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Probando con Chavas XXX

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Probando con Chavas XXX

La noche en Playa del Carmen estaba calientísima, de esas que te pegan en la piel como un beso húmedo y te dejan con ganas de más. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas callejeras y el perfume dulce de las flores tropicales. Yo, un wey de veintiocho años que acababa de llegar de la CDMX para desconectarme, me metí a un antro playero lleno de luces neón y reggaetón retumbando en los parlantes. Ahí las vi: dos chavas guapísimas, adultas y con esa vibra fresca que te hace salivar. Lupe y Mari, las llamaban sus amigas. Lupe con su piel morena brillando bajo las luces, curvas que se movían como olas al bailar, y Mari, más clarita, con ojos verdes que te clavaban como dagas de deseo. Ambas rondaban los veintidós, neta, con esa energía de chavas independientes que saben lo que quieren.

Me acerqué con una cerveza en la mano, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. "Órale, qué buena onda bailan, ¿no?" les dije, sonriendo con esa confianza que solo te sale cuando el tequila te afloja la lengua. Lupe se rio, su risa como campanitas en el viento, y me jaló del brazo al centro de la pista. Su cuerpo rozó el mío, suave, cálido, con olor a coco y sudor fresco. Mari se pegó por detrás, sus tetas presionando mi espalda, y susurró al oído: "¿Vienes a probar suerte con nosotras, wey?" Sentí un escalofrío bajarme por la espina, el pulso acelerado, el calor subiendo desde mis huevos hasta la garganta.

En mi cabeza, no paraba de dar vueltas esa categoría que había visto en el porno la noche anterior: try teens xxx, pero estas no eran teens de video barato, eran chavas reales, adultas, con fuego en la mirada. Quería probar eso, neta, esa fantasía hecha carne mexicana. Bailamos hasta que el sudor nos pegaba la ropa al cuerpo. Lupe me mordió el lóbulo de la oreja, su aliento caliente oliendo a piña colada. "¿Te late seguir la fiesta en mi hotel?" propuso Mari, con voz ronca. Asentí como pendejo enamorado, el deseo ardiéndome en las venas.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pensé mientras caminábamos por la arena tibia bajo la luna. Estas morras son puro fuego, pero ¿y si solo es un rato? Neta, no importa, esta noche quiero perderme en ellas.

El hotel era uno de esos boutique con palmeras y piscinas iluminadas. Subimos a la habitación de ellas, riendo bajito para no despertar a nadie. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Lupe prendió una luz tenue, roja como labios hinchados, y el cuarto se llenó de su aroma: vainilla y algo más, ese olor almizclado de excitación que te pone la piel de gallina. Mari me quitó la camisa, sus uñas rozando mi pecho, dejando rastros de fuego. "Mmm, qué rico pecho, carnal", murmuró, lamiendo mi pezón con lengua jugosa.

Lupe se desvistió despacio, contoneándose como en un video casero. Su tanga negra se deslizó por sus muslos firmes, revelando un coñito depilado, húmedo ya, brillando como perla bajo la luz. Yo me quedé en calzones, mi verga tiesa como poste, palpitando contra la tela. Mari se arrodilló, oliendo mi erección a través del algodón. "¿Quieres que te la chupe, papi?" preguntó con ojos de diabla. "Sí, chingá, hazlo", gemí, el corazón tronándome en el pecho.

Su boca era un horno húmedo, labios carnosos envolviéndome, lengua girando alrededor de la cabeza como remolino. Sabía a sal y pre-semen, chupando con hambre, gimiendo vibraciones que me llegaban hasta los huevos. Lupe se acercó, besándome con lengua invasora, sabor a tequila y menta. Sus manos masajeaban mis bolas, suaves, apretando justo lo necesario. El sonido de succiones húmedas llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y el zumbido del aire acondicionado.

La llevé a la cama king size, sábanas frescas oliendo a detergente tropical. Mari se recostó, abriendo las piernas como invitación. Su coño rosado, hinchado, goteaba jugos que olían a almendra dulce. "Prueba esto, wey", dijo Lupe, guiando mi cabeza. Lamí despacio, lengua plana lamiendo clítoris, saboreando su esencia salada y agria. Mari arqueó la espalda, gritando "¡Ay, cabrón, qué rico!", sus muslos temblando contra mis orejas. El vello púbico raspaba mi nariz, su calor envolviéndome.

Esto es mejor que cualquier try teens xxx, pensé, estas chavas me están volviendo loco con su sabor, su olor, su todo.

Cambié posiciones, el sudor nos pegaba como glue. Lupe montó mi cara, su culo redondo aplastándome, coño frotándose en mi boca mientras yo la devoraba. Mari se emparejó, cabalgándome la verga con movimientos circulares, su interior apretado, caliente, chorreando lubricante natural. Sentía cada vena de mi pija rozando sus paredes, pulsos sincronizados con su corazón. "¡Más duro, pinche semental!" exigía Lupe, clavando uñas en mis hombros, dejando medias lunas rojas.

El ritmo subió, camas crujiendo como barco en tormenta. Olores mezclados: sudor masculino, jugos femeninos, perfume evaporado. Sonidos de carne chocando, palmadas húmedas, gemidos en español mexicano puro: "¡Córrele, wey! ¡Me vengo!" Mari explotó primero, su coño contrayéndose como puño, ordeñándome la leche. Lupe la siguió, squirteando en mi boca un chorro tibio y salado que tragué ansioso.

Yo aguanté lo que pude, pero con ellas dos rebotando, tetas bamboleando, pezones duros rozando mi piel, no pude más. "¡Me vengo, chavas!" rugí, eyaculando chorros calientes dentro de Mari, desbordando por sus muslos. Colapsamos en un enredo de cuerpos jadeantes, pieles pegajosas, risas ahogadas.

Después, en el afterglow, nos quedamos tirados bajo el ventilador zumbando. Lupe trazaba círculos en mi pecho con uña pintada de rojo. "Qué buena noche, ¿verdad, carnal?" dijo Mari, besándome el cuello. El cuarto olía a sexo consumado, semen secándose, pieles calmadas. Afuera, olas rompiendo suaves, como aplauso lejano.

Neta, probando con chavas así de XXX no se compara con nada. Estas morras me dieron más que un polvo; me dieron vida, deseo puro mexicano.

Nos duchamos juntos al amanecer, agua caliente lavando restos, manos explorando de nuevo pero suaves. Prometimos repetir, números cambiados, besos de despedida con sabor a promesas. Salí a la playa con el sol picando, piernas flojas, sonrisa pendeja, sabiendo que esa noche había sido el intento perfecto, el clímax de unas vacaciones que apenas empezaban.

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