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Ven Prueba un Poco Nada es para Siempre

7571 palabras

Ven Prueba un Poco Nada es para Siempre

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que quemaba los pies descalzos. Ana se recostó en su tumbona, el bikini rojo ceñido a su piel morena, sintiendo la brisa salada acariciar sus muslos. Llevaba tres días de vacaciones sola, escapando del ajetreo de la Ciudad de México, y esa tarde el calor le había despertado un hormigueo inquieto entre las piernas. Tomó un trago de su michelada, el limón fresco explotando en su lengua, mientras observaba a los turistas retozando en las olas.

Entonces lo vio. Alto, con el torso bronceado reluciente de sudor y aceite, nadando con brazadas potentes que cortaban el mar turquesa. Salió del agua como un dios azteca moderno, el bañador negro pegado a sus caderas definidas, dejando entrever el bulto generoso que la hizo morderse el labio inferior. Se sacudió el cabello negro rizado, gotas salpicando a su alrededor, y sus ojos cafés se clavaron en ella con una sonrisa pícara. Órale, qué chulo, pensó Ana, el pulso acelerándosele en las sienes.

Se acercó con paso confiado, una cerveza en la mano, y se plantó frente a ella.

¿Qué onda, morra? ¿Vienes a quemarte sola o me dejas acompañarte?

Ana soltó una risa ronca, el sonido del mar mezclándose con el de las gaviotas. Olía a sal y a coco de su protector solar, pero ahora un aroma masculino, a mar y testosterona, invadía su espacio.

Si no eres pendejo y traes chela fría, ven prueba un poco, le contestó ella, guiñando un ojo. Él se rio, sentándose a su lado en la arena caliente.

Se llamaba Marco, un vallartense de pura cepa que trabajaba en un bar de la zona hotelera. Charlaron de todo: del pinche tráfico de la CDMX que ella odiaba, de las mejores tacos de mariscos del malecón, de cómo el mar siempre ponía cachondo a cualquiera. Cada vez que él se inclinaba, su aliento cálido rozaba su cuello, y Ana sentía un cosquilleo subirle por la espina dorsal. La tensión crecía lenta, como la marea subiendo, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rosas y naranjas.

Nada es para siempre, güey, murmuró él de repente, su mano rozando casualmente su rodilla. —Ven prueba un poco, que la noche es pa' gozarla.

Ana lo miró, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. Esas palabras la encendieron como un fósforo. Se levantó, tirando de su mano.

Vámonos al bar, a ver si aguantas mi ritmo.

La noche cayó sobre la playa como un manto estrellado, el aire cargado del humo de las fogatas y el ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba desde los chiringuitos. Bailaron pegados, sus cuerpos sudados frotándose al compás. Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo el vestido ligero que se había puesto. Ana jadeaba contra su pecho, oliendo su piel salada, el sabor de sus labios cuando se besaron por primera vez: tequila y menta, áspero y dulce.

Qué rico se siente esto, pensó ella, mientras sus dedos se colaban por la cintura de su short, rozando la erección dura que palpitaba contra su vientre. Él gruñó bajito, mordisqueándole el lóbulo de la oreja.

Estás mojada, ¿verdad, nena? —susurró, su voz ronca ahogada por la música.

Ana asintió, el calor entre sus piernas convirtiéndose en un río ardiente. Lo arrastró hacia su hotel, el pasillo iluminado por luces tenues, sus pasos apresurados resonando en el mármol fresco. Apenas cerraron la puerta de la habitación, se devoraron. Él la empujó contra la pared, sus bocas chocando con hambre, lenguas enredándose en un baile salvaje. Ana metió las manos bajo su camisa, arañando su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo sus uñas.

Marco la levantó en brazos, sus piernas envolviéndolo por la cintura, y la llevó a la cama king size con vista al mar. La tiró sobre las sábanas blancas, el colchón hundiéndose bajo su peso. Se quitó la camisa de un tirón, revelando un pecho velludo y pectorales que pedían ser lamidos. Ana se incorporó, besando su abdomen, bajando hasta desabrocharle el short. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que ella lamió con deleite. Sabía a sal y hombre, un sabor que la hizo gemir.

—Mmm, qué rica verga tienes, cabrón, murmuró ella, chupándola profunda, la garganta acomodándose a su tamaño mientras él enredaba los dedos en su pelo.

Marco jadeaba, el sonido gutural mezclándose con el romper de las olas lejanas. La volteó boca abajo, subiéndole el vestido hasta la cintura, y separó sus nalgas. Su lengua se hundió en su panocha empapada, lamiendo el clítoris hinchado con maestría. Ana gritó, arqueando la espalda, el placer como electricidad recorriéndole las venas. Olía a su propia excitación, almizclada y dulce, mientras él succionaba y metía dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G.

¡No pares, pendejo! ¡Así! —suplicó ella, las caderas moviéndose solas contra su boca.

La tensión subía como una ola gigante, su cuerpo temblando, los músculos contraídos. Él se incorporó, frotando la punta de su verga contra sus labios vaginales, untándola de sus jugos. Ana lo miró por encima del hombro, ojos nublados de lujuria.

Cógeme ya, Marco. Quiero sentirte todo.

Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ella sintió cada vena, cada pulso, llenándola hasta el fondo. Gruñeron juntos, el sonido animalesco reverberando en la habitación. Empezó a bombear, lento y profundo, sus pelotas chocando contra su clítoris con cada embestida. Ana se aferraba a las sábanas, el sudor pegándoles la piel, el aroma de sexo impregnando el aire.

Él la volteó a cuatro patas, agarrándole las caderas con fuerza, clavándose más duro. ¡Qué chingón! pensó ella, las tetas balanceándose, pezones duros rozando la tela áspera. Marco metió una mano entre sus piernas, pellizcando su clítoris, y ella explotó. El orgasmo la sacudió como un terremoto, paredes vaginales apretándolo en espasmos, gritando su nombre mientras lágrimas de placer rodaban por sus mejillas.

¡Sí, morra, apriétame! —rugió él, acelerando, sus embestidas salvajes.

Se corrió segundos después, llenándola de semen caliente que chorreaba por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. El mar susurraba afuera, una brisa fresca colándose por la ventana entreabierta.

Marco la besó suave en la frente, su mano acariciando su vientre plano.

Ven prueba un poco, nada es para siempre, repitió él con voz somnolienta, y Ana sonrió en la oscuridad.

Se quedó dormida pensando en eso. Al amanecer, él se fue con un beso y una promesa de tacos en el malecón, pero Ana no sintió vacío. Ese momento había sido eterno en su intensidad, un fuego que nada apagaría. Se duchó, el agua caliente lavando los restos de la noche, pero el recuerdo ardía en su piel. La vida es pa' probarla así, sin ataduras, reflexionó, vistiéndose con una sonrisa satisfecha. Puerto Vallarta le había dado más que sol y playa; le había recordado que el placer, fugaz como la ola, era lo que valía la pena.

Caminó de regreso a la arena, el sol naciente besando su rostro, lista para lo que viniera. Nada es para siempre, pero ven prueba un poco, y el mundo sabe diferente.

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