La Pasión Desatada del Bulldog Inglés Lilac Tri
Era un sábado chido de primavera en el parque de Chapultepec, con el sol calentándome la piel y un viento fresco que jugaba con mi falda ligera. Mi bulldog inglés lilac tri, al que le decía Lilac por su pelaje precioso en tonos lavanda diluido con blanco y chocolate, trotaba a mi lado con esa cara arrugada tan tierna y pícara. Lo había adoptado hace unos meses de un criadero fancy en Polanco, y desde entonces era mi compañero inseparable para estos paseos. Olía a esa mezcla de hierba fresca y su shampoo de lavanda que le ponía, y cada vez que jadeaba, su lengua rosada colgando, me hacía sonreír.
Estaba distraída, pensando en lo sola que me sentía últimamente. Mi ex, ese pendejo, se había largado hace medio año, dejándome con un vacío que ni el gym ni las amigas tapaban del todo. Quería algo real, un hombre que me mirara como si fuera la única en el mundo. De repente, Lilac se soltó de la correa y corrió hacia otro perro, un bulldog inglés normalito, café y blanco. ¡Órale, no mames! grité, corriendo tras él.
Al llegar, vi al dueño: un morro alto, musculoso, con tatuajes asomando por las mangas de su playera ajustada, barba de tres días y ojos verdes que brillaban como esmeraldas. Estaba agachado, acariciando a Lilac, que ya se restregaba contra las patas del otro perro.
¡Ey, carnal! Tu bulldog es una belleza, ¿qué raza es? Ese color lilac tri es de locos, nunca había visto un bulldog inglés lilac tri tan perfecto.
Su voz grave me erizó la piel, ronca como si acabara de despertar de una siesta caliente. Me acerqué, recogiendo la correa, y le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
—Se llama Lilac, es mi consentido. Gracias, wey, tú tampoco estás mal con tu bulldog —le guiñé el ojo, notando cómo su mirada bajaba un segundo a mis piernas bronceadas.
Se llamaba Diego, vivía cerca, en una depa en Lomas. Charlamos un rato sobre razas, criadores y anécdotas. Su olor a colonia cítrica mezclada con sudor masculino me mareaba, y cada vez que reía, mostraba dientes perfectos. Lilac y su perro, Rocky, jugaban como si se conocieran de toda la vida. La tensión crecía; sentía mi corazón latiendo fuerte, mis pezones endureciéndose bajo el brasier liviano. ¿Por qué carajos me pongo así con un desconocido? pensé, pero su presencia era magnética, como un imán que jalaba cada fibra de mí.
—Oye, ¿quieres un café? Hay un puesto aquí cerquita —propuso, con esa sonrisa ladeada que prometía más que una bebida.
Asentí, y mientras caminábamos, nuestras manos rozaban accidentalmente. Cada toque era eléctrico, como chispas en la piel. El café estaba amargo y caliente, pero lo que ardía era la mirada que nos cruzábamos por encima de las tazas. Hablamos de todo: de lo que nos gustaba en la vida, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de cómo los perros nos salvaban de la soledad. Sentí su rodilla presionando la mía bajo la mesa, y no me aparté.
El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranja. —Mi depa está a dos cuadras, si quieres que los perros sigan jugando... y nosotros también —dijo bajito, su aliento cálido en mi oreja.
¡Sí, pinche sí! Mi cuerpo gritaba. —Va, pero solo si prometes no ser un patán —bromeé, mordiéndome el labio.
Llegamos a su lugar: moderno, con ventanales enormes, olor a madera y limón. Los perros se fueron a una esquina con sus juguetes, y nosotros... ay, nosotros. Cerró la puerta y me jaló suave por la cintura, sus labios encontrando los míos en un beso que sabía a café y deseo puro. Su lengua exploró mi boca con hambre, y gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello corto.
Me cargó como si no pesara nada, hasta su cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a suavizante fresco. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus manos eran fuego, ásperas de gym, masajeando mis tetas, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda. —Eres una diosa, Karla —murmuró, su voz vibrando en mi cuello.
Le arranqué la playera, admirando su pecho tatuado con un tribal que bajaba hasta el abdomen marcado en six-pack. Olía a hombre puro, sudor salado y esa colonia que me volvía loca. Bajé mis manos a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra bajo la tela. ¡Qué chingón! La saqué, gruesa, venosa, palpitando en mi palma. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, mientras él gruñía y me jalaba el pelo suave.
—Métetela, cabrón, no mames —le pedí, chupando la cabeza con hambre.
Me volteó boca abajo, quitándome el short y las tangas de un jalón. Su lengua en mi concha fue el paraíso: lamió mis labios hinchados, chupó el clítoris con succión perfecta, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Gemí fuerte, el cuarto lleno de sonidos mojados y jadeos. Olía a sexo, a mi jugo dulce y su saliva. Mis caderas se movían solas, pidiendo más.
—Estás chorreando, mi amor —dijo, lamiendo mis jugos de sus dedos—. Quiero follarte ya.
Me puso de rodillas, su verga empujando lento en mi entrada. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Dios! Golpeaba profundo, sus bolas chocando contra mi clítoris, mientras sus manos amasaban mi culo. Sudábamos juntos, piel resbalosa, el aire cargado de gemidos y carne contra carne. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como loca, mis tetas rebotando, sus manos guiándome. Sus ojos clavados en los míos, conexión pura.
La tensión subía como volcán. Me volteó de nuevo, misionero, besándonos salvaje. —Córrete conmigo, Karla —ordenó, y obedecí. El orgasmo me explotó, olas de placer sacudiendo mi cuerpo, mi concha apretándolo como vicio. Él rugió, llenándome de su leche caliente, pulsos interminables.
Caímos exhaustos, jadeando, piel pegajosa. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopando al ritmo del mío. Lilac ladró desde la sala, rompiendo el hechizo, y reímos bajito.
—Esto fue de panzazo, ¿verdad? —dijo, besándome la frente.
—Más que eso, Diego. Mi bulldog inglés lilac tri encontró al tuyo un buen amigo... y yo a ti.
Nos quedamos así, en afterglow, con el sol poniente pintando la habitación de dorado. Sabía que esto era el comienzo de algo chido, empoderador, lleno de pasión. Por fin, me sentía viva, deseada, completa.