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Intentado en Participio Prohibido

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Intentado en Participio Prohibido

La noche en la Ciudad de México olía a jazmín y a tacos de la esquina, ese aroma que se cuela por las ventanas abiertas de mi departamento en la Roma. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pesado pero el corazón latiendo con anticipación. Él vendría pronto, mi vecino del piso de arriba, el moreno alto con ojos que prometían pecados. Nos conocimos en el elevador, un roce casual que se convirtió en mensajes calientes por WhatsApp. Hoy, por fin, lo invitaría a cruzar la línea.

Me duché rápido, el agua caliente resbalando por mi piel como caricias previas. Me puse un vestido negro ajustado, sin nada debajo, sintiendo el tejido rozar mis pezones endurecidos. El sonido de la llave en la puerta me erizó la piel. Ahí estaba Carlos, con su sonrisa pícara y una botella de mezcal en la mano.

¿Qué onda, güey? ¿Lista para probar algo nuevo?

Su voz grave me vibró en el pecho. Nos sentamos en el sofá, el mezcal quemándonos la garganta con su sabor ahumado, dulce como un beso prohibido. Hablamos de todo y nada, pero el aire se cargaba de electricidad. Sus dedos rozaron mi muslo accidentalmente —o no— y sentí un pulso caliente entre las piernas.

Acto uno: la chispa. Le conté de mi fantasía, una que había leído en un blog erótico mexicano, sobre juegos de palabras que se volvían juegos de cuerpos. "Try en participio", le dije riendo, recordando una lección loca de inglés que tomé una vez. "Intentado, probado, consumado". Él arqueó la ceja, su mano subiendo más.

¿Quieres que lo intentemos? murmuró, su aliento con olor a mezcal contra mi cuello.

Nos besamos entonces, lento al principio, lenguas explorando como turistas en un mercado. Su boca sabía a chile y limón, mis labios se hincharon bajo la presión. Lo jalé hacia la recámara, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Sus manos grandes me quitaron el vestido, exponiendo mi piel al aire fresco. Chingón, pensó mi mente, mientras él gemía al ver mis curvas desnudas.

Acto dos: la escalada. Me recostó, besando mi cuello, bajando por el valle de mis senos. Sus dientes rozaron un pezón, enviando descargas hasta mi clítoris palpitante. Olía a su sudor masculino, mezclado con mi aroma de excitación, ese almizcle que inunda la habitación. "Déjame probarte", susurró, y su lengua trazó un camino ardiente hacia mi entrepierna.

Me abrí para él, piernas temblando. Su boca me devoró, chupando suave, luego fuerte, el sonido húmedo de succión resonando como música sucia. ¡Pinche cielo! grité en mi cabeza, arqueando la espalda. Mis manos enredadas en su cabello negro, tirando mientras ondas de placer me recorrían. Él metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. Intenté contenerme, pero el orgasmo llegó como un camión sin frenos, mi cuerpo convulsionando, jugos empapando su barbilla.

Ya lo intenté en participio, ahora consúmelo todo, le ordené jadeante.

Se levantó, quitándose la ropa con prisa. Su verga dura saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma cargada. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, mis labios estirándose alrededor de la cabeza. Él gruñó, cabrón, empujando suave en mi boca. El olor de su excitación me mareaba, su piel salada en mi lengua.

Lo monté entonces, guiándolo dentro de mí. Lentooo, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El roce interno me quemaba, cada vena frotando mis paredes sensibles. Empecé a moverme, caderas girando como en un baile de salsa callejero. Sus manos en mi culo, amasando, guiándome más rápido. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclándose con el tráfico lejano de la avenida.

Inner struggle: ¿me dejo ir del todo? Siempre controlo, pero con él, quería rendirme. "Más fuerte, pendejo", le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo, sus bolas golpeando mi trasero. Sudor goteando entre mis senos, resbalando hasta donde nos uníamos. Olía a sexo puro, a deseo mexicano crudo.

La tensión crecía, mi clítoris rozando su pubis con cada bajada. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre. Él también, sus ojos vidriosos, me vengo, avisó. "Juntos", respondí, acelerando. El mundo se volvió blanco, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él explotó dentro, chorros calientes llenándome, el exceso goteando por mis muslos.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su corazón latía contra mi pecho, rápido como el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a nosotros, a sábanas revueltas y mezcal derramado. Me acurruqué en su brazo, su mano acariciando mi cabello.

Try en participio perfecto: intentado, probado, agotado, pensé sonriendo.

Nos quedamos así, hablando bajito de tonterías, planeando la próxima. La luna se colaba por la ventana, iluminando su rostro satisfecho. Por primera vez en meses, me sentía completa, empoderada en mi deseo. Él no era solo un polvo; era el catalizador de mi fuego interno. Mañana, el mundo seguiría girando, pero esta noche, en este departamento bohemio, habíamos escrito nuestra propia historia carnal.

El eco de nuestros gemidos aún vibraba en mis oídos mientras el sueño nos vencía, prometiendo más intentos en participio.

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