La Triada de Estenosis Aortica que Late Desnuda
Hacía semanas que mi pecho se sentía como si un puño invisible lo apretara. ¿Qué chingados pasa conmigo? me preguntaba cada mañana al despertar en mi depa de la Condesa, con el sol colándose por las cortinas y el olor a café recién molido del vecino flotando en el aire. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, siempre había sido la neta del crossfit y las fiestas en Polanco, pero de repente, el corazón me latía como tamborazo en una kermés. Angina, mareos que me hacían tambalear como si hubiera tomado un trago de más, y esa falta de aire que me ponía la piel de gallina. No mames, pensé, tengo que ir al doc.
El consultorio del doctor Alejandro estaba en una clínica chida de Reforma, todo vidrios relucientes y aroma a desinfectante mezclado con su colonia amaderada que ya desde la sala de espera me ponía los nervios de punta. Cuando me llamaron, entré temblando un poco, el suelo frío bajo mis sandalias y el aire acondicionado erizándome la piel. Él estaba ahí, alto, moreno, con esa bata blanca abierta dejando ver una playera ajustada que marcaba sus pectorales. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago que nada tenía que ver con mis síntomas.
Órale, wey, este carnal está bien bueno. ¿Será profesional o me va a coquetear?
"Siéntate, Ana. Cuéntame qué te trae por acá", dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar, mientras se sentaba frente a mí, tan cerca que podía oler su aliento a menta fresca. Le platiqué todo: el dolor en el pecho que me cortaba el aire, los desmayos leves al subir escaleras, la fatiga que me hacía sentir como pendeja. Él escuchaba atento, asintiendo, y de pronto me pidió que me recostara en la camilla para el estetoscopio. Su mano rozó mi hombro al ajustar la blusa, y ¡ay, nanita! un calorcillo subió por mi espinazo.
"Tienes la clásica triada de estenosis aortica: angina, síncope y insuficiencia cardíaca incipiente. La válvula aórtica se estrecha, no deja pasar bien la sangre. Necesitas estudios, pero no te apures, se controla", explicó mientras su aliento cálido me llegaba al cuello. Sus dedos fríos del estetoscopio tocaron mi piel, presionando justo donde dolía, pero en vez de dolor, sentí un pulso traicionero entre mis piernas. Esto no es normal, Ana, contrólate, me regañé, pero mis pezones se endurecieron bajo el brasier.
Salí de ahí con receta y una cita de seguimiento, pero sobre todo con la imagen de sus labios carnosos grabada en la mente. Esa noche, en mi cama con sábanas de algodón egipcio, me toqué pensando en él, el sonido de mi respiración agitada llenando la habitación, el sabor salado de mi sudor en los labios. La triada de estenosis aortica, repetía como mantra, pero en mi cabeza era él estrechando mi deseo.
La segunda cita fue un mes después, tras los ecos y pruebas. La clínica olía a jazmín del pasillo, y yo me había puesto un vestido ajustado rojo, sin calcetines, solo tacones que clicqueaban sexys. Alejandro me recibió con una sonrisa pícara. "¿Mejor?", preguntó, y yo negué con la cabeza, mordiéndome el labio. "Al contrario, doc. Ahora late más fuerte cuando te veo". Él rio bajito, un sonido ronco que me vibró en el cuerpo. Me auscultó de nuevo, esta vez sus manos se demoraron, rozando el borde de mis chichis. "Tu corazón galopa como potro salvaje", murmuró, y yo sentí su aliento en mi oreja.
¿Esto es consulta o foreplay? Neta, quiero que me revise más a fondo.
Hablamos de todo: de mi vida en la CDMX, las chelas con cuates en taquerías de la Roma, su pasión por el fútbol y las noches solitarias. "Ser cardiólogo es duro, siempre lidiando con corazones rotos... o estrechos", bromeó, guiñándome. La tensión crecía, el aire entre nosotros cargado de electricidad, como antes de tormenta. Al final, me recetó betabloqueadores, pero sus dedos se enredaron en los míos un segundo de más. "Cuídate, Ana. Y si sientes la triada fuerte, llámame de una".
No aguanté. Esa misma semana lo invité a un café en un lugar hipster de la Juárez, pretextando dudas médicas. El aroma a cappuccino y canela nos envolvió, sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa. Hablamos horas, riendo de pendejadas, sus ojos devorándome. "Eres preciosa, pero peligrosa para mi ética profesional", confesó, su voz husky. Yo me incliné, mi mano en su muslo. "¿Y si no es profesional? ¿Si es solo dos adultos queriendo lo mismo?". Él tragó saliva, su piel caliente bajo mi palma.
Terminamos en mi depa, la puerta cerrándose con un clic que sonó a liberación. Sus labios capturaron los míos en el pasillo, sabor a café y deseo puro, lenguas danzando húmedas y urgentes. Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas, sintiendo su verga dura contra mi panocha a través de la tela. "Qué rico, Alejandro", gemí mientras le quitaba la camisa, mis uñas arañando su pecho velludo, oliendo su sudor masculino mezclado con colonia.
Me llevó a la cama, despacio, besando cada centímetro de mi piel. Sus manos expertas desabrocharon mi brasier, chupando mis tetas con hambre, el sonido de succión húmeda volviéndome loca. "Tu triada de estenosis aortica me tiene obsesionado, Ana. Ese latido desbocado es por mí ahora", susurró contra mi ombligo, bajando más. Lamía mi clítoris como si fuera helado de cajeta, mi jugo chorreando en su boca, el sabor ácido dulce invadiéndolo. Yo arqueaba la espalda, el colchón hundiéndose bajo nosotros, mis gemidos rebotando en las paredes.
¡Sí, doc! Abre mi válvula, haz que fluya todo.
La intensidad subía, mis síntomas reales mezclándose con el placer: corazón acelerado como en angina, mareada de puro éxtasis, sin aire por sus embestidas cuando por fin me penetró. Su pito grueso me llenó, estirándome delicioso, el roce de venas contra mis paredes internas enviando chispas. "¡Qué chingón! Más duro, pendejo", le pedí, mis caderas chocando contra las suyas con palmadas sudorosas. Él gruñía, "Eres mi medicina, ricura", acelerando, el olor a sexo impregnando el cuarto, pieles resbalosas pegándose y despegándose.
El clímax llegó como avalancha: mi coño se contrajo alrededor de él, olas de placer rompiéndome, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante, el corazón latiéndonos al unísono. Besos suaves post-gozo, lenguas perezosas saboreando el after.
Despertamos enredados, el sol mañanero pintando nuestras pieles desnudas. "La triada de estenosis aortica fue lo mejor que me pasó", le dije riendo, trazando su mandíbula con el dedo. Él sonrió, "Y yo te voy a curar con amor, corazón". Ahora, entre citas médicas y folladas épicas, mi vida late fuerte, sin estrecheces, solo puro flujo sanguíneo... y pasional.