Tres Almas en Mi Mente
La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de los carros zumbando como un río de luces y el aroma a tacos al pastor flotando desde los puestos callejeros. Yo, Ana, caminaba por esas calles empedradas, sintiendo un cosquilleo raro en la nuca. Tres almas en mi mente, me repetía una y otra vez, como un mantra que no pedí. No era locura, no. Era algo más profundo, como si tres espíritus traviesos se hubieran colado en mis pensamientos, avivando un fuego que llevaba meses apagado.
Todo empezó esa tarde en el mercado de Coyoacán. Compré un amuleto de obsidiana, negro como la medianoche, que la vendedora juró que despertaría pasiones dormidas. "Es para las almas gemelas, mija", me dijo con guiño pícaro. Esa noche, al tocarlo, sentí el primer susurro: una voz ronca, masculina, oliendo a tequila y sudor fresco. Luego otra, suave como seda, femenina, con perfume a jazmín. Y la tercera, la mía propia, pero salvaje, lista para soltar amarras. Tres almas en mi mente, danzando en un ritual que me ponía la piel de gallina.
¿Qué chingados pasa conmigo? ¿Por qué siento sus manos ghosteándome la piel? Necesito carne de verdad, no solo ecos.
Entré a un bar escondido, de esos con luces tenues y salsa romántica sonando bajito. Pedí un michelada, el limón picante explotando en mi lengua, la sal crujiendo contra mis labios. Ahí los vi: a Marco y a Luisa. Él, alto, moreno, con ojos que prometían pecados; ella, curvilínea, con labios rojos y una risa que vibraba como tambores en mi pecho. Se miraban como si ya se conocieran de vidas pasadas. Me acerqué, el corazón latiéndome a mil, guiada por esas tri almas en mi mente que me empujaban.
"¿Se les ofrece compañía, carnales?", solté con mi mejor tono coqueto, el slang mexicano saliendo natural. Marco sonrió, mostrando dientes perfectos. "Órale, güerita, siéntate. Tú traes vibra chida". Luisa me rozó la mano al pasarme la cerveza, un toque eléctrico que me erizó los vellos. Hablamos de la vida bohemia en la CDMX, de noches locas en la Roma, de deseos que no se nombran. Sus voces se mezclaban con las mías internas: la ronca de Marco era la primera alma, la sedosa de Luisa la segunda, y la mía rugiendo de anticipación.
La tensión crecía con cada trago. El humo del cigarro de Luisa olía a vainilla prohibida, mezclándose con el sudor ligero de Marco. Mi blusa se pegaba a mi piel por el calor del lugar, y sentía mis pezones endureciéndose bajo la tela.
Estas almas me quieren desnuda, entregada. ¿Y si les sigo la corriente? Sería tan... liberador.Salimos del bar, caminando hacia el depa de ellos en una colonia cercana, las risas flotando en el aire nocturno cargado de jacarandas.
En el elevador, el primero beso. Marco me acorraló contra la pared, su boca caliente y demandante, saboreando a ron y menta. Luisa se pegó por detrás, sus tetas suaves presionando mi espalda, manos bajando por mis caderas. "Eres fuego, Ana", murmuró ella al oído, su aliento caliente como brisa de verano. Gemí bajito, el ding del elevador anunciando nuestra llegada como un clímax prematuro.
Adentro, luces bajas, velas parpadeando con aroma a canela mexicana. Nos desvestimos lento, como un ritual prehispánico. La piel de Marco era morena y firme, músculos tensos bajo mis dedos, oliendo a jabón y hombre puro. Luisa, pálida con curvas generosas, sus pezones rosados invitándome a morder. Yo en medio, temblando de anticipación, mi concha ya húmeda, palpitando con el eco de tres almas en mi mente celebrando.
Empezamos suaves. Marco me besó el cuello, lengua trazando venas que latían fuerte, mientras Luisa lamía mis tetas, succionando con maestría. Sentí sus sabores: salado el sudor de él, dulce el de ella. Mis manos exploraban, bajando por el pecho velludo de Marco hasta su verga dura, gruesa, latiendo en mi palma como un corazón salvaje. "Qué rica verga, wey", le dije juguetona, apretándola. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.
Las almas bailan, se funden. Una me dice chúpala, otra fóllame, la tercera obsérvalo todo.
Luisa se arrodilló, abriéndome las piernas. Su lengua en mi concha fue éxtasis puro: húmeda, caliente, lamiendo pliegues hinchados, chupando mi clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y adictiva. Marco me metió la verga en la boca, llenándome, el sabor salado de su prepucio explotando en mi lengua. Lo chupé ansiosa, garganta profunda, saliva goteando, mientras Luisa metía dos dedos en mí, curvándolos contra mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, gemidos ahogados, piel chocando.
Cambié posiciones, el aire cargado de jadeos y el olor a sexo crudo. Me puse a cuatro, Marco detrás embistiéndome con fuerza controlada, su verga estirándome delicioso, bolas golpeando mi clítoris. Cada estocada era un trueno en mi vientre, ondas de placer subiendo por mi espina. Luisa debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi clítoris y las bolas de él. "¡Sí, cabrones, así!", grité, el slang saliendo en la fiebre. Sentía sus almas –las tres– fusionándose en un torbellino: la mía gritando liberación, las de ellos pulsando en sincronía.
La intensidad subió. Marco aceleró, sus manos amasando mis nalgas, dedos rozando mi ano en promesas futuras. Luisa se montó en mi cara, su concha depilada y jugosa presionando mis labios. La comí con hambre, lengua hundida en sus labios hinchados, saboreando su néctar dulce y ácido, clítoris duro como una perla bajo mi diente. Ella se mecía, tetas rebotando, gemidos en falsete: "¡Ay, Ana, qué chingona lengua!". Marco gruñía: "Te voy a llenar, preciosa". El cuarto olía a sudor, semen preeyaculatorio y jugos femeninos, sonidos de carne húmeda y respiraciones entrecortadas llenando el espacio.
No hay vuelta atrás. Estas tri almas en mi mente me han llevado al paraíso. Siento sus esencias en cada embestida, cada lamida.
El clímax nos golpeó como tormenta en el desierto. Primero Luisa, convulsionando en mi boca, chorro caliente inundándome la lengua mientras gritaba "¡Me vengo, pinche diosa!". Su sabor explotó, almizcle puro. Yo seguí, mi concha contrayéndose alrededor de la verga de Marco, olas de placer cegador desde el clítoris hasta las yemas de los pies, chillidos escapando mi garganta. Él último, rugiendo como toro, semen caliente brotando dentro de mí en chorros espesos, llenándome hasta rebosar, goteando por mis muslos.
Colapsamos en un enredo sudoroso, pieles pegajosas, corazones martilleando al unísono. Marco me besó la frente, suave ahora. "Eres increíble, Ana". Luisa acurrucada, dedo trazando círculos en mi vientre. El aroma post-sexo envolvía todo: semen, sudor, perfume mezclado. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, paz profunda.
Me quedé pensando, el amuleto aún tibio en mi mano. Tres almas en mi mente ya no susurraban; cantaban en armonía. Marco y Luisa eran sus avatares, y yo la suma de todo. No era fin, sino comienzo. Mañana, quién sabe qué rituales nuevos. Por ahora, el afterglow me mecía, satisfecha, empoderada, con el sabor de ellos en mi piel y alma.