Septiembre Mes Pa Trio
El calor de septiembre en la Ciudad de México me tenía sudando como pendeja, pero no era solo el clima el que me ponía la piel de gallina. Era ese aire cargado de fiestas patrias, de mariachis en las esquinas y el olor a elotes asados que se colaba por las ventanas abiertas de mi depa en la Roma. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y mi carnal, digo, mi morro Marco, andaba con la idea loca de septiembre mes pa trio. Lo había soltado una noche, medio en pedo después de unas chelas en el bar de la esquina, riéndose con su compa Luis. "Septiembre, el mes pa' trio, wey. ¿Por qué no nos aventamos uno pa' celebrar la Independencia?". Yo me reí, pero neta, la idea se me quedó clavada como espina.
Marco era alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía cada vez que me veía con mi shortcito ajustado. Luis, su cuate de la uni, era más delgado, con ojos verdes que te desnudaban sin decir ni madres. Los dos eran carnales desde chavos, y siempre había esa vibra entre nosotros tres: miradas que duraban de más, roces casuales en las fiestas. Esa noche de septiembre, con el sol poniéndose naranja sobre el skyline, los invité a mi depa. "Vengan, pinches cabrones, traigan chelas y unos tacos", les mandé por Whats. Mi corazón latía fuerte mientras ponía música de Natalia Lafourcade bajito, el aroma de mi perfume de vainilla mezclándose con el incienso que encendí pa' ambientar.
Abrieron la puerta riendo, con bolsas de coronitas heladas y una bandeja de tacos al pastor que olían a gloria. "¡Qué chida casa, Ana!", dijo Luis, abrazándome fuerte, su pecho duro contra mis tetas. Sentí su calor, ese olor a jabón mezclado con sudor fresco. Marco me plantó un beso en la boca, su lengua juguetona un segundo de más. Nos sentamos en el sofá grande, yo en medio, piernas cruzadas, mi falda corta subiéndose un poquito. Hablamos pendejadas de la chamba, de las kermeses del grito, pero el aire se ponía espeso. Cada vez que me movía, mi muslo rozaba el de Luis, y Marco lo notaba, sonriendo como diablo.
¿Y si sí? Neta, ¿por qué no? Son guapos, confiables. Mi concha ya palpita nomás de pensarlo.
Las chelas corrían, el hielo crujiendo en los vasos. Marco puso su mano en mi rodilla, subiendo despacito, mientras Luis contaba un chiste y su brazo rozaba mi hombro. Sentí el pulso en mi cuello acelerarse, el calor subiendo por mi entrepierna. "Oigan, ¿se acuerdan de lo del trio?", soltó Marco de repente, sus ojos fijos en mí. Luis se puso rojo pero no dijo ni madres, solo me miró con hambre. Yo tragué saliva, el sabor amargo de la chela en la lengua. "Septiembre es el mes pa' trio, ¿no? Pa' romper la rutina", agregué yo, mi voz ronca. Nos miramos los tres, el silencio roto solo por el zumbido del ventilador y nuestros respirones.
Marco se inclinó y me besó, suave al principio, su boca sabrosa a limón y sal. Sus manos en mi nuca, tirando mi pelo. Luis observaba, y yo lo jalé hacia mí, besándolo también. Su barba raspaba mis labios, su lengua tímida pero ansiosa. Qué rico, pensé, mientras Marco bajaba a mi cuello, chupando la piel sensible. Me recargué en el sofá, abriendo las piernas instintivo. Sus manos exploraban: Marco por debajo de la falda, rozando mi tanguita ya mojada; Luis desabotonando mi blusa, liberando mis tetas grandes, pezones duros como piedras.
"¿Estás segura, mi reina?", murmuró Marco en mi oreja, su aliento caliente. "Sí, pendejos, ándele", respondí, riendo nerviosa. El cuarto olía a sexo ya, a mi humedad mezclada con sus colonias. Luis se hincó, besando mi panza, bajando hasta mi concha. Marco me quitó la falda de un jalón, y yo quedé en tanga, expuesta, temblando de anticipación. Sentí la lengua de Luis lamiendo por encima de la tela, el roce eléctrico. "Quítatela, wey", le ordené, y él obedeció, exponiendo mi coñito rosado, hinchado de ganas.
Marco se sacó la verga, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, masturbándola despacio, sintiendo la piel suave sobre el acero duro. Luis lamía mi clítoris, chupando como hambriento, sus dedos metiéndose y saliendo, chapoteando en mis jugos. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. El calor de septiembre entraba por la ventana, sudando nuestros cuerpos, perlas de sudor bajando por mi espalda. Cambiamos: yo de rodillas en el piso, mamando a Marco mientras Luis me metía desde atrás, su verga más larga, tocando fondo con cada embestida.
¡Ay, cabrón, qué rico me cogen! Mi mente era un torbellino de placer, el slap-slap de carne contra carne, el olor almizclado de sus bolas, el sabor salado de la pre-semen de Marco en mi garganta. Me pasé a cuatro patas, Marco debajo chupándome las tetas, Luis en mi culo ahora, lubricado con mi propia saliva. "¡Despacio, pinche loco!", reí, pero lo empujé contra mí. El estirón ardía delicioso, lleno, mientras Marco se metía en mi concha al mismo tiempo. Doble penetración, pensé, explotando en oleadas. Grité, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus vergas.
Nos movimos al cuarto, alfombra suave bajo mis rodillas. Sudados, jadeantes, el ventilador soplando aire caliente sobre nuestra piel reluciente. Luis se recostó, yo cabalgándolo, su verga hundiéndose profunda, mis caderas girando como en salsa. Marco detrás, frotando su pija en mi espalda, luego en mi boca. Intercambiaban turnos, besándose entre ellos sobre mi cabeza, esa homoerótica sutil me ponía más caliente. "Eres una diosa, Ana", gruñó Luis, sus manos amasando mi culo. Marco aceleró, follándome duro, sus huevos golpeando mi clítoris.
La tensión crecía, mis muslos temblando, el orgasmo construyéndose como tormenta. Sentía cada vena de sus vergas, el pulso sincronizado con mi corazón. "Me vengo, weyes", avisé, y exploté, contrayéndome alrededor de ellos, leche saliendo a chorros. Luis se corrió primero, llenándome el coño de semen caliente, espeso. Marco sacó y eyaculó en mis tetas, chorros blancos contrastando mi piel morena. Colapsamos en la cama, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el jazmín del jardín abajo.
Después, en la afterglow, nos bañamos juntos en mi regadera chiquita, jabón resbalando por curvas y músculos. Reíamos pendejadas, besos suaves. "Septiembre mes pa' trio, neta lo mejor", dijo Marco, secándome el pelo. Luis me abrazó por atrás, su verga semi-dura contra mi nalga. No hubo celos, solo conexión profunda, como si hubiéramos cruzado un umbral. Esa noche dormimos los tres, yo en medio, manos entrelazadas. Al amanecer, con el sol de septiembre filtrándose, supe que esto cambiaría todo: más confianza, más fuego en nuestra relación.
Ahora, cada septiembre, recordamos esa noche con sonrisas cómplices. Fue liberación, placer puro, y neta, el mes perfecto pa' un trio inolvidable.