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Actividades Sensuales con la Sílaba Tra Tre Tri Tro Tru

6253 palabras

Actividades Sensuales con la Sílaba Tra Tre Tri Tro Tru

En el calor de la tarde mexicana, en una casa de hacienda en las afueras de Guadalajara, me encontraba yo, Karla, una maestra de primaria de treinta años, con curvas que volvían locos a los papás en las reuniones escolares. Ese día, después de clases, llegó Marco, el papá guapísimo de uno de mis alumnos, con una sonrisa que prometía travesuras. Venía a recoger unos materiales educativos, pero sus ojos me recorrían como si yo fuera el premio gordo de la lotería.

"Órale, profe Karla, ¿todavía aquí practicando?" dijo él, con esa voz grave que me erizaba la piel. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que dejaban poco a la imaginación.

Yo le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Sí, Marco, preparando actividades con la sílaba tra tre tri tro tru para los chamacos. ¿Quieres ver?" Le invité a pasar al salón improvisado en mi sala, donde tenía carteles con palabras como tractor, tremendo, trincheras, trompo y trucha. Pero en mi mente, ya estaba traduciendo todo a algo más... picante.

Nos sentamos en el piso, rodeados de colores y letras grandes. El aire olía a jazmín del jardín y a su colonia masculina, una mezcla que me mareaba. "Mira, aquí hay un tractor grande y rojo", le dije, pero mi voz salió ronca, imaginando su tractor particular empujando contra mí.

Él se acercó más, su muslo rozando el mío. "¿Y qué más se te ocurre con tra tre tri tro tru, profe? Algo más... tremendo", susurró, y su aliento cálido me tocó la oreja. Sentí mi piel arder, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera.

El deseo empezó a bullir. En mi cabeza:

¡Virgen de Guadalupe, este pendejo me va a volver loca! ¿Qué hago? ¿Lo mando a volar o lo invito a jugar de verdad?
Pero mi cuerpo ya había decidido. Le tomé la mano y la puse sobre un cartel. "Tra... como tragar", murmuré, lamiéndome los labios.

Acto uno: la tensión inicial. Nos miramos, el silencio cargado de promesas. Él me jaló hacia él, y nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a tequila y menta. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza. Yo gemí contra su boca, oliendo su sudor fresco, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho.

Nos paramos, tropezando con los carteles, riendo como chavos. "Ven, vamos a la recámara para no armar desmadre aquí", le dije, jalándolo por el pasillo. El sol filtraba por las cortinas, pintando todo de dorado. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda, lo empujé y me subí encima.

Acto dos: la escalada. Le quité la camisa despacio, besando cada centímetro de su torso moreno, salado al gusto. "Qué tremendo pecho tienes, cabrón", le dije, mordisqueando un pezón. Él gruñó, sus manos desabotonando mi blusa, liberando mis tetas grandes y firmes. Las amasó, chupando una mientras pellizcaba la otra, enviando descargas de placer directo a mi entrepierna.

Mi mente era un torbellino:

¡Ay, Diosito, nunca me habían tocado así! Siento su verga dura contra mi muslo, gruesa como un trozo de madera.
Bajé la mano, desabrochando sus jeans. Su trozo saltó libre, venoso y palpitante, oliendo a hombre puro. Lo acaricié, sintiendo la piel suave sobre el acero, el precum lubricando mi palma.

"Ahora jugamos con tri... tragar", le dije juguetona, bajando la cabeza. Lo tomé en mi boca, saboreando su esencia salada, la textura aterciopelada deslizándose por mi lengua. Él jadeaba, "¡Órale, Karla, qué chingona eres!", enredando los dedos en mi pelo. Chupé más profundo, tragando hasta la garganta, el sonido húmedo llenando la habitación junto a sus gemidos roncos.

Pero quería más. Me quité el short, revelando mi tanga empapada. Él la apartó, hundiendo dos dedos en mi calor húmedo. "Estás trueno mojada, profe", bromeó, refiriéndose a trucha, pero frotando mi clítoris con el pulgar. Grité de placer, mis caderas moviéndose solas, el jugo chorreando por sus dedos. Olía a sexo, a deseo crudo mexicano.

La intensidad subía. Lo monté, guiando su verga a mi entrada. Lentamente, lo sentí estirarme, llenarme por completo. "¡Trae, Marco, dame duro!" grité, cabalgándolo como en un rodeo. Sus manos en mis caderas, empujando arriba, el slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, mezclándose. Vi sus ojos oscuros clavados en mis tetas rebotando, escuché su respiración agitada, sentí cada vena pulsando dentro de mí.

Internamente luchaba:

¡No pares, pero no quiero que acabe nunca! Este hombre me hace sentir reina, poderosa, viva.
Cambiamos posiciones; él encima, embistiéndome profundo, mis piernas alrededor de su cintura. Mordí su hombro, dejando marcas, mientras él lamía mi cuello, susurrando "Troia deliciosa", aunque era tropiezo en su mente nublada.

El clímax se acercaba. "¡Me vengo, Karla, junto!" rugió. Yo exploté primero, mi coño contrayéndose alrededor de él, olas de éxtasis sacudiéndome, gritando su nombre. Él se derramó dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí.

Acto tres: el afterglow. Quedamos jadeantes, enredados, el aire espeso con olor a sexo y piel sudada. Besos suaves ahora, caricias perezosas. "Las actividades con la sílaba tra tre tri tro tru nunca fueron tan cabronas", reí, trazando círculos en su pecho.

Él sonrió, besándome la frente. "Fue tremendo, profe. ¿Repetimos la lección?" Nos quedamos así, escuchando el zumbido de las abejas afuera, sintiendo la paz post-orgasmo. En mi corazón, sabía que esto era solo el principio de muchas actividades prohibidas, pero consensuadas y ardientes.

Al día siguiente, en la escuela, nos cruzamos miradas cómplices. Las sílabas tra tre tri tro tru cobraron vida nueva en mi mente, prometiendo más placeres. Y así, en el calor de Jalisco, encontré mi propia forma de enseñar... y aprender.

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