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El Tri Tip Carne que Enciende Pasiones

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El Tri Tip Carne que Enciende Pasiones

El sol de la tarde caía a plomo sobre el jardín trasero de la casa de Javier en las afueras de la Ciudad de México. Yo, Sofia, había llegado temprano a su parrillada, con una botella de mezcal en la mano y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Javier era ese tipo que te voltea la cabeza con solo una mirada: alto, moreno, con brazos fuertes de tanto trabajar en su taller de motos. Neta, wey, cada vez que lo veía, sentía un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.

Estaba frente al asador, volteando con maestría un pedazo de tri tip carne que había marinado toda la noche en chiles, ajo, limón y un toque de cerveza. El olor era una puta delicia: ahumado, picante, con ese jugo carnoso que se escapaba chisporroteando sobre las brasas. El sonido del aceite salpicando y la carne siseando me hacía salivar, pero no solo por hambre. Javier levantó la vista, sudando un poco bajo su camiseta ajustada, y me sonrió con esa dentadura perfecta.

Órale, mami, ¿ya llegaste? Justo a tiempo pa' probar esto, dijo limpiándose las manos en un trapo. Se acercó, oliendo a humo y hombre, y me plantó un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Su barba raspó mi piel suave, enviando una descarga eléctrica por mi espina.

Pinche Javier, con ese cuerpo y ese olor... Me lo quiero comer entero antes que la carne.

Me senté en una silla de plástico cerca del asador, cruzando las piernas para disimular lo que ya empezaba a humedecerse entre mis muslos. Él seguía trabajando, untando más salsa en el tri tip carne, que ahora brillaba bajo el sol como si estuviera untado en miel. Cada volteada era un espectáculo: sus músculos flexionándose, el sudor perlándole el cuello, goteando hasta perderse en el cuello de su playera. Yo mordía mi labio, imaginando mi lengua siguiendo ese camino.

¿Quieres que te sirva un cachito, Sofi? Está quedando chingón —preguntó, cortando un pedazo jugoso con el cuchillo. La carne sangraba un rojo intenso, y el vapor se elevaba con aroma a paraíso.

Asentí, y él me lo acercó en la punta del cuchillo, soplando para que no me quemara. Abrí la boca, y cuando mis labios rozaron la carne caliente, gemí bajito. Estaba tierna, jugosa, con ese sabor ahumado que explotaba en mi lengua, mezclado con el picor del chile. Mastiqué despacio, mirándolo fijo a los ojos, dejando que un hilito de jugo corriera por mi barbilla.

Él soltó una risa ronca. Te gusta, ¿verdad? Igual que otras carnes... Sus palabras fueron un disparo directo a mi centro. Me limpié con el dorso de la mano, sintiendo mis pezones endurecerse contra el brasier.

La tarde avanzó con más invitados llegando: amigos de Javier, chelas heladas circulando, risas y música de cumbia rebajada sonando desde un bocina. Pero yo solo lo veía a él, moviéndose como un rey entre el humo y las llamas. Cada vez que pasaba cerca, su mano rozaba mi cintura, o su aliento caliente me erizaba la nuca. Este wey me está calando hondo, pensé, mientras bebía un trago de mezcal que quemaba dulce por la garganta.

En un momento, los demás se distrajeron con un partido en la tele, y Javier me jaló hacia la cocina. Ven, ayúdame a preparar las tortillas, murmuró, pero su voz tenía ese tono grave que prometía más. La cocina era fresca comparada con el jardín, el aire acondicionado zumbando suave. Él sacó un paquete de tortillas de maíz, pero en lugar de eso, me acorraló contra la isla de granito.

Sus manos grandes subieron por mis caderas, levantando mi falda corta. Desde que llegaste, no aguanto verte así, mamacita, gruñó contra mi oído. Su aliento olía a humo y mezcal, y yo arqueé la espalda, presionando mis tetas contra su pecho duro. El beso que siguió fue feroz: lenguas enredándose, dientes mordiendo labios, el sabor de la carne aún en su boca mezclándose con el mío.

