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El Trio Casero Lesbianas que Prendió Fuego a Mi Noche

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El Trio Casero Lesbianas que Prendió Fuego a Mi Noche

Era una noche cualquiera en mi departamentito en la Colonia Roma, de esas que empiezan con unas cheves frías y terminan en quién sabe qué. Yo, Ana, acababa de llegar de un día de puro estrés en la chamba, y ahí estaban mis dos compas de toda la vida: Sofía y Carla. Sofía, la morena de ojos verdes que siempre anda con ese aire de pinche diosa, y Carla, la güerita explosiva con curvas que no mienten. Las tres solteras, las tres con ganas de desquitarnos del mundo.

Nos echamos en el sillón con unas coronitas heladas, el aire cargado del olor a limón y sal que subía de las botellas. La tele prendida en Netflix, pero ninguna le paraba bola de verdad.

Órale, neta que hoy necesito algo que me saque este pedo de la cabeza
, dije yo, recargándome en el hombro de Sofía. Su piel olía a vainilla y sudor ligero, de ese que te hace agua la boca sin querer.

Carla, con esa risa traviesa que tiene, sacó su cel y empezó a buscar en Xvideos. Trio casero lesbianas, leyó en voz alta, guiñándome el ojo. ¿Y si nosotras armamos el nuestro propio? soltó, como si nada. El corazón me dio un brinco. Las vi a las dos, sus labios carnosos brillando con la espuma de la chela, y sentí un cosquilleo entre las piernas que no era de la cerveza.

Al principio fue puro juego. Sofía se acercó, su aliento cálido en mi cuello. ¿Qué dices, Ana? ¿Te late? murmuró, mientras su mano rozaba mi muslo por encima del short. El tacto de sus dedos, suaves pero firmes, me erizó la piel. Carla se unió, sentándose a horcajadas en mi otra pierna, su calor filtrándose a través de la tela.

Neta, carnalas, esto va a estar cañón
, pensé, mientras el aroma de sus perfumes se mezclaba con el mío propio, ese olor almizclado que sale cuando te prendes de verdad.

La cosa escaló despacio, como buen mole que se cocina a fuego lento. Nos fuimos al cuarto, dejando un rastro de ropa tirada por el pasillo. Mi cuarto olía a sábanas frescas y a esa vela de lavanda que siempre prendo. Nos quitamos las blusas primero, revelando tetas que se veían perfectas bajo la luz tenue de la lámpara. Sofía tenía las suyas redondas, con pezones oscuros que se paraban como soldaditos. Carla, más grandes, rebotando suaves al moverse.

Me recosté en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sofía se trepó encima, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a chela y deseo puro. Su lengua danzaba con la mía, húmeda y caliente, mientras sus chichis se presionaban contra las mías, piel contra piel, un roce eléctrico que me hacía jadear. Pinche Sofía, siempre tan rica, se me escapó entre besos.

Carla no se quedó atrás. Bajó por mi cuerpo, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Sus manos expertas desabrocharon mi short, deslizándolo con lentitud tortuosa. Sentí el aire fresco en mi panocha ya empapada, el olor a excitación subiendo como niebla. Estás chorreando, nena, dijo Carla con voz ronca, sus dedos rozando mis labios mayores, abriéndolos apenas para que el aire me erizara el clítoris.

El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el cuarto, mezclado con gemidos bajos.

¿Por qué carajos no hicimos esto antes?
me preguntaba en la cabeza, mientras Sofía se movía para besar a Carla sobre mí, sus lenguas chocando en un beso húmedo que yo veía de cerca, oliendo su saliva compartida.

La tensión subía como volcán, cada toque un paso más al borde. Carla hundió la cara entre mis piernas, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris en una caricia larga que me arqueó la espalda. ¡Ay, güey, qué rico! grité, mis manos enredándose en su pelo rubio. Sabía a sal y a mi propia esencia dulce, ese sabor almendrado que solo sale cuando estás a punto de explotar.

Sofía se posicionó a un lado, sus dedos entrando en mí despacio, uno, dos, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: chupeteo húmedo, dedos chapoteando en mi humedad. Su otra mano pellizcaba mis pezones, tirando suave, enviando descargas directas a mi centro. Sí, así, cabronas, no paren, suplicaba yo, el sudor perlándome la frente, goteando entre mis tetas.

Nos rotamos como en un baile perfecto. Ahora yo estaba sobre Carla, mi lengua explorando su chochito depilado, hinchado y rosado, oliendo a jazmín y sexo. Lamía su clítoris en círculos, chupándolo como pirulí, mientras ella gemía ¡Más, Ana, métemela!. Sofía detrás de mí, sus dedos en mi culo, lubricados con mi propia saliva, entrando y saliendo con ritmo que me tenía temblando.

El calor era asfixiante, pieles resbalosas de sudor, el colchón crujiendo bajo nosotras. Oía los latidos de mi corazón retumbando en los oídos, sentía los pulsos acelerados en sus venas bajo mi lengua.

Esto es el paraíso, neta que sí
, pensaba, perdida en el sabor de Carla, en el roce de Sofía frotando su panocha contra mi nalga.

La intensidad crecía, gemidos volviéndose gritos. Nos formamos en un triángulo perfecto: yo lamiendo a Carla, ella a Sofía, Sofía a mí. Lenguas incansables, dedos profundos, clítoris rozándose contra narices y barbillas. El olor era puro vicio: sudor, jugos, perfume mezclado. Mis muslos temblaban, el orgasmo acechando como tormenta.

Explotamos casi juntas, un dominó de placer. Primero Carla, su cuerpo convulsionando bajo mi boca, chorros calientes salpicándome la cara mientras gritaba ¡Me vengo, pinches ricas!. Su sabor inundó mi lengua, salado y dulce. Luego Sofía, arqueándose contra la boca de Carla, sus paredes contrayéndose alrededor de sus dedos, un aullido gutural que vibró en nosotras.

Yo fui la última, el clímax rompiéndome como ola gigante. Sentí cada contracción, mi concha apretando los dedos de Sofía, jugos brotando en chorro que mojó las sábanas. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando, un éxtasis que me dejó jadeante, temblorosa. Qué chingón, carnalas, murmuré, colapsando entre ellas.

El afterglow fue puro mimo. Nos quedamos enredadas, pieles pegajosas enfriándose, el cuarto oliendo a sexo satisfecho. Sofía me besó la frente, Carla trazó círculos en mi espalda.

Este trio casero lesbianas fue lo mejor que nos ha pasado
, dijo Sofía riendo bajito. Nos reímos las tres, exhaustas pero felices, compartiendo besos suaves y caricias perezosas.

Al final, con el amanecer filtrándose por la ventana, supe que esto no era solo un desmadre de una noche. Era algo nuestro, empoderador, que nos unía más. Nos dormimos así, tres cuerpos entrelazados, soñando con la próxima vez.

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