El Tri No Siempre Gana Pero Tu Cuerpo Sí Me Vence
El estadio virtual de la tele rugía con los gritos de los aficionados mientras yo, Diego, me hundía en el sillón de cuero de mi depa en la Roma. Era sábado por la noche, y el partido de El Tri contra los brasileños tenía el aire cargado de esa electricidad que solo el fut provoca en nosotros los mexicanos. La cerveza fría sudaba en mi mano, y el olor a limón y sal picaba en mi nariz. Karla, mi morra de ojos cafés y curvas que me volvían loco, acababa de llegar con una six de Coronas y su camiseta verde ajustada que marcaba sus chichis perfectas. Se dejó caer a mi lado, pegadita, su muslo moreno rozando el mío. Neta, qué chula se ve, pensé, mientras su perfume dulce, mezcla de vainilla y algo salvaje, me invadía.
"Órale, Diego, hoy El Tri la arma, ¿no?" dijo ella con esa voz ronca que me eriza la piel, recargando la cabeza en mi hombro. Su pelo negro caía como cascada sobre mi brazo, y yo no pude evitar olerlo, fresco como después de la lluvia. Asentí, pero mi mente ya divagaba. Durante el primer tiempo, cada vez que Chicharito fallaba un tiro, ella se apretaba más contra mí, sus dedos jugueteando en mi pierna. El calor de su cuerpo subía como fiebre, y yo sentía mi verga endureciéndose bajo los jeans.
Pinche partido, si no anota este cabrón, voy a tener que anotar yo de otra forma, me dije, conteniendo las ganas de voltearla y comérmela ahí mismo.
Al medio tiempo, Karla se levantó a servir las chelas, y joder, qué vista: su short de mezclilla ceñido al culazo redondo, moviéndose con ese vaivén que me hipnotiza. Volvió con las botellas heladas, y al agacharse, su escote me regaló una miradita de esos pezones oscuros que se marcaban contra la tela. Brindamos, chocando las botellas con un clink que sonó como promesa. "Si El Tri pierde, carnal, me debes un masaje", bromeó ella, guiñándome el ojo. Yo reí, pero mi pulso ya latía fuerte, imaginando mis manos en esa piel suave como mango maduro.
El segundo tiempo fue un desmadre. Gol de ellos, y el grito de frustración de Karla fue como un gemido ahogado. Se paró del sillón, caminando de un lado a otro, sus caderas balanceándose furiosas. "El Tri no siempre gana, wey, pero qué coraje", masculló, volteándose hacia mí con los ojos brillantes de enojo y algo más, un fuego que yo conocía bien. Me levanté, la jalé por la cintura, y la pegué a mi pecho. Su respiración agitada me calentaba el cuello, y el sabor salado de su sudor cuando la besé fue como tequila puro. Nuestros labios se chocaron primero suaves, probando, y luego con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y caliente.
La tensión del partido se transformó en otra cosa. Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo cada vértebra bajo la camiseta. Ella gimió bajito contra mi boca, "Diego, no mames, me estás poniendo caliente". La cargué como si no pesara nada, sus piernas envolviéndome la cintura mientras la llevaba al sillón. El TV seguía con los comentarios de los analistas, un fondo de voces roncas que se mezclaba con nuestros jadeos. Le quité la camiseta despacio, revelando sus chichis firmes, pezones duros como piedras preciosas. Los lamí, saboreando el salado de su piel, mientras ella arqueaba la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros. Su sabor es adictivo, como tamarindo con chile, pensé, chupando más fuerte hasta que soltó un "¡Ay, pendejo, sí!" que me puso la verga como fierro.
La recosté en el sillón, el cuero crujiendo bajo su peso. Desabroché su short, bajándolo con sus tanguitas de encaje negro, y ahí estaba su concha, ya húmeda, brillando bajo la luz tenue del foco. El olor almizclado de su arousal me golpeó, embriagador como incienso en catedral. Metí la cara entre sus muslos, inhalando profundo, y lamí despacio, desde el clítoris hinchado hasta su entrada jugosa. Karla se retorcía, sus caderas empujando contra mi lengua, "¡Órale, Diego, no pares, qué rico!". El sabor ácido y dulce de ella me volvía loco; succioné su botón, metiendo dos dedos que chapoteaban en su calor resbaloso. Sus gemidos subían de volumen, mezclándose con el pitido final del partido que anunciaba la derrota. Pero ¿quién chingados se acordaba de El Tri ahora?
Me quitó la playera y los jeans con urgencia, su mano envolviendo mi verga palpitante, masturbándome firme. "Estás bien duro, mi amor, ven a cogerme", susurró, guiándome. Me posicioné entre sus piernas abiertas, frotando la punta en su humedad, sintiendo ese calor que me succiona. Entré despacio, centímetro a centímetro, su concha apretándome como guante de terciopelo mojado.
¡Joder, qué prieta y caliente, esto es mejor que cualquier Mundial!Empujé hondo, y ella gritó de placer, sus paredes contrayéndose. Ritmo lento al principio, piel contra piel plaf plaf, sudor goteando, mezclando nuestros olores en una nube espesa de sexo puro.
La volteé a cuatro patas, mi vista clavada en ese culazo rebotando con cada embestida. Agarré sus caderas, clavándome más fuerte, el sonido húmedo de la fricción llenando la sala. Ella volteaba la cabeza, mordiéndose el labio, "¡Más duro, wey, rómpeme!". Aumenté el paso, mis bolas golpeando su clítoris, mientras mi mano bajaba a frotarlo. Su cuerpo temblaba, y yo sentía el orgasmo construyéndose, ese nudo en el estómago. "Me vengo, Diego, ¡sí!", chilló ella, convulsionando, su concha ordeñándome. No aguanté más; exploté dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal mientras el placer me nublaba la vista.
Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. La abracé por detrás, besando su nuca salada, el corazón latiéndonos a mil. El TV ya pasaba comerciales, pero nosotros en nuestro mundo. "El Tri no siempre gana, pero contigo, Karla, yo siempre triunfo", le dije al oído, riendo bajito. Ella se giró, sonriendo pícara, "Y yo contigo, pendejo, siempre me dejas temblando". Nos quedamos así, enredados, el afterglow envolviéndonos como cobija tibia. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en ese sillón, habíamos ganado nuestro propio campeonato, uno de piel, gemidos y conexión profunda que ningún silbato podía acabar.