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Vibrando con Ella en la Harley Davidson Tri Glide Ultra Classic

6682 palabras

Vibrando con Ella en la Harley Davidson Tri Glide Ultra Classic

El sol de Guadalajara pegaba duro esa tarde de sábado, pero el sudor en mi espalda se sentía chingón mientras le daba los últimos toques a mi Harley Davidson Tri Glide Ultra Classic. Esa máquina era mi orgullo, negra reluciente con detalles cromados que brillaban como si estuvieran listos para devorar el asfalto. El olor a aceite fresco y cuero nuevo me invadía las fosas nasales, y el motor, aunque apagado, parecía ronronear en mi mente. Me limpié las manos en un trapo viejo y me paré a admirarla, sintiendo ese cosquilleo en el pecho que solo un carnal entiende cuando habla de su chulada de moto.

De repente, un silbido agudo rompió el aire. Volteé y ahí estaba ella, parada al otro lado de la reja del taller. Morena, con curvas que hacían que el overol ajustado pareciera un pecado mortal, el cabello negro suelto ondeando con la brisa. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en la Harley. Órale, wey, esta morra está cañona, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como el motor en neutral.

¡Qué chingona tu Harley Davidson Tri Glide Ultra Classic, carnal! ¿La dejas probar?

Su voz era ronca, con ese acento tapatío juguetón que me erizaba la piel. Se llamaba Ana, vecina nueva del barrio, fanática de las motos desde chavita. Platicamos un rato, riendo de tonterías, y el aire se cargó de esa electricidad que no se explica. Su perfume, mezcla de vainilla y algo salvaje, se colaba entre el olor a gasolina. Le invité a sentarse en el asiento trasero, grande y cómodo como un trono para dos. Sus manos rozaron mis hombros al subir, y juro que sentí chispas.

Arránchala, guapo —me dijo al oído, su aliento caliente contra mi cuello.

El rugido del motor fue como un orgasmo mecánico. Vibraciones profundas subieron por mis muslos, retumbando en mi pecho. Salimos del taller y tomamos la carretera hacia Chapala. El viento azotaba su cabello contra mi espalda, y sus tetas se apretaban contra mí con cada curva. Neta, mi verga ya empezaba a despertar, presionando contra el cuero de los pantalones. Ella reía fuerte, gritando ¡más rápido, cabrón! mientras el paisaje de agaves y cerros pasaba volando.

En el camino, sus manos bajaron por mi abdomen, jugueteando con el borde de mi playera. Esto va a estar bueno, me dije, imaginando sus labios en mi piel. Paramos en un mirador apartado, con vista al lago brillando bajo el atardecer. El sol teñía todo de naranja, y el aire olía a tierra húmeda y jazmín silvestre. Apagué la Harley, pero las vibraciones aún zumbaban en nuestros cuerpos.

Ana se bajó primero, estirándose como gata en celo, su overol medio abierto dejando ver el encaje negro de su sostén. Me miró con ojos hambrientos.

Vente, wey, no mames, esta moto me puso caliente —dijo, jalándome del cinturón.

Nos besamos ahí mismo, contra la Harley Davidson Tri Glide Ultra Classic. Sus labios eran suaves, con sabor a chicle de tamarindo y deseo puro. Mi lengua exploró su boca, mientras mis manos apretaban sus nalgas firmes. Ella gemía bajito, un sonido que me ponía la piel de gallina. La subí al asiento ancho, sentándome frente a ella a horcajadas. El cuero caliente bajo nosotros crujía con cada movimiento.

Le quité el overol despacio, revelando su cuerpo perfecto: piel morena suave como seda, pezones duros pidiendo atención. Los lamí, saboreando el salado de su sudor mezclado con su aroma almizclado de mujer excitada. ¡Qué rica, pinche diosa! Ella arqueó la espalda, clavándome las uñas en los hombros.

¡Chúpame más, amor, me tienes mojadísima!

Mis dedos bajaron a su entrepierna, encontrando su panocha empapada, resbalosa de jugos. La froté en círculos lentos, sintiendo su clítoris hinchado palpitar bajo mi yema. Ana jadeaba, sus caderas moviéndose al ritmo, el lago de fondo testigo de nuestro fuego. Le bajé los pantalones y me arrodillé entre las ruedas delanteras, enterrando la cara en su sexo. Su sabor era dulce y salado, como mango maduro con chile. La chupé con hambre, lengua danzando en su entrada, sorbiendo sus fluidos mientras ella tiraba de mi pelo.

¡No pares, cabrón, me voy a venir! —gritó, y su cuerpo tembló, piernas apretando mi cabeza. Su orgasmo fue un río caliente en mi boca, ondas de placer que la hacían convulsionar sobre el asiento de la Harley.

Me puse de pie, verga dura como fierro saliendo de mis pantalones. Ana la miró con lujuria, lamiéndose los labios.

Dámela, quiero sentirte adentro.

La penetré despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como guante caliente y húmedo. El calor de su interior me quemaba, paredes contrayéndose a mi alrededor. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada choque de pelvis contra pelvis. El sonido de carne mojada contra carne llenaba el aire, mezclado con nuestros gemidos y el eco lejano del lago.

Ella se aferraba al manubrio, tetas rebotando con cada embestida. Aceleré, profundo y fuerte, el sudor chorreando por mi espalda, goteando en su vientre. Neta, esto es el paraíso, pensé, perdido en el olor de sexo y cuero, el tacto de su piel resbalosa, el sabor de sus besos salvajes. Sus ojos se clavaban en los míos, conexión pura, nada de juegos, solo deseo mutuo y crudo.

Más duro, amor, chíngame como hombre —suplicaba, y yo obedecía, follando con furia contenida. Sus uñas arañaban mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Sentí el clímax construyéndose, bolas apretadas, verga hinchándose más.

Me vengo, Ana, ¡ah! —rugí, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras su coño ordeñaba cada gota. Ella llegó conmigo, gritando mi nombre, cuerpo arqueado en éxtasis total.

Caímos exhaustos sobre la Harley Davidson Tri Glide Ultra Classic, respiraciones agitadas sincronizadas. El sol se ponía, pintando el cielo de púrpura, y el aire fresco nos enfriaba la piel pegajosa. La abracé, besando su frente sudada, oliendo nuestro aroma mezclado: sudor, semen, ella.

Qué chido estuvo eso, wey —murmuró, acurrucándose en mi pecho—. Tu Harley y tú son dinamita.

Reímos bajito, planeando la próxima ruta. Esa noche, de regreso, el motor vibraba aún con promesas de más placer. La Harley no era solo metal y ruedas; era el puente a esta conexión ardiente. Y mientras rodábamos bajo las estrellas, su mano en mi muslo, supe que esto apenas empezaba.

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