¡Qué chido besarlo! Su lengua sabe a tri tip carne y a puro vicio.

Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo lo tieso que ya estaba. Era grueso, palpitante bajo la tela, y lo apreté suave, arrancándole un jadeo. Pinche Sofi, me vas a matar, dijo riendo entre besos. Yo me arrodillé despacio, el piso frío contra mis rodillas, y bajé su cremallera. Su verga saltó libre, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. Olía a él, masculino, limpio, con un toque de sudor del día.

La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando esa sal, girando la lengua alrededor. Javier metió los dedos en mi pelo, guiándome sin fuerza, solo con deseo. Así, mi reina... chúpamela rica. El sonido de mi boca succionando llenaba la cocina, húmedo y obsceno, mezclado con sus gemidos bajos. Yo aceleré, tragándomela más profundo, sintiendo cómo latía contra mi garganta.

Pero él no me dejó acabar ahí. Me levantó de un jalón, poniéndome sentada en la isla. Ahora te toca a ti sentir el fuego. Rasgó mis panties con un movimiento rápido —consiento total, yo misma se las pedí— y separó mis piernas. Su boca se hundió entre mis pliegues, lamiendo mi clítoris hinchado con maestría. Estás empapada, Sofi... neta, hueles delicioso. Su lengua era fuego líquido: chupaba, succionaba, metía dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Yo me retorcía, clavando uñas en sus hombros, el granito frío contra mi culo contrastando con el calor de su boca.

El orgasmo me pegó como un rayo: ondas de placer sacudiéndome, jugos chorreando por sus dedos, un grito ahogado que tapé con mi mano. ¡Joder, Javier! No pares... Él siguió lamiendo hasta que temblé incontrolable, el mundo reduciéndose a su lengua y mi pulso acelerado.

Pero no habíamos terminado. Me bajó, volteándome contra la isla, y sentí su verga presionando mi entrada húmeda. ¿Me quieres adentro, mi amor? preguntó, siempre atento. Sí, chingádmela ya, wey, supliqué. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Era perfecto: grueso, largo, rozando cada nervio. Empezó a bombear lento, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada.

El ritmo subió: fuerte, salvaje, la cocina llenándose de piel contra piel, jadeos y el slap slap húmedo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más. Eres tan rica por dentro... apriétame así, gruñía. Sudábamos juntos, el olor a sexo mezclándose con el humo lejano del asador, recordándonos el tri tip carne que aún esperaba.

Cambié de posición: lo empujé al sillón de la sala contigua, montándolo como amazona. Sus manos en mi cintura guiaban, pero yo controlaba: subiendo y bajando, girando caderas, mis tetas rebotando frente a su cara. Él las chupó, mordió, mientras yo cabalgaba más rápido. Voy a venirme, Sofi... juntos. Aceleré, sintiendo mi segundo orgasmo construir, ese nudo apretándose en mi vientre.

Explotamos al unísono: él llenándome con chorros calientes, yo convulsionando alrededor de su verga, un grito compartido que ahogamos en un beso. Colapsé sobre su pecho, oyendo su corazón galopando al ritmo del mío, piel pegajosa de sudor, el aire cargado de nuestro aroma.

Nos quedamos así un rato, respirando pesado, riendo bajito. Pinche parrillada... lo mejor fue el postre, bromeó él, acariciando mi espalda. Yo levanté la vista, besándolo suave. El tri tip carne fue chido, pero tú eres mi plato favorito.

Salimos de vuelta al jardín como si nada, con sonrisas cómplices. La carne estaba perfecta, jugosa y tierna, y mientras comíamos bajo las estrellas que empezaban a salir, su pie rozaba el mío bajo la mesa. Sabía que esta noche no acababa aquí; el fuego apenas empezaba.

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