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Ticketmaster El Tri Mi Entrada al Placer

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Ticketmaster El Tri Mi Entrada al Placer

Estaba sentada en mi depa en la Condesa, con el laptop abierto y el corazón latiéndome a mil por hora. El Tri jugaba contra los gringos en el Azteca y neta, no me lo iba a perder. Entré a Ticketmaster, buscando los boletos para El Tri, pero el pinche sitio se colgaba cada dos por tres. Sudaba la gota gorda, no solo por la adrenalina del partido, sino porque llevaba días con una calentura que no se me quitaba. Mi cuerpo pedía acción, algo que me hiciera olvidar el estrés del jale.

De repente, en el chat de la página, alguien me escribe: "Wey, ¿ya agarraste tus boletos de Ticketmaster para El Tri?" Era un cuate con foto de perfil en un partido, moreno, ojos intensos, sonrisa pícara. Le contesté rápido: "No mames, se cuelga todo. Tú ya los tienes?" Y así empezó el rollo. Se llamaba Marco, fanático como yo, y me dio tips para refrescar la página. Mientras chateábamos, la plática se puso calientita. "Si no sale, vente conmigo al bar El Triunfador, allá cerca del estadio. Yo invito las chelas", me soltó. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajito, entre las piernas.

¿Y si este pendejo es lo que necesito para desquitarme?
Agarré los boletos al fin, pero ya no quería ir sola al estadio. Le mandé mensaje: "Órale, nos vemos ahí a las ocho".

Me arreglé con una blusa escotada verde que marcaba mis chichis justito, falda corta y tenis cómodos para el ambiente futbolero. Llegué al bar y el lugar estaba a reventar: olor a tacos al pastor, chelas frías sudando en las mesas, la tele gritando goles de partidos pasados. Marco estaba en una mesa del fondo, con jersey de El Tri, brazos fuertes cruzados, mirándome como si ya me estuviera desnudando. "¡Qué onda, carnala! Siéntate, ya pedí dos Suavics", dijo con voz grave, ronca. Nos dimos un abrazo que duró un segundo de más, su pecho duro contra el mío, su colonia mezclada con sudor fresco. Hablamos de El Tri, de cómo Ticketmaster nos había hecho padecer, pero la química saltaba chispas. Cada vez que reía, su mano rozaba mi brazo, enviando descargas hasta mi clítoris.

La plática fluyó como tequila suave: de los cracks del equipo a anécdotas de fiestas post-partido. "Neta, verte llegar fue como un gol en el último minuto", me dijo bajito, sus ojos clavados en mis labios. Yo sentía mi panocha humedeciéndose, el calor subiendo por mis muslos. Pedimos más chelas, unos taquitos, pero ya no comíamos de verdad. Su rodilla tocaba la mía bajo la mesa, y no la quité.

Este wey me prende como nadie. Quiero sentir su verga dura contra mí, ya
. Le conté de mi calentura por el partido, cómo la emoción me ponía cachonda. Él sonrió pícaro: "Yo igual, pero verte a ti es mejor que cualquier estadio". La tensión crecía, el bar rugía con un gol en la tele, y de pronto su mano se posó en mi muslo, subiendo despacito. Asentí con la mirada, mordiéndome el labio. "Vámonos de aquí", murmuró.

Salimos tomados de la mano, el aire nocturno de la Roma cargado de jazmines y escape de coches. Caminamos dos cuadras hasta un hotel chido, de esos con habitaciones limpias y música de fondo. En el elevador, ya no aguantamos: nos besamos como fieras, su lengua invadiendo mi boca con sabor a limón y cerveza, manos amasándome las nalgas. "Estás rica, wey", jadeó contra mi cuello. Mi piel erizada, pezones duros raspando la blusa. Entramos a la recámara, luces tenues, cama king size oliendo a sábanas frescas.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Sus labios calientes en mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mi propia voz mezclándose con su respiración agitada. "Así, mami, déjame oírte". Bajó por mi panza, lamiendo el sudor salado, hasta mis muslos. Le abrí las piernas, mi tanga empapada. La arrancó con los dientes, y su lengua encontró mi clítoris hinchado. ¡Puta madre, qué chido! Lamía en círculos, chupando mis labios, metiendo dos dedos gruesos que me abrían como Ticketmaster abriendo la puerta al Azteca. Olía a mi propia excitación, almizclada, dulce, mientras él gruñía de placer.

Lo empujé a la cama, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón y su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en la mano, piel suave sobre acero duro, y la metí a mi boca. Saboreé su sal, su calor, mamándola profundo hasta la garganta. Marco jadeaba, manos en mi pelo: "¡No mames, qué buena chupas! Sigue, carnala". Lo llevé al borde, lamiendo las bolas, mordisqueando el tronco. Pero quería más. Me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su pija, lubricándola. "Cógeme ya, wey", le supliqué.

Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Sentí cada vena pulsando dentro, estirándome delicioso. Empecé a cabalgarlo lento, sintiendo el roce en mi punto G, sus manos apretando mis caderas. El cuarto olía a sexo puro, sudor y deseo. Aceleré, tetas rebotando, su mirada devorándome. "Eres una diosa, muévete así". Cambiamos: él encima, embistiéndome fuerte, piel contra piel chapoteando. Sus bolas golpeaban mi culo, mi clítoris rozando su pubis. Gemidos, jadeos, la cama crujiendo como el estadio en un grito colectivo.

La tensión subió como un partido empatado en el minuto 90. Me volteó a cuatro patas, metiéndomela más hondo, una mano en mi clítoris frotando rápido. "Vente conmigo, preciosa". El orgasmo me explotó como un gol de tiro libre: olas de placer sacudiéndome, panocha contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como bestia. Colapsamos, sudorosos, abrazados, pulsos latiendo al unísono.

Después, recostados, fumando un cigarro compartido, el olor a sexo aún flotando. "Gracias por los tips de Ticketmaster El Tri, wey. Sin ti, no estaría aquí", le dije riendo. Él me besó la frente: "Los boletos son chidos, pero esto fue el verdadero partido". Planeamos ir juntos al Azteca, pero con esta conexión, cada encuentro sería victoria. Me dormí en sus brazos, satisfecha, el eco de la pasión resonando en mi cuerpo como el rugido de la afición.

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