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Intentando Alcanzarte

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Intentando Alcanzarte

La noche en la Condesa bullía con ese calor pegajoso de julio, el tipo de humedad que se te pega a la piel como una promesa sin cumplir. Ana caminaba por las calles empedradas, el vestido negro ceñido rozándole los muslos con cada paso, el aroma de tacos al pastor flotando en el aire mezclado con el perfume dulce de las bugambilias. Llevaba horas intentando alcanzarte, Diego, mandándote mensajes que se perdían en el vacío de tu teléfono. "¿Dónde andas, wey? Neta que me tienes harta", tecleaba una y otra vez, pero nada. Tu silencio era como un juego cruel, avivando ese fuego que ya ardía en su vientre desde la última vez que tus manos la habían recorrido.

Se detuvo frente al bar de la esquina, el que siempre frecuentaban, con las luces neón parpadeando en rojo y azul. El sonido de la cumbia rebajada se filtraba por la puerta entreabierta, vibrando en su pecho. Ahí estabas tú, sentado en la barra, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el tatuaje en tu pecho, el que ella había trazado con la lengua noches atrás. Cuando sus ojos se encontraron, el mundo se achicó.

Por fin, cabrón, pensé. Voy a hacer que pagues cada minuto de esta espera con tu cuerpo pegado al mío.
Ana se acercó, el taconeo de sus zapatos resonando como un desafío.

—¿Qué pedo, Diego? Llevo toda la tarde intentando alcanzarte. ¿Estás jugando conmigo o qué? —dijo ella, su voz ronca, con ese acento chilango que se volvía puro miel cuando estaba encabronada de deseo.

Tú sonreíste, esa sonrisa pícara que la desarmaba. —Órale, mami, estaba en una junta. Pero mírate, estás pa'l desmadre. Ven, siéntate. —Tu mano rozó la suya al pasarle la cerveza helada, y el contacto fue eléctrico, como un chispazo que le erizó la piel de los brazos. El sabor amargo de la cerveza bajó por su garganta, refrescante contra el calor que subía desde su entrepierna.

Hablaron de pendejadas al principio: el tráfico infernal de Insurgentes, la nueva rola de Peso Pluma que no paraba de sonar en todos lados. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Sus rodillas se rozaban bajo la barra, y cada roce era una invitación. Ana sentía tu mirada bajando por su escote, deteniéndose en el nacimiento de sus senos, y el pulso se le aceleró. Quiere comerme viva, pensó, y el calor entre sus piernas se mojó, un aroma sutil de su excitación mezclándose con el humo de los cigarros y el limón de las micheladas.

La conversación viró cuando tu mano subió por su muslo, disimulada por la penumbra del bar. —Sabes que te extraño, ¿verdad? Cada noche pienso en cómo te pones cuando te toco aquí —murmuraste, tus dedos trazando círculos lentos sobre la tela del vestido. Ana contuvo un gemido, mordiéndose el labio. El tacto era ardiente, posesivo, y su cuerpo respondió al instante, los pezones endureciéndose contra el encaje del brasier.

—Pendejo, me tienes loca. Vamos de aquí antes de que me ponga a gritar en medio del bar —dijo ella, levantándose con las piernas temblorosas. Salieron a la calle, el aire nocturno fresco lamiendo su piel sudada. Caminaron rápido hacia tu depa, a unas cuadras, el sonido de sus respiraciones agitadas compitiendo con el claxon de los coches. En el elevador, ya no hubo contención: tus labios se estrellaron contra los de ella, la lengua invadiendo su boca con sabor a cerveza y menta. Ana te empujó contra la pared, sus uñas clavándose en tu espalda, oliendo tu colonia mezclada con el sudor masculino que la volvía loca.

La puerta del departamento se abrió de golpe, y cayeron dentro como fieras. La sala estaba a media luz, el ventilador zumbando perezosamente, moviendo el aire cargado de anticipación. Ana te quitó la camisa con urgencia, sus manos explorando el calor de tu pecho, los músculos tensos bajo sus palmas.

Al fin te tengo, Diego. Voy a hacer que sientas cada segundo de mi hambre.
Tú la alzaste en brazos, llevándola al sillón, donde la acostaste con gentileza brutal. El vestido subió por sus caderas, revelando las bragas de encaje negro empapadas.

—Estás chorreando, chula —dijiste, tu voz grave como un ronroneo. Tus dedos se colaron bajo la tela, rozando su clítoris hinchado, y Ana arqueó la espalda, un jadeo escapando de sus labios. El placer era agudo, como un rayo, el sonido húmedo de sus jugos bajo tus caricias llenando la habitación. Ella te jaló del cinturón, liberando tu verga dura, palpitante, el glande brillando con precum. La tomó en su mano, sintiendo el grosor, las venas marcadas, y la acercó a su boca. El sabor salado explotó en su lengua mientras te chupaba despacio, mirándote a los ojos, el gemido que soltaste vibrando en su garganta.

La tensión escalaba, sus cuerpos enredados en un baile de toques y susurros. La llevaste al cuarto, la cama king size esperando con sábanas frescas de algodón egipcio. La desvestiste por completo, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello perfumado con vainilla, los senos firmes con pezones rosados que succionaste hasta hacerla retorcerse, el ombligo, bajando hasta su monte de Venus depilado. Ana olía a deseo puro, almizclado y dulce, y tú te perdiste entre sus muslos, tu lengua lamiendo su panocha con hambre. Ella gritó tu nombre, las caderas moviéndose contra tu cara, el sabor ácido de su excitación inundándote. No pares, wey, estoy tan cerca, pensó, las uñas enredadas en tu pelo.

Pero querías más, querías que explotáramos juntos. La volteaste boca abajo, el colchón hundiéndose bajo su peso, y entraste en ella de una embestida lenta, profunda. El estiramiento la llenó por completo, tu verga rozando ese punto dentro que la hacía ver estrellas. El slap de piel contra piel resonó, rítmico, mezclado con sus gemidos y tus gruñidos. —¡Chíngame más duro, Diego! ¡Inténtalo! —suplicó ella, empujando hacia atrás. Sudor goteaba por vuestras espaldas, el olor a sexo impregnando el aire, el calor de vuestros cuerpos fundiéndose.

La volteaste de nuevo, cara a cara, para mirarla mientras la penetrabas. Sus ojos, oscuros y brillantes, clavados en los tuyos.

Te estoy alcanzando al fin, mi amor. Siente cómo te aprieto, cómo te milkéo con mi coño
. El ritmo se aceleró, frenético, sus piernas alrededor de tu cintura, uñas marcando tu culo. El orgasmo la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, gritando, su panocha contrayéndose alrededor de ti en oleadas. Tú la seguiste segundos después, vaciándote dentro con un rugido gutural, el semen caliente llenándola, el pulso de tu corrida sincronizado con el suyo.

Cayeron exhaustos, enredados en las sábanas húmedas, el ventilador secando el sudor de sus pieles. Ana apoyó la cabeza en tu pecho, escuchando el latido acelerado de tu corazón calmándose poco a poco. El aroma residual de vuestros fluidos flotaba, íntimo y satisfactorio. —Neta que valió la pena la espera —murmuró ella, trazando círculos en tu piel con la yema del dedo.

—Siempre voy a estar aquí para ti, mami. Solo avísame —respondiste, besándole la frente.

En ese afterglow, con la ciudad zumbando afuera, Ana sonrió. Ya no había intentos fallidos; te había alcanzado, en cuerpo y alma, y el mundo se sentía completo.

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