Bedoyecta Tri Hidroxocobalamina Tiamina Piridoxina El Elixir de Mi Deseo Ardiente
Ana se sentía como un trapo viejo esa mañana. El pinche trabajo en la oficina la tenía hecha un asco, con los ojos pesados y el cuerpo que no respondía. ¿Cuántas noches sin dormir bien? pensó mientras se miraba en el espejo del baño, con el pelo revuelto y las ojeras marcadas. Vivía en un departamentito chido en la Condesa, pero últimamente ni las vistas al Parque México la animaban. Su carnal, no, su morro Javier, andaba de viaje por trabajo en Guadalajara, y la echaba de menos. Necesitaba un empujón, algo que le devolviera las pilas.
—Órale, Ana, ¿qué traes? Pareces zombi —le dijo su compa Lupe por WhatsApp cuando le contó sus males.
—Pos ando muerta de cansancio, carnala. Voy a ir por una Bedoyecta Tri, esas inyecciones de hidroxocobalamina tiamina piridoxina que tanto recomiendan pa'la energía.
—¡Échale! Mi tía se aplicó unas y resucitó. Te vas a sentir como nueva, ¡avienta!
Ana no lo pensó dos veces. Salió del depa con su chamarra ligera, el sol de media mañana calentándole la piel mientras caminaba hacia la farmacia de la esquina. El aire olía a tacos de la taquería cercana, y el bullicio de los coches la envolvía como un abrazo citadino. Entró al lugar fresco, con ese olor a medicina y desinfectante que siempre le daba cosquillas en la nariz.
—Doctora, me da una Bedoyecta Tri, porfa. Hidroxocobalamina, tiamina, piridoxina, completa —pidió al mostrador, sacando su cartera.
La farmacéutica, una morra de unos cuarenta con sonrisa profesional, le preparó la jeringa en un dos por tres. Ana se sentó en la sillita, se remangó la blusa y sintió el pinchazo rápido en el glúteo. ¡Ay, cabrón! Un ardor fugaz, pero luego... algo cambió. Salió de ahí con el paso ligero, como si le hubieran inyectado pura adrenalina. El corazón le latía fuerte, la piel le picaba de vida nueva.
¿Qué chingados es esto? Me siento... viva. Caliente.
De regreso a casa, el teléfono vibró. Era Javier: "Ya aterricé, mi reina. Llego en una hora. Te extraño un chorro." Ana sonrió, mordiéndose el labio. Su cuerpo respondía de una forma que no esperaba. Los pezones se le endurecieron bajo la blusa, rozando la tela con cada paso, y entre las piernas sentía un cosquilleo húmedo, insistente. La Bedoyecta Tri hidroxocobalamina tiamina piridoxina obraba su magia, revitalizando no solo sus músculos, sino algo más profundo, un fuego que le subía desde el vientre.
Acto primero: la llegada. Ana se duchó rápido, el agua caliente cayendo en cascada sobre su piel bronceada, jabón perfumado a vainilla envolviéndola en nubes espumosas. Se puso un vestido suelto de algodón, sin bra, solo tanguita, imaginando las manos de Javier. Cuando abrió la puerta, él estaba ahí, alto, moreno, con esa barba incipiente que tanto le gustaba acariciar. Olía a avión y colonia fresca, a hombre que la hacía derretirse.
—¡Mi amor! —Se lanzaron uno sobre el otro, besos hambrientos en el umbral. Sus lenguas se enredaron, saboreando el sudor del viaje y el lipstick de ella. Javier la cargó adentro, cerrando la puerta de una patada.
—Estás... diferente. Más ardiente —murmuró él contra su cuello, aspirando su aroma.
—Es la Bedoyecta Tri, güey. Hidroxocobalamina, tiamina, piridoxina. Me puso como leona —rió ella, tirando de su camisa.
Se sentaron en el sofá, platicando de su viaje, pero la tensión crecía. Las manos de Javier subían por sus muslos, rozando la piel suave, mientras ella le masajeaba los hombros tensos. Quiero devorarlo, pensó Ana, sintiendo cómo su pulso aceleraba, el calor entre sus piernas volviéndose un pulso insistente. Él la miró a los ojos, oscuros de deseo.
—Ven pa'cá, rica —susurró, jalándola a su regazo.
Acto segundo: la escalada. Sus bocas se fundieron de nuevo, más lentas, saboreando cada roce. Ana sentía el bulto duro de él presionando contra su monte, y se movió despacio, frotándose, gimiendo bajito. El sonido de sus respiraciones llenaba la sala, mezclado con el lejano claxon de la calle. Javier deslizó las manos bajo el vestido, encontrando sus pechos libres, pellizcando los pezones duros como piedritas.
—¡Ay, sí, así! —jadeó ella, arqueando la espalda. El tacto era eléctrico, cada caricia enviando chispas por su espina.
Él la recostó en el sofá, bajándole el vestido hasta la cintura. Sus labios bajaron por el cuello, lamiendo la sal de su piel, mordisqueando hasta los senos. Ana metió las manos en su pelo, tirando suave, guiándolo.
Esto es lo que necesitaba. Energía pura, deseo puro.Javier siguió bajando, besando el ombligo, el aroma de su excitación llenándole las fosas nasales, almizclado y dulce.
—Quítate todo, mi amor —pidió ella, voz ronca.
Se desnudaron con prisa juguetona, riendo cuando las prendas volaban. La piel de Javier era cálida, musculosa, con ese vello que le raspaba delicioso. Ana lo empujó al piso, montándose a horcajadas. Tomó su verga dura, gruesa, palpitante en la mano, acariciándola de arriba abajo, sintiendo las venas bajo los dedos. Él gruñó, profundo, animal.
—Chúpamela, Ana, porfa —suplicó.
Ella se agachó, lengua juguetona lamiendo la punta salada, saboreando el pre-semen. Lo engulló despacio, succionando, el sonido húmedo de su boca llenando el aire. Javier jadeaba, caderas moviéndose leve, manos en su cabeza. Pero ella quería más. Se levantó, guiándolo dentro de ella. Despacio, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba, el roce interno enviando olas de placer.
Cabalgó con ritmo creciente, pechos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de carne contra carne, gemidos mezclados. Javier la volteó, poniéndola a cuatro, embistiéndola fuerte desde atrás. Ana gritaba placer, uñas clavadas en la alfombra, oliendo el sexo en el aire, ese olor crudo y adictivo.
—¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo! —exigía, empoderada, dueña de su fuego.
Él obedecía, una mano en su clítoris, frotando en círculos, la otra jalando su pelo suave. El clímax se acercaba, tensión enroscada como resorte. Ana sintió la explosión primero, contracciones fuertes ordeñando su verga, grito ahogado en la almohada. Javier la siguió, gruñendo, llenándola con chorros calientes.
Acto tercero: el afterglow. Colapsaron juntos, cuerpos enredados, respiraciones calmándose. Javier la besó la sien, suave.
—Gracias por la bienvenida, mi vida. Y qué onda con esa Bedoyecta Tri hidroxocobalamina tiamina piridoxina, ¿eh? Nos dejó locos.
Ana rió, acurrucada en su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón. —Es mi nuevo secreto, amor. Energía pa'l día y pa'la noche. Mañana me aplico otra.
Se quedaron así, piel contra piel, el sol del atardecer tiñendo la habitación de naranja. El deseo satisfecho, pero con promesa de más. Ana se sentía completa, revitalizada en alma y cuerpo. Esto es vida, chingón, pensó, mientras el sueño los envolvía dulcemente.