Mi Novia Quiere Trío
Era una noche calurosa en el depa de Polanco, con el aire cargado de ese olor a jazmín que subía desde el balcón. Yo, Alejandro, andaba recargado en el sofá, con una chela fría en la mano, viendo el partido de las Águilas. Carla, mi morra desde hace dos años, entró de la cocina con esa falda corta que me volvía loco, sus chichis rebotando suaves bajo la blusa ligera. Tenía el pelo suelto, negro como la noche, y un brillo en los ojos que me puso en alerta.
¿Qué traes, carnal? Esa mirada no es de ver fútbol, pensé mientras ella se sentaba a mi lado, cruzando las piernas de forma que su piel morena rozara la mía. El calor de su muslo me erizó el vello.
—Oye, Ale, neta que quiero platicar algo —dijo con voz ronca, mordiéndose el labio inferior. Su aliento olía a menta y a ese vino tinto que habíamos abierto antes.
La miré, sintiendo ya el pulso acelerarse. —Dime, mi reina, ¿qué se te ofrece?
Ella se acercó más, su mano en mi pierna subiendo despacio. —Mi novia quiere trío, soltó de repente, como si fuera lo más natural del mundo. No, espera, quise decir... yo quiero un trío. Contigo y con alguien más. ¿Qué dices?
Me quedé pasmado, la chela a medio camino de la boca. El estadio rugía en la tele, pero mi cabeza era un desmadre.
¿En serio? ¿Mi Carla, la que siempre ha sido tan celosa, quiere compartir? Neta que esto me prendió como mecha, pensé, mientras sentía mi verga endurecerse bajo los jeans.
—¿Estás chingando? —le pregunté, riendo nervioso—. ¿Con quién?
—Con Lupita, mi compa de la uni. La viste en la fiesta el otro día, ¿no? Esa güera con el culo de infarto. Le platiqué y... le late la idea.
El corazón me latía como tamborazo en las venas. Imaginé sus cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose, sus gemidos llenando el cuarto. —Neta, mi amor. Si es lo que quieres, yo entro al quite.
Acto uno cerrado. Mandamos un whats a Lupita y en menos de una hora tocaban la puerta. Lupita llegó con un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva, sus tetas grandes asomando tentadoras, el perfume dulzón invadiendo el aire. Nos abrazamos, pero ya había electricidad. Besos en la mejilla que duraban un segundo de más, miradas que se comían enteras.
Nos sentamos en el sofá amplio, con luces tenues y música suave de Natalia Lafourcade de fondo. Carla sirvió tragos, ron con cola, y el hielo tintineaba como preludio. Yo en el medio, flanqueado por las dos. La mano de Carla en mi muslo izquierdo, la de Lupita rozando el derecho. Siento sus calores, sus pieles suaves como terciopelo.
—Entonces, novia quiere trío y aquí estamos —dijo Lupita riendo, su voz grave y juguetona. Se inclinó, besó a Carla en la boca. Fue un beso lento, lenguas danzando, labios carnosos chocando con un chasquido húmedo. Yo las vi, hipnotizado, mi verga ya dura como piedra presionando los pantalones.
Carla gimió bajito, un sonido que me recorrió la espina. —Ven, Ale —me jaló hacia ellas. Besé a mi novia primero, saboreando su boca con sabor a ron, luego a Lupita, más salvaje, mordiendo su lengua. Sus manos exploraban: Carla desabrochándome la camisa, Lupita bajando la cremallera.
El aire se llenó de jadeos y risas nerviosas. Nos quitamos la ropa en un torbellino. Carla quedó en tanga negra, sus chichis firmes con pezones oscuros erectos. Lupita en lencería roja, su concha depilada asomando tras el encaje. Yo desnudo, mi verga tiesa palpitando, venas marcadas, el glande brillando de pre-semen.
