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Los Elementos de la Triada Epidemiologica del Placer

6395 palabras

Los Elementos de la Triada Epidemiologica del Placer

Estaba en la biblioteca de la UNAM, rodeada de libros polvorientos y el zumbido constante de los aires acondicionados que luchaban contra el calor de México City. Yo, Ana, estudiante de quinto año de medicina, repasaba mis notas sobre epidemiología. Los elementos de la triada epidemiologica: agente, huésped y ambiente. Simple, ¿verdad? Pero esa tarde, con Diego sentado frente a mí, todo se sentía como una infección imparable.

Diego era el wey más chido del grupo de estudio. Alto, con esa piel morena que brillaba bajo la luz fluorescente, ojos cafés profundos y una sonrisa que te hacía mojar de solo pensarlo. Llevábamos semanas coqueteando sutilmente, con miradas que se cruzaban más de la cuenta y roces "accidentales" al pasar las hojas. Neta, el ambiente de la biblioteca se cargaba de electricidad cada vez que él se acercaba.

¿Y si aplicamos esto a lo nuestro? —pensé mientras lo veía morderse el labio, concentrado en el diagrama—. El agente sería su mirada, el huésped mi cuerpo traicionero que responde al instante, y el ambiente... este pinche cuarto lleno de tensión sexual.

—Órale, Ana, explícame otra vez los elementos de la triada epidemiologica —dijo él, su voz ronca como un ronroneo, inclinándose sobre la mesa. Su colonia, una mezcla de madera y cítricos, me invadió las fosas nasales. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando directo a mi entrepierna.

—Agente, huésped, ambiente —susurré, mi mano rozando la suya al señalar el libro—. El agente causa la enfermedad, el huésped la recibe, y el ambiente facilita el encuentro.

Él sonrió, pícaro. —Suena a nosotros, ¿no? Tú eres el agente que me enferma de deseo.

Reí nerviosa, pero mi piel ardía. El deseo inicial estaba ahí, latiendo como un pulso acelerado. Terminamos el estudio, pero ninguno quería irse. —Vámonos a mi depa, propuso. —Ahí seguimos practicando sin interrupciones. Vivo cerca, en la Condesa, neta está chido.

Acepté, el corazón retumbándome en los oídos. Caminamos por las calles empedradas, el sol del atardecer tiñendo todo de naranja. Hablamos de todo y nada, pero el aire entre nosotros crujía de promesas.

Su departamento era un oasis moderno: paredes blancas, plantas colgantes y una cama king size visible desde la sala. Olía a café fresco y a él. Nos sentamos en el sofá con laptops abiertas, fingiendo estudiar. Pero sus rodillas se tocaban, y pronto su mano descansó en mi muslo.

—Diego... —murmuré, pero no me aparté. El calor de su palma se filtraba a través de mis jeans, enviando ondas de placer.

—Ana, desde la primera clase te quiero —confesó, su aliento cálido en mi cuello—. Eres el huésped perfecto para mi agente.

Me giré, nuestros labios chocando en un beso hambriento. Sabía a menta y a urgencia, su lengua explorando mi boca con maestría. Gemí suave, mis manos enredándose en su cabello negro y ondulado. El beso se profundizó, cuerpos pegándose. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, dura y prometedora.

Neta, esto es la triada perfecta, pensé mientras sus dedos desabotonaban mi blusa. Agente: su toque. Huésped: mi piel erizada. Ambiente: esta habitación que apesta a sexo inminente.

La intensidad subía gradual. Me quitó la blusa, besando mi clavícula, bajando a mis tetas envueltas en encaje negro. Lamidas lentas sobre mis pezones, que se pusieron duros como piedras. ¡Ay, wey! El placer era eléctrico, mi coño palpitando, mojado ya. Olía mi propia excitación, almizclada y dulce.

—Estás cañón, Ana —gruñó, desabrochándome el brasier. Sus manos amasaban mis senos, pellizcando suave. Yo no me quedaba atrás: bajé su chamarra, besé su pecho firme, saboreando el salado de su sudor. Desabroché sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mano, suave al principio, luego masturbándola firme. Él jadeó, caderas moviéndose.

Chúpamela, pidió, voz entrecortada. Me arrodillé, el suelo fresco contra mis rodillas. Lamí la punta, salada y adictiva, luego lo engullí centímetro a centímetro. Su gemido ronco llenó la habitación, manos en mi cabeza guiándome. Chupé con hambre, lengua girando, sintiendo cómo latía en mi boca. Él olía a hombre puro, a deseo crudo.

Pero quería más. Me levantó, me llevó a la cama. Desnudó mis jeans, besando mi vientre, muslos. —Qué panocha tan rica —dijo al ver mi tanga empapada. La quitó, y su lengua atacó mi clítoris. ¡Dios! Ondas de placer me recorrieron, piernas temblando. Lamía despacio, succionando, dedos entrando en mi humedad resbaladiza. Gemí alto, ¡Sí, cabrón, así! El sonido de mis jugos, chapoteo húmedo, era obsceno y delicioso.

La tensión psicológica explotaba: semanas de flirteo culminando aquí.

Esto no es solo cogida, es conexión —pensé entre jadeos—. Él me entiende, me hace sentir poderosa.
Me volteó, yo encima, montándolo. Su verga entró de golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Qué delicia! Cabalgué lento al inicio, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Sus manos en mis caderas, guiando. Sudor nos unía, piel resbalosa, olores mezclados: sexo, perfume, nosotros.

Aceleré, tetas rebotando, sus ojos clavados en mí. —Córrete para mí, Ana —ordenó suave. El orgasmo llegó como tsunami: cuerpo convulsionando, coño apretándolo, grito ahogado. Él gruñó, corriéndose dentro, caliente y abundante, pulsos interminables.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos. Besos suaves ahora, caricias perezosas. El ambiente post-sexo era perfecto: sábanas revueltas, pieles brillando, silencio roto solo por respiraciones.

—Eso fue los elementos de la triada epidemiologica del placer total —rió él, besando mi frente.

Yo sonreí, satisfecha. —Agente: tú. Huésped: yo. Ambiente: lo que sea, mientras estemos juntos.

Nos quedamos así, reflexionando en el afterglow. No era solo físico; era emocional, esa conexión que te deja flotando. México City bullía afuera, pero aquí, en su cama, todo era paz y promesas de más "estudios". Neta, la vida es chida cuando la epidemiología se pone caliente.

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