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Fuego Prohibido con Brozo y El Tri

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Fuego Prohibido con Brozo y El Tri

Te adentras en el antro de la Zona Rosa, el aire cargado de humo de cigarro y ese olor a cerveza fría que te hace salivar de anticipación. La música de El Tri retumba en los parlantes, "Abuso de Autoridad" con esa guitarra rasposa que te eriza la piel. Las luces neón parpadean sobre la multitud sudada, cuerpos pegados bailando al ritmo rockero mexicano que te acelera el pulso. Llevas ese vestido negro ajustado que resalta tus curvas, sintiendo el roce fresco de la tela contra tus muslos cada vez que te mueves.

Desde la barra, lo ves. Un tipo alto, con barba espesa y desgreñada que le da un aire salvaje, como si fuera el mismísimo Brozo escapado de la tele, pero sin maquillaje de payaso. Solo puro hombre, ojos oscuros que te clavan cuando tus miradas se cruzan. Viste jeans rotos y una playera negra de El Tri, con el logo desteñido que grita fanático de hueso colorado. Te sonríe con picardía, dientes blancos reluciendo bajo la luz estroboscópica, y sientes un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando.

—Órale, mija, ¿vienes sola o qué? —te dice acercándose, su voz grave cortando el ruido como un riff de guitarra. Huele a colonia barata mezclada con sudor masculino, un aroma que te hace apretar las piernas sin querer.

Le contestas con una sonrisa coqueta, el corazón latiéndote en la garganta. “Simón, wey, buscando un poco de desmadre con buena música”. Bailan pegados, su mano en tu cintura firme pero no agresiva, el calor de su palma traspasando la tela. Sientes su aliento en tu cuello cuando se inclina, cantando al oído las letras de “Triste Canción de Amor” que ahora suenan en el sistema.

¿Por qué carajos me está poniendo tan caliente este Brozo de pacotilla? Neta, su barba roza mi piel y ya quiero más
, piensas mientras tu cuerpo responde, pezones endureciéndose contra el sostén.

El deseo crece lento, como un solo de guitarra que sube de volumen. Piden chelas, charlan de Brozo y El Tri, cómo él se apoda así por su look tenebroso y su amor por la banda. “Me late El Tri, carnala, Alex Lora es el mero mero”, dice riendo, su mano subiendo por tu espalda, dedos trazando la curva de tu espina. Te cuenta anécdotas de conciertos locos, su risa ronca vibrando en tu pecho. Cada roce es eléctrico: su muslo contra el tuyo en el taburete, el sabor salado de sus labios cuando roza tu oreja accidentalmente. El antro palpita a su alrededor, pero solo existe él, ese Brozo que te hace mojar las bragas con solo mirarte.

—¿Vamos a otro lado, ricura? —te susurra, ojos brillando con promesas sucias. Asientes, el pulso acelerado, sintiendo el calor subir desde tu entrepierna. Salen tomados de la mano, el aire nocturno de la ciudad fresco contra tu piel ardiente. Su moto ronronea como un animal en celo, te subes atrás, pegando tu pecho a su espalda ancha. El viento azota tu cabello mientras van a su depa en Polanco, no lejos, pero el trayecto es tortura deliciosa: tus manos en su cintura, rozando el bulto creciente en sus jeans.

En su cuarto, paredes con posters de El Tri y recortes de Brozo en sus mejores momentos, pone un disco de la banda a volumen bajo. “Puro ambiente, ¿no?” dice, quitándose la playera. Su torso tatuado brilla bajo la luz tenue, músculos definidos por horas en el gym o rockeando. Te jala hacia él, labios chocando en un beso hambriento. Sabe a chela y tabaco, lengua invadiendo tu boca con urgencia. Tus manos en su barba, áspera y excitante, tirando suave mientras gime bajito.

Sus manos en mis nalgas, amasándolas como masa, me hace jadear. Neta, este wey sabe lo que hace
. Lo empujas a la cama, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga salta libre, gruesa y venosa, la punta ya húmeda de precum. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, él gruñe “Chíngame con la mano, mami”. La música de El Tri marca el ritmo, “Las Piedras Rodantes” sonando mientras lo mamas, lengua girando en la cabeza, saboreando su esencia salada. Él arquea la espalda, manos en tu pelo, “¡Qué chido, pinche diosa!”.

Te desnuda despacio, besando cada centímetro expuesto. Sus labios en tus tetas, chupando pezones duros como piedras, dientes rozando lo justo para hacerte gemir. Baja, lengua trazando tu ombligo, hasta tu panocha empapada. “Estás chorreando, pendeja sexy”, murmura antes de lamerte, plano y profundo. Sientes su barba raspando tus muslos internos, una fricción deliciosa que te hace retorcerte. Lengua en tu clítoris, círculos rápidos, dedos curvándose dentro de ti tocando ese punto que te hace ver estrellas. El olor a sexo llena el cuarto, mezclado con su sudor y el cuero de la cama. Gritas su nombre, “Brozo, ¡no pares, cabrón!”, venas de placer subiendo por tus piernas.

La tensión es insoportable, tu cuerpo un arco listo para romperse. Lo montas, guiando su verga a tu entrada resbaladiza. Entras lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llena, estirándote perfecto. “¡Ay, wey, qué vergón tan rico!” exhalas, uñas clavándose en su pecho peludo. Cabalgas duro, caderas girando al ritmo de El Tri, sudor goteando entre sus pechos. Él empuja arriba, pelvis chocando con palmadas húmedas, bolas golpeando tu culo.

Sus ojos en los míos, puro fuego, como si fuéramos los únicos en el mundo con esta rola de fondo
. Cambian posiciones: él atrás, perrito estilo, mano en tu clítoris mientras te chinga profundo. El sonido de carne contra carne, jadeos mezclados con la guitarra eléctrica.

“Me vengo, carnala”, gruñe, acelerando. Tú también, el orgasmo explotando como un solo final, olas de placer convulsionando tu coño alrededor de su verga. Él se corre dentro, chorros calientes llenándote, gimiendo “Brozo te da todo”. Colapsan juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. La música baja, “Niño Sin Amor” sonando suave ahora.

Se quedan así, su brazo alrededor de tu cintura, barba cosquilleando tu hombro. Hueles a sexo y a él, un perfume embriagador. “Qué noche con Brozo y El Tri, ¿eh?” dice riendo bajito. Tú sonríes, el cuerpo lánguido y satisfecho, sabiendo que esta conexión rockera fue más que un polvo: fue puro desmadre emocional, un recuerdo que te hará mojar cada vez que oigas esas rolas. El amanecer se filtra por la ventana, pero no hay prisa. Solo piel contra piel, y la promesa de más.

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