Relatos Eroticos
Inicio Trío El Ado del Tri Desnudo El Ado del Tri Desnudo

El Ado del Tri Desnudo

7030 palabras

El Ado del Tri Desnudo

Estabas en el bar La Verde esa noche de partido del Tri, con el aire cargado de humo de cigarro y el olor a chelas frías sudando en las mesas. La tele gritaba los goles, la gente aullaba como lobos en celo, y tú, sentada en la barra, sentías el calor subiendo por tus muslos. Ahí lo viste por primera vez: el Ado del Tri. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada del Tricolor que marcaba cada músculo de su pecho, sudado como si acabara de salir del campo. Sus brazos tatuados con el águila devorando la serpiente brillaban bajo las luces neón. Neta, wey, te pusiste a mil con solo mirarlo golpear la mesa al gritar "¡Gol cabrones!".

Te acercaste fingiendo pedir otra cerveza, rozando tu cadera contra la suya. Olía a hombre: sudor fresco mezclado con colonia barata y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. "Órale, carnala, ¿también andas por el Tri?", te dijo con esa sonrisa pícara, ojos cafés clavados en tus chichis que asomaban por el escote. Su voz ronca te vibró en el estómago. Le contestaste con un guiño: "Pues sí, wey, pero el Ado del Tri es el que me prende de veras". Se rio fuerte, su mano grande rozando tu espalda baja, enviando chispas por tu espina.

El partido avanzaba, pero la tensión entre ustedes crecía más rápido que el marcador. Cada vez que el Tri metía gol, él te abrazaba efusivo, su verga semi-dura presionando contra tu nalga. Sentías el calor de su piel a través de la tela, el latido de su corazón retumbando en tu pecho.

Chingado, este pendejo me va a volver loca antes del pitazo final, pensaste, mordiéndote el labio mientras su aliento caliente te rozaba el cuello.
Pidieron otra ronda, shots de tequila que quemaban la garganta como fuego, y empezaron a platicar. Él era fanático empedernado, jugador amateur en un equipo local, apodado el Ado del Tri por su entrega brutal en la cancha. Tú, una morra independiente que trabajaba en una taquería del centro, con curvas que volvían locos a los clientes.

Al final del partido, con el Tri victorioso, la euforia explotó. La gente saltaba, besos volaban por todos lados, y él te jaló a la pista improvisada. Bailaron pegaditos, su cadera moliendo contra la tuya al ritmo de cumbia rebajada que ponían los DJs. Sentías su verga endureciéndose, gruesa y caliente contra tu pubis, y tú te mojaste tanto que el tanga se te pegaba a la panocha. "¿Vamos a otro lado, reina?", murmuró en tu oreja, mordisqueándola suave. "Sí, cabrón, llévame", respondiste, el corazón latiéndote como tambor.

Acto dos: la escalada. Salieron al coche de él, una pickup vieja pero chida, estacionada en el callejón detrás del bar. El aire nocturno de la Ciudad de México olía a elotes asados y gasolina, con el bullicio lejano de cláxones y risas. Adentro, las luces de la colonia parpadeaban sobre sus cuerpos. Se besaron con hambre, lenguas enredándose como serpientes, sabor a tequila y sal en la boca. Sus manos grandes amasaban tus tetas, pellizcando los pezones hasta ponértelos duros como piedras. Gemías bajito, "Así, wey, no pares", mientras le bajabas el cierre y sacabas esa verga morena, venosa, palpitante. La agarraste, sentía el calor irradiando, el pulso acelerado bajo tu palma.

Él te recargó en el asiento, bajándote el short con urgencia. El aire fresco besó tu piel húmeda, y cuando separó tus labios con los dedos, inhaló profundo: "Qué rica hueles, morra, a mujer en calor". Lameteó tu clítoris despacio al principio, círculos suaves que te hacían arquear la espalda, el sonido chido de su lengua chapoteando en tus jugos. Olía a sexo puro, almizcle dulce de tu excitación mezclada con su sudor. Tus manos enredadas en su pelo corto, tirando suave: "Chúpame más fuerte, Ado del Tri, hazme volar". Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que te hace ver estrellas. Gemías alto, el vidrio empañándose con tu aliento jadeante.

Este vato sabe lo que hace, neta, me tiene temblando como hoja, pensabas, las piernas abiertas en el dashboard, el corazón retumbando en las sienes.

Lo jalaste arriba, queriendo su verga ya. Se puso condón rápido –siempre responsable el cabrón– y te penetró de un solo empujón, llenándote hasta el fondo. ¡Ay, wey! El estiramiento ardía rico, sus caderas chocando contra las tuyas con ritmo de futbolista: fuerte, constante, acelerando. Sentías cada vena rozando tus paredes, el golpe de sus bolas contra tu culo, el olor a cuero del asiento mezclado con feromonas. Sudaban juntos, piel resbalosa, besos mordidas en el cuello dejando marcas rojas. Cambiaron posiciones, tú encima ahora, cabalgándolo como amazona, tus chichis rebotando, uñas clavadas en su pecho tatuado. "Córrele, reina, muévete así", gruñía él, manos en tus nalgas abriéndote más.

La tensión subía como el minuto noventa en un partido empatado. Tus músculos se contraían alrededor de su verga, el placer acumulándose en el vientre como tormenta. Él te volteó a perrito, agarrándote el pelo suave, embistiéndote profundo mientras una mano bajaba a masajear tu clítoris. El carro se mecía, sonidos de carne contra carne, jadeos roncos, "Vente conmigo, Ado, ya no aguanto". El clímax llegó en oleadas: tú primero, explotando en espasmos que te dejaban muda, jugos chorreando por tus muslos, grito ahogado contra el respaldo. Él siguió unos segundos, gruñendo "¡Me vengo, carajo!", llenando el condón con chorros calientes que sentías palpitar dentro.

Se derrumbaron jadeantes, cuerpos enredados, el olor a sexo impregnando todo. Su pecho subía y bajaba contra tu espalda, besos suaves en la nuca. "Eres chingona, morra", murmuró, acariciándote el pelo. Te volteaste, lo miraste a los ojos, esa conexión post-orgasmo que te deja vulnerable y viva. Limpiaron rápido con toallitas del glove compartment, riendo bajito de lo sudados que estaban.

Lo llevaron a tu depa en Iztapalapa, no tan fancy pero con vista al cerro. Ahí, en la cama king size que te compraste con tus propinas, repitieron más lento, explorando cada centímetro. Él lamió tu sudor salado de las tetas, tú chupaste su verga flácida hasta endurecerla de nuevo, sabor a él y látex. Follaron misionero, mirándose fijo, susurros de "Te quiero adentro siempre". Otro orgasmo compartido, más profundo, emocional.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, yacían abrazados. Olía a sábanas revueltas y piel saciada. "El Ado del Tri te conquistó, ¿eh?", bromeó él, trazando círculos en tu vientre. Reíste, besándolo perezosa: "Y tú a mí, wey, pero esto apenas empieza". El deseo inicial se había transformado en algo más: conexión, promesas de más partidos, más noches locas. Te sentías empoderada, mujer plena, lista para el siguiente gol en esta vida chida.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.