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La App de Tríos que Enciende Pasiones

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La App de Tríos que Enciende Pasiones

Estaba sola en mi depa de la Roma, con una chela fría en la mano y el calor de la noche mexicana pegándome en la piel. Hacía semanas que no salía, el trabajo en la agencia me tenía hasta la madre, y mi vida sexual era un desierto más seco que el de Sonora. Neta, necesitaba algo que me sacara de esta rutina pendeja. Ahí fue cuando vi el anuncio en Instagram: "App de Tríos, conecta con parejas calientes para noches inolvidables". Mi corazón dio un brinco. ¿Yo? ¿En una app de tríos? Siempre había fantaseado con eso, pero nunca me animaba. Esa noche, con el ventilador zumbando y el olor a tacos de la calle colándose por la ventana, descargué la app.

El interfaz era chido, fotos borrosas pero sugerentes, perfiles con sonrisas pícaras y cuerpos que prometían placer. Swipé un rato, riéndome sola de lo loco que era. De repente, un match: Marco y Luisa, una pareja de treinta y tantos de la Condesa. Él, moreno, musculoso, con ojos que miraban como si ya me estuvieran desnudando. Ella, curvas perfectas, cabello negro largo y una sonrisa que gritaba ven y descubre. Su bio: "Buscamos chica aventurera para compartir risas y más". Mandé un hola tímido, y en minutos, chat fluyendo. "¿Lista para la app de tríos más hot de la CDMX?", escribió él. Contesté con un emoji de fuego. Hablamos de todo: música, comida, deseos. Luisa era maestra de yoga, él diseñador gráfico. Todo sonaba perfecto, consensual, sin presiones.

Quedamos en un bar en la Zona Rosa esa misma noche. Me puse un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa, el perfume de vainilla envolviéndome. Caminé por las calles iluminadas, el ruido de los coches y risas ajenas acelerando mi pulso.

¿Y si no conectamos? ¿Y si soy una tonta?
me dije, pero el cosquilleo entre las piernas me decía que no. Los vi en una mesa al fondo: Marco alto y fuerte, oliendo a colonia fresca; Luisa con un escote que dejaba ver lo justo. Me abrazaron como si nos conociéramos de siempre. "¡Qué guapa, neta!", dijo ella, su voz suave como miel. Pedimos tequilas, charlamos de la app de tríos que nos unió, riéndonos de matches raros. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas por mi espina.

La tensión crecía con cada sorbo. Marco contaba anécdotas divertidas, su pierna tocando la mía bajo la mesa. Luisa se inclinaba, su aliento cálido en mi oreja: "Queremos que te sientas reina esta noche". Mi cuerpo respondía, pezones endureciéndose contra el vestido, humedad traicionera en mis calzones. Salimos al aire nocturno, el bullicio de la ciudad como banda sonora. Caminamos a su depa, un penthouse con vista al skyline, luces tenues y jazz suave de fondo. Olía a incienso y algo más, deseo puro.

En el elevador, Luisa me besó primero. Sus labios suaves, lengua juguetona, saboreando a tequila y menta. Marco nos veía, su mano en mi cintura, apretando con fuerza controlada. Esto es real, pensé, el corazón latiéndome como tamborazo. Entramos, y sin palabras, empezaron a desvestirme. El vestido cayó al piso con un susurro de tela, mis tetas libres al aire fresco. Marco gemía bajito, "Qué chula eres, mami". Luisa me guió al sofá de piel suave, sus uñas rozando mi piel, erizándola toda.

Me recosté, ellas dos de rodillas a mis lados. Luisa besaba mi cuello, mordisqueando suave, mientras Marco lamía mis pezones, chupando con hambre que me hacía arquear la espalda. El sonido de sus bocas húmedas, succiones y jadeos, llenaba la habitación. Olía a su excitación mezclada con mi propia esencia, ese aroma almizclado que grita quiero más. Mis manos enredadas en su cabello, tirando suave. "Sí, así, cabrones", murmuré, soltando la pendeja que llevaba dentro.

Luisa bajó, besando mi vientre, lengua trazando círculos hasta mi chochito depilado. Separó mis labios con dedos expertos, soplando aire caliente que me hizo gemir alto. "Estás empapada, preciosa", dijo, y hundió la lengua en mi clítoris, lamiendo lento, torturándome. Marco se quitó la playera, su pecho duro presionando contra mí, verga ya tiesa asomando por el pantalón. La saqué, gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La masturbé despacio, sintiendo su calor, el pre-semen salado en mi lengua cuando la probé.

¡Qué rico sabor, como hombre de verdad!

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: yo a cuatro patas en la cama king size, sábanas de algodón egipcio rozando mis rodillas. Marco detrás, su pinga empujando mi entrada, resbaladiza de jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Gruñí de placer, el estirón delicioso, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Luisa debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mi botón y en sus huevos. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel, nuestros gemidos sincronizados como banda en vivo.

"Más fuerte, Marco, fóllame duro", rogué, y él obedeció, agarrando mis caderas, clavándome con ritmo salvaje. Sudor nos cubría, salado en mi boca cuando lamí su brazo. Luisa se subió, sentándose en mi cara, su panocha rosada y jugosa abierta para mí. La comí con ganas, lengua adentro, chupando su clítoris hinchado, saboreando su dulzor ácido. Ella se mecía, tetas rebotando, gritando "¡Ay, sí, Ana, qué buena lengua!". El cuarto olía a sexo puro, testosterona y fluidos mezclados, el aire pesado y caliente.

El clímax se acercaba como tormenta. Marco aceleró, su verga hinchándose dentro de mí, golpeando mi punto G sin piedad. Luisa temblaba en mi boca, sus muslos apretándome la cabeza. "Me vengo, me vengo", chilló ella primero, chorro caliente salpicando mi barbilla. Eso me disparó: orgasmos múltiples, olas de placer rompiéndome, chochito contrayéndose alrededor de Marco, ordeñándolo. Él rugió, sacando y eyaculando chorros blancos en mi espalda, calientes y pegajosos.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Luisa me besó tierno, "Eres increíble, gracias por unirte a nuestra app de tríos". Marco trajo agua fría, sus manos masajeando mis piernas temblorosas. Nos duchamos juntos, jabón espumoso deslizándose por pieles sensibles, risas y besos suaves bajo el agua caliente. El vapor olía a nuestro clímax reciente, prometiendo más.

Desayunamos al amanecer en su terraza, tacos de barbacoa de un carrito cercano, café negro humeante. Hablamos de repetir, de la app que nos juntó como magia. Caminé de regreso a mi depa con el sol calentándome la piel, piernas flojas pero alma llena. La app de tríos no solo enciende pasiones, las transforma, pensé. Ya no era la misma Ana aburrida. Ahora era adicta a esa libertad, a ese placer compartido. Y quién sabe, quizás esta noche swipee de nuevo.

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