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No Culpes a la Morra por Intentar la Letra

6967 palabras

No Culpes a la Morra por Intentar la Letra

Estaba en esa fiesta en la casa de mi compa en Polanco, con las luces neón parpadeando y el reggaetón retumbando en los parlantes. El aire olía a tequila reposado mezclado con perfume caro y sudor fresco de cuerpos bailando. Yo, Valeria, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, no podía quitarle los ojos de encima a ese wey alto, moreno, con playera blanca que se le pegaba al pecho marcado. Se llamaba Diego, lo supe porque una morra lo presentó. Neta, desde que lo vi recargado en la barra, con esa sonrisa pícara, supe que tenía que intentarlo.

No se puede culpar a una morra por intentar la letra, pensé, recordando esa rola gringa que tanto me gustaba, Can't blame a girl for trying. La letra se me clavó en la cabeza como un anzuelo, y decidí que esa noche iba a ser mía. Caminé hacia él con el corazón latiéndome a todo lo que daba, mis tacones cliqueando en el piso de madera. El calor de la noche me hacía sudar un poquito en la nuca, y sentí mi piel erizándose antes de siquiera tocarlo.

Oye, guapo, ¿qué onda? —le dije, apoyándome en la barra a su lado, tan cerca que olí su colonia, algo amaderado y fresco, como pino con un toque de limón.

Él volteó, sus ojos cafés oscuros recorriéndome de arriba abajo, deteniéndose en mis labios pintados de rojo. —¿Qué pasa, preciosa? ¿Vienes a pedirme un trago o a robarme el corazón? —respondió con voz grave, ronca por el ruido, pero que me vibró directo en el estómago.

Reí, tirando la cabeza atrás, y pedí dos tequilas con limón. Chocamos vasos, el líquido quemándome la garganta como fuego dulce, y empezamos a platicar. Hablamos de la fiesta, de la rola que sonaba —un remix de Bad Bunny que nos hizo movernos al ritmo—, y poco a poco el espacio entre nosotros se achicó. Su mano rozó mi brazo al gesticular, y fue como electricidad, mi piel sensible reaccionando con un cosquilleo que bajó directo a mis muslos.

¡Neta, Val, no seas pendeja! Acércate más, no mames, esta noche lo vas a tener.

La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Bailamos después, sus manos en mi cintura, fuertes pero suaves, guiándome contra su cuerpo. Sentí su dureza presionando contra mi cadera, y mi cuerpo respondió al instante, un calor húmedo formándose entre mis piernas. El sudor nos unía, salado en el gusto cuando accidentalmente lamió mi cuello al susurrarme al oído: —Estás cañona, morra. Me late todo de ti.

El deseo me nublaba la cabeza, mis pezones endureciéndose bajo el vestido, rozando la tela con cada movimiento. Lo jalé hacia un rincón más oscuro de la terraza, donde el viento fresco de la noche nos golpeaba, trayendo olor a jazmín de los maceteros. Nos besamos ahí, hambrientos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta, explorando cada rincón mientras sus manos bajaban a mis nalgas, apretándolas con posesión tierna.

Vámonos de aquí, murmuró contra mis labios, su aliento caliente en mi piel.

Sí, wey, pero despacio, que quiero disfrutarte, le contesté, mi voz ronca de pura necesidad.

Salimos en su coche, un Tsuru chido tuneado, con el viento entrando por las ventanas abiertas mientras manejaba rápido por las calles iluminadas de la Roma. Mi mano en su muslo, subiendo poco a poco, sintiendo el calor de su piel bajo los jeans, el bulto creciendo bajo mi palma. Él gemía bajito, el sonido gutural enviando ondas de placer por mi espina.

Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar minimalista con luces tenues y una cama king size que parecía llamarnos. Apenas cerramos la puerta, nos desvestimos con urgencia. Su camisa voló, revelando un torso esculpido, pectorales firmes con vello negro suave que olía a su sudor masculino, terroso y adictivo. Yo me quité el vestido, quedando en tanga roja y nada más, mis senos libres, pesados y sensibles.

¡Qué chingón se ve! Neta, no culpes a la morra por intentar esta letra de placer, pensé mientras lo empujaba a la cama.

Me subí encima, cabalgándolo despacio al principio, frotándome contra su erección dura como piedra, envuelta en boxers. El roce era exquisito, mi clítoris hinchado palpitando contra la tela. Bajé su bóxer, liberándolo: grueso, venoso, con una gota de pre-semen brillando en la punta. Lo lamí, saboreando su sal marina, mi lengua girando alrededor del glande mientras él gruñía, sus manos enredándose en mi pelo.

¡Órale, Val, qué rica boca tienes! —jadeó, su voz quebrada.

Lo chupé profundo, sintiendo cómo llenaba mi garganta, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis sentidos. Pero quería más. Me posicioné sobre él, guiándolo dentro de mí. Lentamente, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente, un ardor placentero que me hizo arquear la espalda. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras empezaba a moverme, arriba y abajo, mis jugos lubricándonos, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación.

Sus manos en mis caderas, guiándome más rápido, sus pulgares presionando mi piel suave. Bajó a mis senos, mamándolos con hambre, dientes rozando pezones, enviando descargas directas a mi centro. Olía a sexo, a nosotros: sudor, fluidos, deseo puro. Mi orgasmo se acercaba, tensión coiling en mi vientre como un resorte.

No mames, se siente tan chido... Can't blame a girl for trying, letra que me trajo hasta aquí.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi trasero con cada thrust poderoso. Sudaba sobre mí, gotas cayendo en mi pecho, saladas al lamerlas. Nuestros ojos conectados, pura intimidad en medio del frenesí. —Vente conmigo, Diego, neta te quiero sentir explotar, le supliqué.

¡Sí, morra, ya! —rugió, y sentí sus contracciones dentro de mí, caliente semen llenándome mientras mi propio clímax me rompía en olas, mi coño apretándolo como un vicio, visión nublándose de placer puro.

Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y temblorosos. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón martilleando contra el mío. Besos suaves después, lenguas perezosas, el olor de nuestro sexo persistiendo en las sábanas revueltas. Me acurruqué en su pecho, escuchando su respiración calmarse, el viento nocturno susurrando por la ventana entreabierta.

¿Y esa letra de la que hablabas? —preguntó él, riendo bajito, su mano acariciando mi espalda.

Can't blame a girl for trying, wey. No culpes a la morra por intentarlo, contesté, sonriendo contra su piel.

Nos quedamos así, en afterglow perfecto, sabiendo que esa noche había valido cada segundo de la apuesta. La letra me había guiado, y el placer nos había unido. Neta, chido no saber qué vendrá mañana, pero esta noche fue épica.

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