Lars Von Trier Persona Non Grata En Mi Piel Ardiente
Estaba en esa galería chida de la Roma, con luces tenues que bailaban sobre las paredes blancas como si fueran caricias invisibles. El aire olía a incienso y a café recién molido, mezclado con el perfume dulzón de las morras que posaban frente a las fotos artísticas. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa prohibida, sorbía un mezcal mientras mis ojos se clavaban en él. Diego. El wey que todos murmuraban como si fuera el diablo en persona. Lars von Trier persona non grata, lo llamaban en el mundillo del cine independiente mexicano. Sus películas eran puro fuego: escenas crudas de deseo y dolor que te dejaban con el corazón latiendo a mil y la piel erizada. Lo habían echado de festivales por ser demasiado honesto, demasiado von Trier, decían. Pero yo lo veía diferente. En sus ojos oscuros, había un hambre que me hacía mojarme sin que me tocara.
Se acercó con esa sonrisa torcida, como si supiera todos mis secretos. —Órale, morra, ¿vienes a ver el escándalo o a mí? Su voz era grave, ronca, como el trueno antes de la lluvia. Olía a tabaco y a algo salvaje, terroso. Me recorrió con la mirada, deteniéndose en mis chichis que asomaban juguetones por el escote. Sentí un cosquilleo en el estómago, un calor que subía desde mis muslos.
¿Qué chingados estoy haciendo? Este pendejo es persona non grata en todas partes, pero neta que me prende como nadie. Quiero que me rompa, que me haga suya como en esas pelis suyas.
—Vente conmigo —me dijo, su aliento cálido en mi oreja—. Tengo un screening privado en mi depa. Solo para ti.
Acto uno: la tentación. Caminamos por las calles empedradas de la colonia, el viento nocturno jugaba con mi pelo y mi falda, rozándome las piernas como dedos impacientes. Su mano rozó la mía accidentalmente —o no— y fue como electricidad. Hablamos de cine. De Antichrist, de cómo el sexo en pantalla era poesía sucia. Él confesó que sus cortos eran inspirados en von Trier, pero con un toque mexicano: chingaderas reales, cuerpos sudados bajo el sol de DF.
Llegamos a su loft en una casa vieja pero chula, con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Puso una peli suya en la tele grande: una mujer gimiendo en close-up, piel brillante de sudor, el sonido de carne contra carne retumbando como tambores. Nos sentamos en el sofá de cuero negro, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Mi corazón latía fuerte, tan tan tan, y entre mis piernas ya había un pulso húmedo.
—Eres como mi musa —murmuró, su mano en mi rodilla, subiendo despacio—. La persona non grata que todos rechazan, pero que yo quiero devorar.
Me volteó a ver, sus ojos negros como pozos sin fondo. Lo besé primero, mis labios suaves contra los suyos ásperos, barba raspándome la piel. Sabía a mezcal y a deseo puro. Sus manos me apretaron la cintura, fuertes pero tiernas, y gemí bajito en su boca.
Acto dos: la escalada. Nos quitamos la ropa como si quemara. Su camisa voló, revelando un pecho moreno, músculos duros de tanto cargar cámaras en locaciones remotas. Yo me desabroché el vestido, dejándolo caer en un charco negro a mis pies. Quedé en tanga roja y bra, mis pezones duros como piedritas contra la tela. Él gruñó, un sonido animal que me erizó la piel.
—Qué chingona estás, Ana —dijo, lamiéndose los labios—. Ven, siéntate en mi cara.
¡Madre santa! Este wey sabe lo que quiero sin que se lo diga. Mi concha palpita, lista para él. No hay vuelta atrás.
Me recostó en el sofá, sus manos abriéndose paso por mis muslos, el olor de mi excitación llenando el aire, almizclado y dulce. Bajó mi tanga con los dientes, rozándome el monte de Venus con la nariz. Sentí su lengua primero, un lametón largo desde el clítoris hasta el ano, y arqueé la espalda gritando. ¡Ay, cabrón! Lamía como un experto, chupando mis labios hinchados, metiendo la lengua adentro mientras sus dedos me abrían. El sonido era obsceno: slurp slurp, mis jugos chorreando por su barbilla. Olía a sexo puro, a panocha mojada y a su sudor salado.
Lo jalé del pelo, lo subí para besarlo y probarme en su boca. Salada, dulce, mía. Su verga saltó libre cuando le bajé el pantalón: gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la masturbé despacio, sintiendo cómo palpitaba. Él jadeaba en mi cuello, mordisqueándome la piel, dejando marcas rojas que dolían rico.
—Fóllame ya, Diego —supliqué, mi voz ronca—. Como en tus pelis, sin piedad pero con amor.
Me puso a cuatro patas en el suelo, alfombra persa suave contra mis rodillas. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ¡Qué verga tan culera de rica! Gemí fuerte, el placer doliendo un poquito al principio, luego puro éxtasis. Sus caderas chocaban contra mi culo, plaf plaf plaf, piel sudada pegándose y despegándose. El olor de nuestros cuerpos mezclados: sudor, sexo, perfume viejo. Me jalaba el pelo, no fuerte, sino lo justo para arquearme más, para que su verga rozara ese punto adentro que me volvía loca.
Es él, el Lars von Trier persona non grata, pero en mi cuerpo se siente como un dios. Cada embestida es una escena perfecta, mi clítoris hinchado rozando sus bolas.
Cambié de posición: lo monté como amazona, mis chichis rebotando frente a su cara. Él las chupó, mordió los pezones hasta que dolió placer, mientras yo cabalgaba fuerte, mi concha apretándolo como puño. Sudábamos ríos, el aire pesado con nuestros gemidos. —Más rápido, morra, ¡chinga esa verga! —gruñó. Aceleré, el orgasmo construyéndose como tormenta, mis muslos temblando, uñas clavadas en su pecho.
Acto tres: la liberación. Lo sentí hincharse dentro, sus bolas apretadas contra mí. —Me vengo, Ana, ¡me vengo! —rugió. Yo exploté primero, un grito gutural saliendo de mi garganta, mi concha convulsionando, chorros calientes mojando sus huevos. Él se corrió segundos después, chorros espesos llenándome, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, corazones latiendo al unísono.
Nos quedamos así, enredados, el silencio roto solo por nuestras respiraciones jadeantes. El aire olía a semen y a mujer satisfecha, piel pegajosa enfriándose. Me besó la frente, suave, tierno.
—Eres mi musa ahora —susurró—. La que hace que valga la pena ser persona non grata.
Neta que sí. En sus brazos, el mundo afuera no importa. Solo este calor, este olor nuestro, esta paz después del fuego.
Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón deslizándose por curvas y músculos. Sus manos me lavaron con cuidado, dedos explorando de nuevo pero sin prisa. Salimos envueltos en toallas, pedimos tacos de la esquina —al pastor con todo—, riéndonos de tonterías. La noche se cerró con él durmiendo a mi lado, su respiración profunda como ola. Yo, mirando el techo, sentía un glow en todo el cuerpo: satisfecho, empoderado. Mañana quizás el mundo lo rechace de nuevo, pero esta noche, en mi piel, Lars von Trier fue rey. Y yo, su reina consentida.