Canciones del Tri Letra en Nuestra Piel
La noche en la azotea de mi depa en la Condesa estaba chida de verdad. El aire fresco de México traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los cigarros que fumaban los cuates abajo. La música retumbaba desde el estéreo viejo de mi carnal, puro rock nacional, y de repente sonó Abuso de Autoridad de El Tri. Sentí un cosquilleo en la espalda, como si las letras me rozaran la piel. Ahí estaba ella, Lupe, con su falda tejida que se pegaba a sus curvas prietas, bailando sola bajo las luces de neón que parpadeaban desde el skyline.
Yo, Marco, la vi desde el otro lado de la azotea, con una cerveza fría en la mano. Hacía años que no la veía, desde la prepa, cuando nos quedábamos hasta el amanecer platicando de música y sueños locos. Neta, wey, pensé, esa morra siempre me ha puesto como moto. Sus ojos negros brillaban con el ritmo, y su pelo suelto ondeaba como bandera en el viento. Me acerqué, el corazón latiéndome fuerte, el sudor ya perlándome la frente pese al fresco.
—Órale, Lupe, ¿sigues fan del Tri? —le dije, gritando por encima de la guitarra rasposa.
Ella se giró, sonriendo con esa boca carnosa que prometía pecados.
«¡Siempre, pendejo! Sus canciones del Tri letra son como tatuajes en el alma. ¿Te acuerdas cuando copiábamos las letras en cuadernos?»Su voz era ronca, como si hubiera fumado algo dulce, y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi pecho marcado bajo la playera.
Nos pusimos a bailar pegaditos, sus caderas rozando las mías al compás de Triste Canción de Amor. Sentí su calor a través de la tela fina, el perfume de vainilla y sudor fresco invadiéndome las fosas nasales. Mi verga ya se despertaba, presionando contra el jeans, y por su mirada pícara, supe que ella lo notaba. Hablamos de las canciones del Tri letra que nos marcaron: Piedras Rodantes, Niño Sin Amor. Saqué de mi mochila un librito viejo, lleno de letras garabateadas a mano, reliquia de aquellos días.
—Mira, neta, este cuaderno tiene todas las canciones del Tri letra que tanto nos gustaban —le mostré, pasando las páginas amarillentas bajo la luz de mi cel.
Sus dedos rozaron los míos al hojearlo, un toque eléctrico que me erizó la piel. La tensión crecía, como el solo de guitarra antes del coro. Bajamos el volumen de la música y nos sentamos en una banca, hombro con hombro, el viento lamiendo nuestras piernas expuestas.
La fiesta seguía abajo, risas y botellas chocando, pero nosotros ya estábamos en nuestro mundo. Lupe recitó una estrofa de Las Piedras Rodantes, su aliento cálido en mi oreja:
«Todo lo que brilla no es oro...»Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacio, y yo no pude más. La besé, sus labios suaves y jugosos respondiendo con hambre. Sabían a tequila y menta, su lengua danzando con la mía como en un duelo pasional.
Nos levantamos, tambaleantes de deseo, y entramos al depa. El pasillo olía a tacos de la esquina, pero pronto se impregnó de nuestro aroma: sudor, excitación, piel caliente. Cerré la puerta de mi recámara con llave, el clic resonando como promesa. La luz tenue de la lámpara de lava pintaba sombras en sus pechos, que subían y bajaban rápidos.
—Quiero que me cantes una de esas canciones del Tri letra mientras me tocas —me susurró, quitándose la blusa con un movimiento fluido. Sus tetas perfectas, morenas y firmes, con pezones oscuros ya duros como piedras.
La tumbé en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Mi boca devoró su cuello, lamiendo el salitre de su piel, bajando a esos pechos que olían a loción de coco. Ella gemía bajito, «¡Ay, cabrón, sí!», arqueando la espalda. Desabroché su falda, mis dedos temblando de anticipación. Sus bragas estaban empapadas, el olor almizclado de su excitación volviéndome loco. Las arranqué, exponiendo su concha rosada, hinchada y lista.
Tomé el cuaderno de nuevo. Canciones del Tri letra como banda sonora. Leí en voz alta de Abuso de Autoridad, mi voz grave ronca:
«No me digas que no, que sí puedes...»Mientras, mis dedos exploraban sus pliegues húmedos, deslizándose adentro con facilidad. Ella se retorcía, sus uñas clavándose en mis hombros, el dolor placentero avivando el fuego.
La tensión subía como el volumen en un pinche concierto. Me quité la ropa rápido, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Lupe la miró con ojos hambrientos, lamiéndose los labios. Se arrodilló, su aliento caliente rozándola primero, luego su lengua trazando venas, saboreando el precum salado. «Qué rica verga, wey», murmuró antes de engullirla, chupando con maestría, el sonido obsceno de succión llenando la habitación. Sentí su garganta apretándome, mis bolas tensándose.
Pero no quería acabar así. La volteé boca abajo, su culo redondo alzándose invitador. Besé su espalda, bajando por la columna vertebral, mordisqueando nalgas firmes. Mi lengua encontró su ano, lamiendo suave, luego hundiéndose en su coño desde atrás. Ella gritaba placer, «¡Métemela ya, pendejo!», empapando las sábanas.
Me posicioné, la punta rozando su entrada resbaladiza. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes calientes envolviéndome como guante de terciopelo. Neta, era el paraíso. Empecé a bombear, lento al principio, dejando que las canciones del Tri letra resonaran en mi cabeza como ritmo. Sus gemidos se sincronizaban: «¡Más fuerte, cabrón!». Aceleré, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, el olor de sexo impregnando todo.
Internamente luchaba:
Esto es más que un polvo, es como si esas letras nos unieran para siempre.Ella volteó, montándome ahora, sus tetas rebotando hipnóticas. Cabalgaba salvaje, sus jugos chorreando por mis bolas, el sudor uniéndonos. Le recité otra letra, Triste Canción, y ella respondió gimiendo estrofas entre jadeos.
La intensidad crecía, mis embestidas profundas tocando su punto G. Sus ojos se pusieron en blanco, el cuerpo temblando. «¡Me vengo, Marco! ¡No pares!» Su coño se contrajo como puño, ordeñándome, chorros calientes salpicando. Eso me llevó al borde. Salí justo a tiempo, eyaculando chorros espesos sobre su vientre, pintándola de blanco cremoso. Colapsamos, exhaustos, respiraciones entrecortadas mezclándose.
En el afterglow, nos quedamos abrazados, el cuaderno abierto entre nosotros. Las páginas de canciones del Tri letra manchadas de sudor. Ella trazó un dedo por mi pecho:
«Esto fue mejor que cualquier rola, wey. Pero hagámoslo costumbre.»
El sol asomaba por la ventana, tiñendo todo de oro. Saboreé su piel salada una vez más, sabiendo que esas letras nos habían desnudado el alma. La fiesta había terminado, pero nuestra noche apenas empezaba de nuevo.