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Bedoyecta Tri Para Parálisis Facial El Despertar del Placer

5807 palabras

Bedoyecta Tri Para Parálisis Facial El Despertar del Placer

Hacía semanas que mi cara se sentía como un trapo viejo colgando de un lado. Esa maldita parálisis facial me había caído de la nada, después de un virus cabrón que me dejó la mitad de la boca torcida y el ojo medio cerrado. No podía sonreír como antes, ni besar sin que pareciera que estaba comiendo un taco chueco. Neta, me sentía hecho mierda, sobre todo porque las morras ya no me pelaban ni tantito. Mi confianza estaba por los suelos, wey.

Decidí ir a una clínica chida en Polanco, de esas que no parecen hospital sino spa de ricos. Ahí conocí a la doctora Valeria. Órale, qué pieza. Pelo negro largo como cascada, ojos cafés que te miraban hasta el alma, y un cuerpo que gritaba ven y descubre. Traía bata blanca ajustada, marcando curvas que me pusieron a sudar nomás de verla. Me revisó con manos suaves, oliendo a vainilla y algo floral que me revolvió las tripas.

¿Por qué carajos mi cara se siente muerta pero mi verga despierta con esta chava?

"Tienes parálisis de Bell, pero se va a arreglar rapidito", me dijo con voz ronca, como si estuviera susurrando un secreto sucio. "Te voy a poner Bedoyecta Tri para parálisis facial. Es un cóctel de vitaminas B que regenera los nervios. Duele un poquito, pero te vas a sentir como nuevo". Me recostó en la camilla, desinfectó mi nalga con alcohol frío que me erizó la piel. Sentí su aliento cerca cuando se acercó, y el pinchazo fue rápido, pero su mano masajeando después... ay, wey, fue como fuego lento.

Salí de ahí con el trasero adolorido pero el corazón latiendo fuerte. Al día siguiente, el lado de mi cara empezó a moverse. Podía guiñar el ojo sin esfuerzo. ¡La Bedoyecta Tri para parálisis facial era la neta! Me miré al espejo y sonreí de verdad por primera vez en meses. La energía me rebosaba, como si me hubieran inyectado pura testosterona.

Le mandé un mensaje de gracias a la doctora. "Ya estoy sonriendo, doc. Gracias por la magia". Respondió al toque: "Qué bueno, guapo. Ven a revisión en unos días pa' checar". ¿Guapo? ¿Yo? Fui, claro. Esta vez no era solo médico. Nos quedamos platicando después de cerrar la consulta. Ella se quitó la bata, quedando en blusa escotada y falda que subía peligrosamente. Olía a su perfume mezclado con el aroma de su piel caliente.

"Sabes, la Bedoyecta Tri para parálisis facial no solo arregla nervios", dijo riendo, tocándome la mejilla. "También despierta otras cosas". Su dedo trazó mi mandíbula, y sentí un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna. Nos miramos fijo, el aire cargado de electricidad. Esto va a pasar, lo sé.

La invité a cenar en un restaurante de la Condesa, de esos con luces tenues y jazz suave. Pedimos tacos de arrachera y mezcal ahumado que quemaba la garganta como deseo. Hablamos de todo: de cómo el estrés me había jodido la cara, de sus turnos eternos en la clínica, de lo solos que nos sentíamos. Su risa era música, y cuando rozó mi mano, su piel tibia me prendió.

Su toque es como la inyección, pero mil veces mejor. Quiero saborearla entera.

Volvimos a su depa en la Roma, un lugar chulo con velas y sábanas de algodón egipcio. Apenas cerramos la puerta, nos besamos. Mis labios ya no fallaban; podía devorarla con hambre real. Sabía a mezcal y miel, su lengua danzando con la mía en un ritmo que aceleraba mi pulso. La cargué hasta la cama, sintiendo sus nalgas firmes contra mis palmas. Ella gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho.

Le quité la blusa despacio, revelando pechos perfectos, oscuros pezones duros como piedras preciosas. Los lamí, saboreando el salado de su sudor mezclado con loción de coco. "Sí, así, cabrón", murmuró, arqueando la espalda. Sus uñas arañaron mi espalda, enviando chispas por mi espina. Olía a sexo inminente, ese musk dulce que nubla la mente.

Me desabroché el pantalón, y mi verga saltó libre, palpitante y lista. Ella la tomó con mano experta, acariciando el tronco mientras lamía la punta, su lengua caliente y húmeda haciendo círculos que me hicieron gruñir. ¡Qué chingón se siente esto ahora que mi cara responde! La volteé, besando su cuello, bajando por la espina hasta su culo redondo. Le bajé el tanga, exponiendo su concha húmeda, brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.

La penetré lento al principio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndome. "Más fuerte, pendejo", jadeó, y obedecí, embistiéndola con ritmo creciente. El slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y mis resoplos. Sudábamos juntos, el olor a cuerpos en llamas impregnando el aire. Sus paredes internas me apretaban, ordeñándome hacia el borde.

Cambié posiciones, ella encima, cabalgándome como amazona salvaje. Sus tetas rebotaban, y las chupé mientras ella giraba las caderas, frotando su clítoris contra mí. Sentí sus temblores primero, su grito ahogado cuando se corrió, empapándome. Eso me llevó al límite; exploté dentro de ella, oleadas de placer cegador, mi semilla llenándola mientras rugía su nombre.

Nos quedamos jadeando, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. "La Bedoyecta Tri para parálisis facial te revivió completo", susurró, besando mi mandíbula ahora perfecta.

No solo mi cara, mi alma entera renació con ella.

Desde esa noche, todo cambió. Mi sonrisa atrae miradas, pero solo quiero la de Valeria. Seguimos viéndonos, explorando cuerpos y almas en noches eternas. La parálisis se fue, pero el fuego que encendió... ese arde para siempre.

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