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Prueba Un USD Tentador

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Prueba Un USD Tentador

El sol de Playa del Carmen se ponía como un incendio naranja sobre el mar Caribe, tiñendo todo de un brillo cálido y pegajoso. Estaba en el bar del resort, uno de esos lugares chidos con palapas de lujo y cocteles que te hacen sentir como reina. Vestía un vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas, el aire salado rozándome la piel morena, oliendo a coco y arena caliente. Me sentía poderosa, lista para la noche, cuando él apareció: alto, moreno con ojos verdes que gritaban aventura, camisa blanca entreabierta mostrando un pecho torneado.

Órale, este güey está bien bueno, pensé mientras sorbía mi margarita helada, el limón picándome la lengua.

Se acercó con una sonrisa pícara, ordenó un tequila reposado y me miró directo a los ojos. "Hola, mamacita. ¿Vienes mucho por acá?" Su voz era grave, con ese acento mixto de México y gringo que me erizaba la piel.

Le seguí el juego. "Primera vez en este paraíso. ¿Y tú, qué traes?"

Sacó del bolsillo un billete crujiente de cien dólares, un USD impecable, verde y tentador bajo las luces del bar. Lo agitó frente a mí como si fuera un premio. "¿Quieres try a USD? Prueba un USD de verdad, no como esos pesos chafas." Su risa era ronca, llena de promesas.

El corazón me latió más rápido.

¿Qué demonios? Suena juguetón, pero este pendejo sabe cómo intrigar.
El olor a tequila y su colonia amaderada me envolvieron, y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos marcaba el ritmo de mi pulso acelerado.

"¿Y cómo se prueba eso, guapo?" respondí, inclinándome para que viera el escote generoso.

Me guiñó el ojo. "Ven, te enseño." Pidió sal, limón y otro tequila. Mojó el borde del USD en el licor dorado, lo espolvoreó con sal y lo presionó contra mi muñeca. Su dedo rozó mi piel, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. "Lame."

Obedecí, mi lengua deslizándose por el billete áspero, saboreando la sal mezclado con el papel nuevo y un dejo de su esencia masculina. El tequila bajó ardiente por mi garganta después, y el limón fresco explotó en mi boca. Nuestras miradas se trabaron, el aire cargado de tensión sexual, como si ese simple juego hubiera encendido una chispa.

La noche avanzó con risas y más tragos. Hablamos de todo: de la playa al amanecer, de sueños locos, de cómo la vida en México te hace sentir viva. Se llamaba Alex, empresario de viajes que conocía cada rincón del Caribe. Yo, Ana, diseñadora gráfica harta de la rutina en la CDMX, buscando un escape ardiente.

Cuando el bar empezó a vaciarse, su mano se posó en mi muslo desnudo bajo la mesa, subiendo despacio, el calor de su palma filtrándose a través de la tela fina. "¿Vamos a mi suite? Tengo más trucos con este USD." Su aliento olía a tequila y deseo.

¡Sí, carajo! Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga sentir deseada sin complicaciones.

Acto seguido, sus labios capturaron los míos en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a sal y limón. Caminamos tambaleantes hasta el elevador, sus manos explorando mi espalda, el ding del ascensor como un latido compartido.

La suite era un sueño: cama king size con sábanas de hilo egipcio, balcón abierto al mar rugiente, velas parpadeando con aroma a vainilla y jazmín. Alex me empujó suavemente contra la puerta, su cuerpo duro presionando el mío. Sentí su erección contra mi vientre, gruesa y pulsante, y un gemido escapó de mis labios.

"Eres una diosa, Ana. Déjame adorarte." Me desvistió lento, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello perfumado, los hombros suaves, bajando a mis chichis firmes. Sus dientes rozaron mis pezones oscuros, endureciéndolos al instante, un placer punzante que me arqueó la espalda. Olía a sudor limpio y mar, su piel salada bajo mi lengua mientras le quitaba la camisa.

El USD reapareció en su mano. "Hora de probarlo en serio. Try a USD aquí." Lo deslizó por mi ombligo, frío y crujiente contra mi calor, bajando hasta mi panocha depilada y húmeda. Lo usó para trazar círculos alrededor de mi clítoris hinchado, el papel áspero rozando mis labios mayores, enviando ondas de placer que me hicieron mojar más. "¡Ay, cabrón! Eso se siente chingón."

Caímos en la cama, sábanas frescas envolviéndonos. Mis manos bajaron a su verga, dura como acero, venosa y palpitante. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, el precum salado en mi palma. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.

Quiero devorarlo, sentirlo todo dentro.

Me puse a cabalgata sobre su rostro, mi culo redondo en su cara. Su lengua invadió mi concha, lamiendo jugos dulces y espesos, chupando mi botón con maestría. Gemí fuerte, el sonido ahogado por las olas afuera, mis caderas moliendo contra su boca barbuda. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos para golpear mi punto G, el squelch húmedo llenando la habitación junto a mis gritos: "¡Más, pendejito! ¡No pares!"

La tensión crecía como una tormenta, mi cuerpo temblando, sudor perlando mi piel. Lo volteé, poniéndome en 69. Mi boca engulló su verga, saboreando la piel suave y el gusto almendrado, garganta profunda mientras él devoraba mi panocha. El olor almizclado de nuestros sexos se mezclaba con el jazmín, embriagador.

Pero quería más. "Cógeme ya, Alex. Métemela toda." Se posicionó, la punta roma presionando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, el choque de sus huevos contra mi culo.

Empezó a bombear, lento al principio, luego feroz, la cama crujiendo al ritmo de sus embestidas. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas, mientras él mordía mi hombro. "¡Eres tan apretada, ricura! Me vas a hacer venir." El slap-slap de piel contra piel, mis jugos chorreando por sus bolas, el olor a sexo puro impregnando el aire.

La intensidad subió, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

¡Ya viene, madre mía! Esto es puro fuego.
Grité su nombre, explotando en espasmos violentos, chorros calientes empapando las sábanas. Él se corrió segundos después, inundándome con jetas espesas y calientes, gruñendo como bestia.

Jadeantes, colapsamos en un enredo sudoroso, su verga aún latiendo dentro de mí, gotas de semen escapando. El mar susurraba paz afuera, el aire fresco del ventilador secando nuestro sudor salado. Me besó la frente, tierno ahora. "Eso fue épico, Ana. Gracias por probar ese USD."

Reí bajito, trazando su pecho con el billete arrugado. "Fue el mejor juego de mi vida, güey. Quién sabe, tal vez repetimos mañana."

Nos quedamos así, cuerpos entrelazados, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Sentí una conexión profunda, no solo carnal, sino de almas que se encontraron en la noche mexicana. El USD olvidado en la mesita brillaba bajo la luna, testigo de nuestra pasión liberadora. Mañana sería otro día, pero esta noche, todo era perfecto.

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