Esposa en Trío Casero
Todo empezó una noche calurosa en nuestro depa de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Javier, estaba recostado en la cama king size que tanto nos costó juntar lana, viendo cómo mi morra, Laura, se quitaba el top sudado después de su clase de zumba. Esa chava de curvas perfectas, con su piel morena brillando bajo la luz tenue del buró, siempre me ponía la verga dura con solo mirarla. Llevábamos casados cinco años, y aunque la neta la seguíamos revolcándonos como conejos, últimamente platicábamos de pendejadas para calentar el ambiente.
¿Y si probamos algo nuevo, carnal? me soltó de repente, mientras se subía a horcajadas sobre mí, su panocha rozando mi short. Sus tetas firmes rebotaban un poquito con el movimiento, y olía a vainilla de su perfume mezclado con sudor fresco. Le agarré las nalgas redondas, sintiendo esa carne suave y tibia que tanto me volvía loco.
—¿Qué traes en mente, reina? —le pregunté, con la voz ronca, imaginando mil locuras.Ella se rio bajito, ese sonido juguetón que me erizaba la piel, y me susurró al oído: un trío casero, nomás nosotros y un vato de confianza. Algo como esas esposa en trío casero que vemos en los videos, pero en vivo y en nuestro territorio.
La idea me pegó como balazo. Al principio pensé que era pedo mío, pero su mirada brillaba con esa picardía mexicana que tanto amo. No era celoso, la neta; ver a Laura gozando a full me prendía cañón. Recordé a Marco, mi compa de la prepa, el mismo que siempre andaba de galán pero soltero y discreto. Alto, musculoso de tanto gym, con esa sonrisa pícara que hacía babear a las morras. ¿Por qué no? Le mandé un Whats al día siguiente, y el cabrón aceptó sin chistar. Órale, va chido, me contestó.
El viernes llegó el momento. Laura se puso su vestido negro ceñido que marcaba cada curva, sin bra ni calzón, solo para provocarnos. Yo preparé chelas frías y unos guacs con totopos en la sala, con velitas prendidas que daban un glow romántico al depa. Marco tocó la puerta puntualito, con una botella de tequila reposado en la mano y jeans ajustados que dejaban ver su paquete marcado. ¡Qué pedo, Javi! ¿Listos pa'l desmadre? Nos dimos un abrazo de osos, y Laura lo saludó con un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su mano rozando el brazo tatuado del vato.
Nos sentamos en el sofá de piel, el aire cargado de tensión rica, como antes de una tormenta. La plática fluyó con anécdotas de la chamba y chistes pendejos, pero las miradas decían otra cosa. Laura se recargaba en mí, su muslo contra el de Marco, y yo sentía el calor subiendo. Le serví un trago a cada quien, el tequila quemando la garganta con ese sabor ahumado que abre el apetito.
—Brindemos por las aventuras nuevas —dijo ella, lamiéndose los labios carnosos, rojos de labial.Sus ojos negros nos devoraban a los dos.
La cosa escaló cuando Laura se paró a poner música, reggaetón suave con bajo retumbando en los parlantes. Se meneó despacito frente a nosotros, el vestido subiéndose poquito a poco por sus muslos prietos. Mírenme, cabrones, pensó yo que decía su cuerpo. Marco y yo nos miramos, la verga ya medio parada en ambos. Ella se acercó, se sentó entre nosotros, una mano en mi pecho y la otra en el muslo de él. Sentí su aliento caliente en mi cuello mientras besaba mi oreja, y de reojo vi cómo Marco le acariciaba la nuca.
Esto es lo que queríamos, me dije, el pulso acelerado como tamborazo zacatecano. Laura giró la cara y besó a Marco primero, un beso húmedo y profundo que sonaba a chupetones suaves. Yo no me quedé atrás; le bajé el vestido de un jalón, liberando sus tetas perfectas, pezones duros como piedras. Las chupé con hambre, saboreando esa sal de su piel, mientras ella gemía bajito contra la boca de Marco. ¡Qué rico, Javi! ¡Chúpame más! El vato metió mano entre sus piernas, y oí el sonido chapoteante de sus dedos en la concha mojada de mi esposa.
Nos fuimos al cuarto, tirando ropa por el camino. Laura en el centro de la cama, desnuda y abierta como diosa azteca, su panocha hinchada brillando de jugos. Marco y yo nos quitamos todo; mi verga tiesa apuntando al techo, la de él más gruesa, venosa, palpitando. Ella nos jaló a los dos, una mano en cada una, masturbándonos despacio. Siento sus palmas calientes, ásperas de crema, apretando justo como me gusta.
—Los quiero adentro, los dos, fóllenme como en esas esposa en trío casero que tanto les gustan —suplicó con voz ronca, oliendo a deseo puro.
Empecé yo, metiéndosela de una, sintiendo esa estrechez caliente envolviéndome, sus paredes chorreando. Laura arqueó la espalda, gimiendo fuerte: ¡Ay, cabrón, qué dura la traes! Marco se arrodilló frente a su cara, y ella se la tragó entera, mamándola con slurps ruidosos, baba corriéndole por la barbilla. El cuarto apestaba a sexo: sudor masculino, su aroma dulce de excitada, el leve olor a tequila en el aire. Cambiamos posiciones; Marco la penetró por atrás mientras yo la besaba, sintiendo sus tetas aplastadas contra mi pecho, sus uñas clavándose en mi espalda.
La tensión crecía como volcán. Laura se retorcía entre nosotros, su piel resbalosa de sudor, el pelo pegado a la frente, pidiendo más. ¡Fóllame más fuerte, Marco! ¡Javi, no pares de tocarme el clítoris! Él la embestía con golpes secos, su culo musculoso flexionándose, bolas golpeando contra ella. Yo le frotaba el botón hinchado, rápido, y ella empezó a temblar. Se viene, la siento apretándome. Gritó como loca, un orgasmo que la dejó jadeando, chorros calientes salpicando las sábanas.
Pero no paramos. La pusimos en cuatro, yo debajo chupándole la concha mientras Marco se la metía por el ano, lubricado con su propia saliva. ¡Sí, así, métemela por el culo! Ella cabalgaba mi cara, su clítoris en mi lengua, sabor salado y dulce a la vez. Marco gruñía como bestia, ¡Está cañón tu esposa, Javi! Yo sentía cada embestida a través de su cuerpo tembloroso. El ritmo se volvió frenético, piel contra piel chapoteando, gemidos mezclados con el crujir de la cama.
Laura se vino otra vez, convulsionando, y eso nos llevó al límite. Marco se sacó y le pintó la espalda de leche espesa, caliente, oliendo a semen fresco. Yo la volteé, me subí encima y la llené de porra, pulsando adentro mientras ella me ordeñaba con contracciones. El mundo se volvió blanco, solo placer puro.
Nos quedamos tirados los tres, enredados en sábanas húmedas, el cuarto en penumbras con el ventilador refrescando nuestra piel ardiente. Laura en medio, besándonos alternadamente, su mano acariciando nuestras vergas flojas.
—Fue chingón, ¿verdad? Mi esposa en trío casero perfecto —dijo riendo bajito.Marco se despidió con un abrazo, prometiendo repetir. Nosotros nos acurrucamos, el corazón latiendo calmado, saboreando el afterglow. Esa noche cambió todo; el deseo se volvió más hondo, más nuestro. La amo más que nunca, pensé, mientras el sueño nos vencía con olor a sexo en la piel.