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Tríos Caseros XX Noche de Fuego en Casa

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Tríos Caseros XX Noche de Fuego en Casa

Era una noche calurosa en el depa de Coyoacán, de esas que te pegan el cuerpo a la sábana y te hacen sudar sin mover un dedo. Yo, Ana, estaba recostada en la cama king size que compartía con Marco, mi carnal de tres años. Él, con su playera sin mangas que marcaba sus bíceps tatuados, jugaba con el celular mientras yo me abanicaba con una revista vieja. Neta, el calor nos tenía de malas, pero también con unas ganas locas de algo chido.

¿Y si buscamos algo pa' ponernos calientes?
le dije, acercándome a su pecho que olía a su colonia Creed Aventus mezclada con sudor fresco. Marco sonrió pillo, ese gesto que me derretía las piernas. Sacó el teléfono y abrió el navegador. Tríos caseros xx, tecleó, y en segundos la pantalla se llenó de videos caseros, de gente real cogiendo como animales en sus casas. El primero que pusimos era de una pareja como nosotros, con una morra extra que los volvía locos.

Los gemidos salían del parlante, bajos al principio, pero subiendo como el volumen de una fiesta. Yo sentía un cosquilleo en la panocha solo de ver cómo la chava se lamía los labios mientras el vato la penetraba y su amiga le chupaba las tetas. Marco se acercó más, su verga ya dura presionando contra mi muslo. Órale, murmuró, esto está cañón. El aire se cargó de electricidad, olía a nuestra excitación, ese aroma almizclado que me ponía la piel de gallina.

De repente, sonó el interfón. Era Sofía, nuestra vecina del depa de al lado, una culona de veintiocho que siempre andaba en shorts ajustados y tops que dejaban poco a la imaginación. ¿Paso un rato? Tengo chelas, gritó por el tubo. Marco y yo nos miramos, con esa chispa en los ojos. ¡Pasa, jefa! le contesté, el corazón latiéndome como tambor.

Sofía entró con una six de Indio y una sonrisa que prometía problemas. Llevaba un vestido suelto de algodón que se pegaba a sus curvas por el sudor, sus pezones marcados como invitación. Nos sentamos en el sofá de piel sintética, que crujía bajo nuestro peso. Pusimos música de Grupo Firme bajito, pa' ambientar, y abrimos las chelas. El frío del vidrio contra mi palma me erizó la piel, contrastando con el bochorno.

Empezamos platicando pendejadas, pero el tema del calor nos llevó a lo que mirábamos en el cel. ¿Han visto esos tríos caseros xx? soltó Sofía de la nada, con las mejillas sonrojadas. Marco casi escupe la chela. ¡Neta! Justo los estábamos checando, confesé, sintiendo un rush de adrenalina. Ella se rio, juguetona. Yo los busco seguido, me prenden cañón. El ambiente se espesó, como miel caliente. Podía oler su perfume floral mezclado con el mío, y el de Marco, todo revuelto en un cóctel de deseo.

Marco, siempre el valiente, sacó el teléfono y reprodujo el video otra vez. Nos acercamos los tres, hombros tocándose. En la pantalla, la morra gemía ¡sí, así, cabrón! mientras la otra le metía los dedos. Yo sentía mi clítoris palpitando, la humedad empapándome las panties. Sofía suspiró, cruzando las piernas. Qué chido se ve, dijo, su mano rozando accidentalmente mi rodilla. No fue accidental. Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en los oídos como bajo en un antro.

¿Y si lo intentamos? propuso Marco, su voz ronca, ojos brillando. Yo tragué saliva, el deseo luchando con un pellizco de nervios.

¿En serio? ¿Aquí, ahora?
pensé, pero mi cuerpo ya decía sí. Sofía me miró, mordiéndose el labio inferior, carnoso y húmedo. Si Ana quiere... Sus palabras me encendieron. Asentí, ¡Vamos, neta!

El beso empezó suave, entre Marco y yo, para romper el hielo. Sus labios salados por la chela, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Sofía nos observaba, respirando agitada, sus tetotas subiendo y bajando. Luego, me giré hacia ella. Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, como probar un mango maduro. Sabía a chela y a menta, su lengua danzando con la mía, enviando chispas por mi espina.

Las manos entraron en juego. Marco nos acariciaba las espaldas, bajando a las nalgas. Yo desabroché el vestido de Sofía, revelando sus pechos perfectos, morenos, con pezones oscuros endurecidos. Los lamí, sintiendo su textura aterciopelada contra mi lengua, su sabor salado. Ella gimió, ¡Ay, pinche rica!, arqueando la espalda. Marco se quitó la playera, su pecho velludo brillando de sudor. Yo le bajé el short, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, caliente como hierro forjado, el olor almizclado subiéndome por la nariz.

Nos movimos al piso, sobre la alfombra mullida que olía a limpio. Sofía se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos. Su aliento caliente me hacía temblar. Marco se posicionó detrás de ella, frotando su verga contra su culo redondo. Yo la miré a los ojos, verdes como aguacate, llenos de lujuria. Cógeme, amor, le pedí a Marco, mientras Sofía separaba mis labios con los dedos, exponiendo mi panocha chorreante.

Su lengua tocó mi clítoris, un rayo de placer que me hizo gritar. ¡No mames, qué buena chupas! Lamió despacio, círculos perfectos, saboreando mis jugos. Podía oír el slap slap de Marco penetrándola, sus bolas golpeando su piel. El sonido era hipnótico, rítmico como cumbia. Yo metí los dedos en el pelo de Sofía, guiándola, mi cadera levantándose para más. El sudor nos unía, piel resbalosa, el aire cargado de gemidos y el olor penetrante del sexo.

Cambié de posición, montándome en la cara de Marco. Su barba raspándome las nalgas, su lengua hurgando mi ano mientras yo chupaba la verga de Sofía, no, espera, Sofía no tenía, pero lamí sus jugos de la verga de Marco, salados y dulces. Sofía se unió, nuestras lenguas duelando sobre su glande hinchado. ¡Qué rico, mamacitas! gruñó él, sus manos amasando nuestras tetas.

La tensión crecía, como volcán a punto de erupir. Me puse a cuatro, Marco embistiéndome por atrás, su verga llenándome hasta el fondo, golpeando mi cervix con cada thrust. Sofía debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi clítoris y sus bolas. El placer era abrumador, oleadas de calor subiendo por mi vientre.

¡Me vengo, cabrones!
grité, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, mi panocha contrayéndose alrededor de él, jugos salpicando.

Marco no aguantó más, sacándola para correrse en mi espalda, chorros calientes pintándome la piel. Sofía se frotó contra mi pierna, viniéndose con un aullido, su cuerpo temblando. Nos quedamos ahí, jadeantes, el piso pegajoso, el aire espeso de nuestro aroma compartido. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas, risas roncas.

Nos levantamos despacio, piernas flojas como gelatina. En la regadera, el agua tibia lavando el sudor y los fluidos, manos explorando aún, caricias tiernas. Esto fue épico, dijo Sofía, apoyada en mi hombro. Marco nos abrazó a las dos, Tríos caseros xx en vivo, qué chingón. Reímos, el vapor empañando el espejo.

De vuelta en la cama, envueltos en sábanas frescas que olían a suavizante de lavanda, reflexioné.

Esto nos unió más, nos abrió la mente
. No era solo sexo, era confianza, aventura compartida. Sofía se quedó a dormir, acurrucada entre nosotros. La noche terminó en paz, con el zumbido del ventilador y nuestros corazones latiendo al unísono, prometiendo más noches de fuego casero.

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