Queriendo Probarlo Todo
La noche en la Condesa estaba viva, con ese bullicio de carros pitando y risas de borrachos saliendo de los bares. Yo, Ana, llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir pinche poderosa, como si el mundo entero tuviera que voltear a verme. Había salido con mis cuates a celebrar mi nuevo curro en una agencia de diseño, pero la neta, lo que traía en la cabeza era probar algo nuevo. Siempre había sido la buena onda, la que se acuesta con su novio de años, pero después de la ruptura, me picaba el gusanito de la aventura. Quería probar a un desconocido, sentir esa adrenalina de no saber qué pasaría.
Ahí lo vi, en la barra del rooftop bar. Diego, se llamaba, con esa barba recortada y ojos cafés que te clavaban como alfileres. Vestía una camisa blanca arremangada, mostrando unos antebrazos fuertes que olían a colonia cara mezclada con el humo de su cigarro. Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo casualidad. “Órale, wey, ¿no que eras de por aquí? Te vi desde abajo”, le solté, con mi sonrisa más pícara. Él se rio, esa risa grave que retumbó en mi pecho. “Y tú, ¿vienes a conquistar o qué?”, me contestó, con acento chilango puro. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de tacos al pastor, de cómo la vida en la ciudad te obliga a ser rudo. Pero entre líneas, sentíamos la electricidad. Su mirada bajaba a mis labios, y yo notaba cómo su pecho subía y bajaba más rápido.
La tensión crecía con cada trago. Su mano rozó la mía al pasarme la sal para el tequila, y ¡uf!, fue como un chispazo. Olía a hombre, a sudor limpio y a esa esencia que te hace mojar sin querer. “
Neta, Ana, contigo quiero probar lo que sea”, me susurró al oído, su aliento cálido contra mi cuello. Me erizó la piel. ¿Sería capaz? Mi mente daba vueltas: ¿Y si es un pendejo? ¿Y si no me gusta? Pero chingado, quiero intentarlo. Le tomé la mano. “Vamos a mi depa, a ver qué sale”.
En el Uber, ya no aguantábamos. Sus dedos jugaban con el borde de mi vestido, subiendo por mi muslo. Yo sentía el calor entre mis piernas, ese cosquilleo que me hacía apretar las rodillas. Llegamos a mi edificio en la Roma, subimos las escaleras a tropezones, riéndonos como niños. Apenas cerré la puerta, me empujó contra la pared. Sus labios en los míos eran urgentes, sabían a tequila y a menta, ásperos pero tiernos. Le mordí el labio inferior, probando su sabor salado. “Despacio, cabrón”, le dije, pero mi cuerpo pedía más.
Lo llevé a mi cuarto, iluminado solo por la luz de la ciudad que se colaba por la ventana. El aire olía a mi perfume de vainilla y a su colonia, una mezcla embriagadora. Me quité el vestido despacio, dejándolo caer como una promesa. Él se quedó mirando, con los ojos hambrientos. “Eres una diosa, Ana”. Se acercó, sus manos grandes explorando mi piel. Sentí sus palmas callosas contra mis pechos, los pezones endureciéndose al instante bajo sus pulgares. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca mientras nos besábamos de nuevo. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo lo duro que estaba. Quería probarlo, neta, quería sentirlo todo.
Lo empujé a la cama, montándome encima. Esta vez, yo mandaba. Siempre había sido pasiva, pero hoy quería probar ser la que controla. Le arranqué la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado de su piel. Él jadeaba, sus manos en mi cintura, apretando como si no quisiera soltarme. “Hazme lo que quieras, mi reina”, murmuró. Bajé más, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La olí, ese aroma almizclado de excitación pura, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada que brotaba. Él gruñó, un sonido animal que me vibró en el cuerpo.
Pero no quería apresurarme. Lo miré a los ojos, con esa conexión que te hace sentir vulnerable y fuerte al mismo tiempo. “
Quiero probar algo nuevo contigo”, le dije, mi voz ronca. Me puse de rodillas en la cama, arqueando la espalda, invitándolo. Él se colocó detrás, su cuerpo cubriéndome como una manta caliente. Sus dedos jugaron con mi clítoris primero, resbalosos por mi humedad, haciendo círculos que me hicieron arquearme y soltar un “¡Ay, wey!”. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, un ardor que se convertía en placer puro. Empezamos lento, sus caderas chocando contra mis nalgas con un plaf rítmico, el sonido mezclado con nuestros jadeos y el tráfico lejano de la calle.
La intensidad subía. Mis tetas rebotaban con cada embestida, y él las amasaba desde atrás, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. Sudábamos, el olor a sexo llenaba la habitación, espeso y adictivo. Mi mente era un torbellino: Esto es lo que quería, chingado, sentirme viva, deseada. No más rutinas, quiero más de esto. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, y yo me corrí primero, un orgasmo que me sacudió como un terremoto, gritando su nombre mientras mis paredes lo apretaban. “¡Diego, no pares, cabrón!”.
Él se volteó, poniéndome debajo. Ahora sus ojos estaban oscuros de lujuria, su pelo revuelto pegado a la frente por el sudor. Me penetró de nuevo, profundo, mirándome fijo. Sentía cada vena, cada pulso, el roce contra mi punto G que me hacía ver estrellas. Nuestros cuerpos chorreaban, piel contra piel resbalosa. Lo arañé en la espalda, dejando marcas rojas que olían a mi sudor mezclado con el suyo. “Ven conmigo, Ana, probadme todo”, gruñó. Y lo hice, corriéndome otra vez, mi cuerpo convulsionando mientras él se vaciaba dentro, caliente y abundante, un gemido largo que retumbó en mis oídos.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, su respiración calmándose contra mi piel. Acaricié su pelo, sintiendo el afterglow, esa paz profunda después de la tormenta. “Neta, eso fue chido”, murmuró él, besando mi ombligo. Yo sonreí, con el cuerpo lánguido y satisfecho. Lo probé, y valió la pena. Quizás no sea la última vez. La ciudad seguía rugiendo afuera, pero adentro, todo era quietud y promesas. Me dormí pensando en lo que vendría, con su calor envolviéndome como un secreto compartido.