Caímos al colchón king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Acto dos: la escalada. Empecé lamiendo el cuello de Carla, bajando a sus tetas. Chupé un pezón, succionando fuerte, mientras ella arqueaba la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! —gritó. Lupita se unió, lamiendo el otro pezón, sus lenguas chocando sobre la piel de mi morra.
El olor a arousal era intenso: almizcle femenino, sudor salado, mi propia esencia masculina. Bajé la mano entre las piernas de Carla, sus labios vaginales hinchados, mojados. Metí dos dedos, sintiendo el calor viscoso, el apretón rítmico. —Estás chorreando, mi amor —le susurré al oído.
Lupita no se quedó atrás. Se puso a cuatro, meneando el culo. —Cómeme, Ale. Quiero tu lengua en mi panocha. —Me arrodillé, abrí sus nalgas redondas, piel suave como durazno. Lamí su clítoris, salado y dulce, chupando fuerte mientras ella gemía ¡Órale, pendejo, no pares!. Carla observaba, masturbándose, dedos hundidos en su coño reluciente.
Cambié posiciones. Carla se sentó en mi cara, su concha goteando en mi boca. Sabía a néctar salado, jugos espesos cubriéndome la barba. La chupé voraz, lengua girando en su entrada, nariz rozando el pubis perfumado. Lupita montó mi verga, despacio al inicio. Sentí su calor envolviéndome, paredes apretadas como guante de terciopelo húmedo. —¡Qué verga tan rica, carnal! —gruñó, rebotando, tetas saltando hipnóticas.
El colchón crujía, pieles chocaban con palmadas húmedas. Sudor corría por espaldas, perlas saladas que lamí de los pechos de Lupita. Carla se corrió primero, temblando sobre mi rostro, chorro caliente inundándome.
¡Me vengo, cabrones! ¡No paren!Gritó, uñas clavadas en mis hombros.
Intercambiamos. Ahora Lupita en mi cara, su culo abriéndose para mi lengua que exploraba ano y coño. Carla cabalgó mi polla, ojos en llamas. —Mira cómo me la como, Lupi. Tu turno después. —Subía y bajaba, nalgas aplastándose contra mis bolas, jugos chorreando por mis muslos.
La tensión crecía como tormenta. Gemidos se volvían rugidos, el cuarto olía a sexo puro: semen, coños mojados, pieles calientes. Me voltearon, yo de rodillas. Metí en Carla doggy style, embistiéndola fuerte, bolas golpeando su clítoris. Lupita debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi verga y su clítoris.
—Esto es lo que quería, mi novio en un trío de locos —jadeó Carla, empujando contra mí. El placer subía, bolas apretándose. Cambié a Lupita, su coño más ancho pero igual de hambriento. La follé salvaje, manos en sus caderas, mientras Carla besaba su boca, dedos en su clítoris.
El clímax se acercaba. Saqué la verga, las dos de rodillas frente a mí. Masturbaron juntas, manos suaves en mi tronco palpitante. —Córrete en nosotras, Ale —suplicó Lupita. Exploto, chorros calientes salpicando tetas, caras, lenguas extendidas lamiendo semen espeso, salado y pegajoso.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose. Besos suaves, caricias perezosas. Carla acurrucada en mi pecho, Lupita en el otro lado, dedos trazando círculos en mi piel. El aire aún cargado de sexo, pero ahora con paz.
—Neta que estuvo chido —murmuró Carla, besándome el cuello—. Gracias por complacerme, mi amor.
—Siempre, mi reina. Tu novia quiere trío y yo lo hago realidad —reí, oliendo su cabello mezclado con el nuestro.
Lupita se levantó por toallas húmedas, limpiándonos con ternura. Nos vestimos lento, prometiendo repetir. La puerta se cerró tras ella con un clic suave, dejando el eco de risas y susurros. En la cama, Carla y yo nos abrazamos, cuerpos aún sensibles, pulsos latiendo al unísono.
Esto nos unió más, carnal. Un fuego que no se apaga, pensé mientras el sueño nos vencía, envueltos en sábanas perfumadas a nosotros.