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Relato Trio con Mi Esposa

6814 palabras

Relato Trio con Mi Esposa

Todo empezó en una noche calurosa de verano en Cancún, con el sonido de las olas rompiendo a lo lejos y el olor salado del mar colándose por las ventanas abiertas de nuestra suite en el hotel. Mi esposa, Ana, y yo llevábamos cinco años casados, y aunque nuestra vida sexual era chida y apasionada, siempre andábamos buscando formas de picar la curiosidad. Ana es una morra preciosa, de esas que voltean cabezas: curvas perfectas, piel morena como el caramelo, ojos negros que te tragan entero y un culo que parece esculpido por los dioses. Yo, un pendejo afortunado de treinta y tantos, working en publicidad, siempre he sido el que propone locuras para mantener la flama viva.

Estábamos recostados en la cama king size, sudados después de una cogida intensa, con el ventilador zumbando sobre nosotros. Ana se acurrucó contra mi pecho, su aliento caliente rozando mi piel, y de repente soltó: "Órale, carnal, ¿y si probamos un trío?" Su voz era juguetona, pero neta que traía un brillo en los ojos que me puso la verga dura de nuevo. Hablamos de fantasías toda la noche: ella imaginando otra chava lamiéndole la panocha mientras yo la veía, yo fantaseando con verlas enredadas. Al final, decidimos que sí, pero con reglas claras: todo consensual, nada de celos, y puro placer mutuo. Ese relato trío con mi esposa que ahora les cuento, empezó así, con promesas susurradas y besos salados.

Al día siguiente, en la playa, el sol quemaba como diablo y el arena caliente se pegaba a nuestros pies descalzos. Ana traía un bikini rojo que apenas contenía sus chichis firmes, y yo no podía dejar de mirarla mientras untaba crema en su espalda suave, oliendo a coco y deseo. Ahí conocimos a Carla, una turista de Monterrey, alta, rubia teñida, con labios carnosos y un tatuaje de mariposa en la cadera que asomaba provocador. Estábamos en el bar de la playa, con margaritas heladas goteando condensación en nuestras manos, cuando se acercó a platicar. "¡Qué chido lugar, ¿no? ¿Vienen seguido?" dijo con esa acento regio picoso que me eriza la piel.

La plática fluyó natural, como el tequila bajando por la garganta. Ana y Carla conectaron al instante, riendo de chistes sucios y compartiendo miradas que decían más que palabras. Yo sentía el pulso acelerado, una mezcla de nervios y excitación en el estómago, oliendo el protector solar mezclado con el sudor fresco de ellas. Invitamos a Carla a nuestra suite para unas cheves frías y seguir la fiesta. Cuando entramos, el aire acondicionado nos golpeó como una caricia fría, y Ana puso música ranchera suave, de esa que te pone romántico pero cachondo.

¿Neta vamos a hacer esto? Mi corazón late como tambor, pero ver a Ana tan confiada, mordiéndose el labio, me convence. Quiero esto para ella, para nosotros.

Nos sentamos en el balcón, con vistas al mar turquesa, y las chelas se acabaron rápido. Carla se recargó en Ana, su mano rozando accidentalmente el muslo de mi esposa, y el aire se cargó de electricidad. Ana me miró, pidiendo permiso con los ojos, y yo asentí, la boca seca de anticipación. "Ven, mami", le dijo Ana a Carla, jalándola para un beso. Sus labios se unieron lentos al principio, suaves como pétalos húmedos, el sonido chuposo haciendo eco en mi cabeza. Yo me acerqué, besando el cuello de Ana, sintiendo su piel erizada, el sabor salado de sudor y crema.

La tensión subió como la marea. Las manos de Carla exploraban las tetas de Ana por encima del bikini, pellizcando pezoncitos duros que se marcaban como balas. Ana gemía bajito, "Ay, wey, qué rico", mientras yo bajaba la parte de abajo de su bikini, exponiendo su concha depilada, ya brillante de jugos. El olor almizclado de su arousal llenó el cuarto, mezclado con el perfume floral de Carla. Me arrodillé y lamí despacio, saboreando su salinidad dulce, mientras Carla besaba a Ana profundo, lenguas enredadas con saliva reluciente.

Entramos a la cama, cuerpos desnudos chocando con roce eléctrico. La piel de Carla era pálida contra la de Ana, contrastando como leche y chocolate. Yo besaba una, luego la otra, sintiendo tetas pesadas presionando mi pecho, pezones rozando como chispas. Ana tomó la iniciativa, empujando a Carla de espaldas y abriendo sus piernas musculosas. "Ahora te voy a comer viva, culera", dijo riendo, y hundió la cara en esa panocha rosada, lamiendo con hambre. Carla arqueó la espalda, gimiendo fuerte, "¡Sí, así, pinche rica!", sus uñas clavándose en las sábanas blancas.

Yo no aguanté más. Mi verga palpitaba dura como fierro, venosa y lista. Me puse detrás de Ana, que estaba a cuatro patas, culo en pompa oliendo a sexo puro. Escupí en mi mano, lubricando, y la penetré de un jalón suave, sintiendo sus paredes calientes apretándome como guante. El slap-slap de mi pelvis contra sus nalgas resonaba, mezclado con los chupetazos de Ana en Carla. Sudor corría por mi espalda, gotas cayendo en la de Ana, el cuarto lleno de jadeos y el crujir de la cama.

Cada embestida es fuego, viendo a mi esposa devorando otra chava. Esto es nuestro, puro vicio consensuado, y me hace quererla más.

Escalamos el ritmo. Carla se sentó en la cara de Ana, montándola como vaquera, frotando su clítoris hinchado contra la lengua experta de mi esposa. Yo cogía más fuerte, bolas golpeando, el olor de sexo intenso como niebla espesa. Ana vibraba entera, sus gemidos ahogados por la concha de Carla. "¡Me vengo, cabrones!" gritó Carla primero, convulsionando, jugos chorreando por la barbilla de Ana. Eso me prendió: aceleré, sintiendo el orgasmo subir como lava, explotando dentro de Ana con chorros calientes que la llenaron.

Ana no se quedó atrás. Se volteó, jalándome para que la besara mientras frotaba su clítoris rápido, viniéndose en olas, cuerpo temblando, "¡Ay, Dios, qué chingón!". Nos quedamos enredados, tres cuerpos sudorosos y jadeantes, el aire pesado con efluvios de semen, jugos y piel caliente. Carla nos abrazó, besos suaves post-orgasmo, y Ana me miró con ojos brillantes: "Te amo, pendejo. Esto fue perfecto".

Después, en la ducha compartida, agua caliente cascabeando sobre nosotros, nos enjabonamos mutuamente, risas y caricias tiernas lavando el sudor. Carla se despidió con un beso largo, prometiendo recuerdos, pero el lazo entre Ana y yo se fortaleció como nunca. Ahora, cada vez que oigo las olas o huelo coco, revivo ese relato trío con mi esposa, un capítulo ardiente que nos unió más. Neta, si andan casados y cachondos, pruébenlo con respeto: el placer es doble cuando el amor manda.

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