas, subiendo despacio por mis muslos, su aliento caliente haciendo que temblara. Diego me besó, lengua invadiendo mi boca, saboreando a tequila y deseo, mientras Luis chupaba mi oreja, susurrando

Relájate, reina. Somos tuyos esta noche
.

La ropa voló: mi vestido por encima de la cabeza, sus manos expertas desabrochando mi brasier, liberando mis chichis duras, pezones erectos pidiendo atención. Luis los lamió primero, succionando suave, luego fuerte, mordidas que me arrancaban gemidos. ¡Ay, wey, qué rico! grité, arqueándome. Marco bajó mis panties, oliendo mi aroma almizclado de excitación, y metió la lengua en mi raja, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis jugos como si fuera el mejor manjar. Diego se sacó la verga, gruesa y venosa, palpitante, y me la puso en la mano. La apreté, sintiendo su calor, venas latiendo bajo mi palma sudorosa.

Los gemidos llenaban el aire, piel contra piel resbaladiza de sudor, el slap slap de lenguas y dedos explorando. Me voltearon, yo de rodillas en el sofá, Marco detrás abriéndome las nalgas, su lengua en mi ano, rimming jugoso que me volvía loca. Diego en frente, verga en mi boca, yo chupándola hondo, garganta acomodándose a su grosor, saliva goteando. Luis debajo, dedos en mi concha, frotando G-spot, haciendo que chorros de placer me sacudieran. No aguanto, cabrones, fóllenme ya, supliqué con la voz ronca.

Escalamos juntos: Marco metió su verga primero, lenta, llenándome centímetro a centímetro, su calor estirándome delicioso, embestidas profundas que me hacían jadear. Diego en mi boca, follándome la cara suave pero firme. Luis se unió, su pija en mi mano, yo masturbándolo mientras ondas de placer me recorrían. Cambiaron posiciones, yo cabalgando a Diego, su pubis rozando mi clítoris, Luis en mi culo lubricado con saliva y crema, doble penetración que me partía en dos de éxtasis, Marco en mi boca tragando sus bolas peludas. Sudor goteando, olores a sexo crudo, musk almizcle mezclado con perfume, cuerpos chocando en ritmo frenético, mis uñas clavándose en espaldas, mordidas en hombros.

La tensión subía como volcán, mis paredes contrayéndose, sus vergas hinchándose dentro. Vengan, lléname, Trio Dandys, grité, invocando su nombre como mantra. Gemidos guturales,

¡Sí, mami, agárrala!
de Marco, gruñidos de los otros. El clímax explotó: yo primero, orgasmo cegador, concha convulsionando, chorro salpicando, piernas temblando. Ellos siguieron, Diego corriéndose en mi boca, leche caliente salada tragada ansiosa; Luis en mi culo, inundándome cálido; Marco dentro, semen rebosando mis labios vaginales.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose, el aire pesado de nuestro aroma compartido. Me besaron todos, tiernos ahora, caricias suaves en mi cabello enmarañado. Qué chingón fue esto, pensé, flotando en afterglow, pieles pegajosas enfriándose, pulsos enlenteciéndose al unísono.

Diego trajo toallas húmedas, oliendo a lavanda, limpiándonos con cuidado. Nos acurrucamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como nube.

Eres increíble, Ana. Vuelve cuando quieras
, murmuró Luis, su mano en mi teta posesiva pero dulce. Marco preparó café de olla, el aroma canela y piloncillo llenando el dawn, luces rosadas filtrándose por ventanales.

Me vestí con piernas flojas, besos de despedida largos y prometedores. Bajé al lobby, el sol saliendo sobre la ciudad, mi cuerpo zumbando de satisfacción plena. El Trio Dandys... neta, inolvidables. Caminé a mi coche con sonrisa pícara, sabiendo que esta noche había cambiado todo. Una aventura mexicana, consensual y ardiente, grabada en mi piel para siempre.

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