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Nice Try En Español

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Nice Try En Español

El sol de Cancún caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena, mientras el sonido de las olas chocando contra la arena blanca me arrullaba en esa tarde perezosa. Me llamaba Ana, tenía veintiocho años y trabajaba en un chiringuito playero, sirviendo piñas coladas a turistas con sonrisas de comercial. Ese día, el aire olía a sal marina mezclada con crema de coco y un toque de sudor fresco, ese que hace que todo se sienta vivo, pegajoso, listo para encenderse.

Él apareció como un sueño rubio salido de una película gringa: alto, con ojos azules que brillaban bajo el sombrero de paja mal puesto, y una camiseta ajustada que marcaba unos pectorales que pedían a gritos ser tocados. Se acercó a la barra con una sonrisa torcida, intentando su mejor acento en español. "Hola guapa, ¿tu nombre es WiFi? Porque siento una conexión", soltó, con esa pronunciación chapurreada que me hizo estallar en carcajadas. Lo miré de arriba abajo, mordiéndome el labio inferior mientras el calor subía por mi cuello.

"Nice try en español, guapo", le respondí en inglés juguetón, guiñándole un ojo. Su cara se iluminó como si hubiera ganado la lotería, y pedí "una cerveza bien fría para el gringo intentón". Se llamaba Mike, venía de Texas de vacaciones, y mientras charlábamos, el viento jugaba con mi falda ligera, rozando mis muslos desnudos. Olía a protector solar en su piel, un aroma masculino que se mezclaba con el mío de vainilla y mar. Sentí un cosquilleo en el estómago, esa tensión inicial que promete más, mucho más.

La conversación fluyó como el ron en mi sangre: él contando anécdotas de rodeos, yo riéndome y contándole de las fiestas en la playa hasta el amanecer. Cada vez que intentaba un piropo en español –"¿Eres de aquí? Porque pareces un sueño tropical"–, yo soltaba otra risita y lo corregía con un "buen intento, pero así se dice...". Sus ojos se clavaban en mis labios, en el escote de mi blusa floja que dejaba ver el borde de mis pechos bronceados. El deseo crecía lento, como la marea subiendo, y cuando el sol empezó a bajar, le propuse: "¿Vamos a caminar por la playa? Para practicar tu español de verdad".

Acto de escalada. La arena estaba tibia bajo mis pies descalzos, y el cielo se teñía de naranjas y rosas que reflejaban en el mar. Caminábamos cerca, nuestros brazos rozándose accidentalmente al principio, hasta que su mano grande envolvió la mía. El tacto era eléctrico: piel áspera de quien trabaja con las manos, contra mi suavidad húmeda por el sudor. "Eres increíble, Ana. No sé cómo decirlo en español, pero me vuelves loco", murmuró cerca de mi oreja, su aliento caliente oliendo a cerveza y menta.

Me detuve, giré hacia él y lo besé. Fue como chocar con una ola: sus labios firmes, su lengua explorando con hambre contenida. Gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo respondía, pezones endureciéndose bajo la tela fina, un calor líquido entre mis piernas. "Órale, gringo, no tan rápido", bromeé apartándome un poco, pero mis manos ya tiraban de su camiseta, queriendo sentir su pecho desnudo. Él rio, esa risa grave que vibró en mi piel, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Corrimos hacia su hotel cercano, riendo como chiquillos, el corazón latiéndome a mil por el roce de su cuerpo contra el mío.

En la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de nuestras pieles. Olía a sábanas limpias y a nosotros, ese aroma almizclado de excitación que hace que todo huela a sexo inminente. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi cuello, mis hombros, hasta llegar a mis senos. "Qué ricos, Ana, como frutas maduras", susurró en su español torpe, y yo arqueé la espalda, gimiendo cuando su boca caliente los atrapó, lengua girando alrededor de mis pezones oscuros y duros.

Por dentro, pensaba: este pendejo gringo me tiene temblando, neta que su boca es un pecado. Quiero más, quiero sentirlo todo.

Mis manos bajaron a su short, liberando su verga gruesa y palpitante. La tomé, sintiendo su calor pulsante en mi palma, venas marcadas bajo la piel suave. "Carajo, qué grande, wey", solté riendo, y él gruñó de placer cuando empecé a mover la mano, lento al principio, probando su reacción. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el lejano rumor del mar. Se arrodilló frente a mí, bajando mi falda y tanga, besando mi vientre, mis caderas, hasta llegar a mi cuca húmeda y hinchada.

Su lengua fue un torbellino: lamiendo mi clítoris con precisión, chupando suave, luego fuerte, haciendo que mis jugos fluyeran como miel caliente. Gemí alto, "¡Sí, así, no pares, cabrón!", agarrando su cabello rubio, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El olor de mi arousal era intenso, salado y dulce, y él lo devoraba como si fuera su postre favorito. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante dentro de mí, pero lo detuve jadeante: "Ahora tú, mi turno".

Lo empujé a la cama, montándome sobre él. Su verga rozaba mi entrada, resbaladiza y lista. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. "Qué rico, Mike, me partes en dos", murmuré, empezando a cabalgarlo con ritmo lento. Sus manos en mis nalgas, amasando la carne suave, guiándome más rápido. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando nuestros cuerpos, haciendo que todo resbalara perfecto.

Internamente, luchaba con el placer abrumador: Es tan bueno, pero no quiero correrme ya, quiero que dure esta locura playera. Cambiamos posiciones; él encima, embistiéndome profundo, sus ojos azules clavados en los míos, jadeos mezclándose. "Te sientes como el paraíso, Ana", gruñó, y aceleró, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. El olor a sexo era espeso, nuestras pieles pegajosas, el sabor salado de su cuello cuando lo besé.

La tensión llegó al pico: mis uñas en su espalda, sus manos en mi pelo, gritando juntos cuando el clímax nos golpeó. Mi cuca se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, oleadas de placer puro sacudiéndome hasta los huesos. Él se derramó dentro, caliente y abundante, un rugido gutural escapando de su garganta. Colapsamos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono, el aire lleno de nuestros gemidos residuales.

Afterglow eterno. Yacíamos ahí, el ventilador girando perezoso sobre nosotros, pieles enfriándose con brisa marina colándose por la ventana. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "¿Mejor que mi español?", preguntó con picardía. Reí suave, acariciando su espalda. "Mucho mejor, gringo. Nice try en español, pero esto... esto fue perfecto".

Nos quedamos así hasta que el sol se ocultó del todo, saboreando el regusto salado en la piel, el aroma de nosotros impregnado en las sábanas. Sabía que era solo una noche en Cancún, pero qué noche: llena de risas, deseo crudo y esa conexión que no necesita palabras perfectas. Me vestí con su camisa oliendo a él, prometiendo volver al día siguiente. Al salir, el mar susurraba promesas, y yo sonreía, con el cuerpo aún vibrando de placer.

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