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Triada Letal Trauma

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Triada Letal Trauma

Ana se miró en el espejo del baño del hospital, con los ojos hundidos por las guardias eternas. Hacía un año del choque ese que casi la manda al otro barrio, pero el verdadero pedo no eran las cicatrices en las piernas, sino la triada letal trauma que le jodía por dentro. Frío que no se quitaba ni con cobijas, amargura que le quemaba el pecho como ácido y una hemorragia emocional que no coagulaba. Neta, como enfermera de trauma, sabía que si no intervenía pronto, se iba a desangrar viva.

—Órale, Ana, ¿vas a salir o qué? —le gritó Lupe desde el pasillo, su compa de la residencia.

—Sí, wey, ya voy. Necesito un trago pa’ descongelarme el alma.

La noche en Polanco estaba chida, con luces neón parpadeando y el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Entraron al bar, un lugar con música electrónica suave y cocteles que te ponían a volar. Ahí las vio: Javier y Marco, sentados en la barra, riendo con esa confianza de cuates que se conocen de toda la vida. Javier, alto, con tatuajes asomando por la camisa negra, ojos cafés que te desnudaban con una mirada. Marco, más delgado, moreno, con sonrisa pícara y manos que parecían hechas pa’ acariciar.

Se acercaron, pidieron tequilas. La charla fluyó como agua, hablando de la vida loca en la CDMX, de cómo el estrés te come vivo. Ana sintió un calorcito en el estómago por primera vez en meses, el tequila quemándole la garganta, dulce y ahumado.

¿Qué chingados me pasa? Estos dos me traen con el pulso acelerado, como si mi cuerpo recordara qué se siente estar vivo.

Javier le rozó la mano al pasarle el shot. —Salud por las noches que curan, mamacita.

Marco guiñó el ojo. —Y por las triadas que salvan vidas.

Ana se rio, pero por dentro temblaba. ¿Triada? Neta, como si supieran de su triada letal trauma.

La tensión creció con cada trago. Bailaron pegaditos, sus cuerpos rozándose al ritmo de la música. El sudor de Javier olía a colonia masculina y deseo puro, Marco le susurraba al oído palabras calientes que le erizaban la piel. Salieron del bar, caminando hasta el depa de Javier, un penthouse con vista a la Reforma, luces tenues y sábanas de algodón egipcio que invitaban al pecado.

En el elevador, Javier la besó primero, labios firmes, lengua juguetona probando el tequila en su boca. Marco se pegó por detrás, manos en su cintura, aliento caliente en el cuello. —Esto es consensual, ¿verdad, reina? —murmuró Marco.

Sí, cabrones, y lo quiero todo —jadeó Ana, el corazón latiéndole como tambor.

Adentro, se desvistieron lento, saboreando cada capa. La piel de Javier era cálida, musculosa, con vello que raspaba delicioso contra sus tetas. Marco, suave, besaba su ombligo, bajando con lengua experta. Ana se recostó en la cama king size, el colchón hundiéndose bajo su peso, sábanas frescas contra su espalda ardiente.

Empezaron suave, explorando. Javier chupó sus pezones, duros como piedras, tirando suave con los dientes, enviando chispas de placer hasta su entrepierna. Marco separó sus muslos, oliendo su excitación, ese aroma almizclado y dulce que volvía loco a cualquier hombre. —Estás chingona mojada, Ana —dijo, lamiendo despacio, lengua plana recorriendo sus labios hinchados.

El frío se va, wey. Su calor me derrite la hiptermia del alma.

Ana gemía bajito, manos enredadas en sus cabellos. El sonido de sus respiraciones pesadas llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la ciudad. Javier se posicionó, su verga gruesa palpitando contra su muslo, piel a piel, venas marcadas que sentía latir. —Te voy a entrar despacio, ¿ok?

Chíngame ya, pendejo —suplicó ella, arqueando la cadera.

Entró de una, llenándola completa, estirándola delicioso. Marco se arrodilló, ofreciéndole su miembro erecto, sabor salado y varonil en su boca. Ana lo mamó con ganas, succionando, lengua girando en la cabeza sensible. Javier embestía rítmico, bolas golpeando su culo, sudor goteando en su vientre.

Cambiaron posiciones, el aire cargado de olor a sexo, pieles resbalosas. Ana encima de Marco, cabalgándolo como amazona, sus nalgas rebotando, clítoris frotándose contra su pubis. Javier detrás, untando lubricante fresco, dedo probando su ano apretado. —Relájate, preciosa, te vamos a hacer volar.

El doble penetración fue épica. Marco adentro de su coño, Javier en el culo, moviéndose alternos, estirándola al límite. Sentía cada centímetro, nervios encendidos, placer que dolía rico. Gritos ahogados, ¡órale, sí, cabrones! El roce interno la volvía loca, pulsos acelerados sincronizados.

La amargura se disolvía con cada embestida, como si su ácido se neutralizara con su semen caliente. Emociones coagulando en éxtasis compartido. Javier gruñó primero, corriéndose profundo, chorros calientes inundándola. Marco siguió, llenándole el coño, mientras ella explotaba en orgasmo, paredes contrayéndose, jugos chorreando por sus muslos.

Colapsaron en un enredo de miembros, respiraciones jadeantes calmándose. El olor a corrida y sudor impregnaba las sábanas, pieles pegajosas enfriándose. Javier la besó la frente, Marco acarició su espalda.

—Eso fue la cura, ¿no? —dijo Javier, voz ronca.

Ana sonrió, lágrimas de alivio. La triada letal trauma vencida por esta triada de placer. Ya no sangro, no quemo, no tiemblo.

Neta, en México, a veces la medicina viene en forma de dos vergas chingonas y besos que curan.

Se quedaron así hasta el amanecer, con el sol tiñendo las cortinas, promesas de más noches. Ana se sentía completa, el trauma disipado en humo de pasión. Caminaron a la cocina por café, riendo, cuerpos aún sensibles al roce. El mundo afuera seguía loco, pero adentro, todo era paz ardiente.

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