God Knows I Tried Lana Del Rey Lyrics
La noche en el rooftop de Condesa estaba chida de verdad, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas caídas. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los cigarros electrónicos y el tequila reposado que flotaba de las mesas. Me senté en la barra, con un mezcal en la mano, tratando de ahogar el eco de mi última pelea con él. Dios sabe que lo intenté, me repetía en la cabeza, mientras la playlist del DJ soltaba esa voz etérea de Lana Del Rey. "God knows I tried", cantaba ella, y sentí un nudo en el estómago, como si las letras me estuvieran hablando directo al alma.
Ahí fue cuando lo vi. Alto, moreno, con esa camisa blanca ajustada que marcaba los músculos del pecho y unos ojos cafés que brillaban bajo las luces neón. Se acercó con una cerveza en la mano, sonriendo de lado, ese tipo de sonrisa que dice ya valió madres, pero qué bonita estás. "Qué onda, wey, ¿todo bien?", me dijo, con acento chilango puro, sentándose a mi lado sin pedir permiso. Olía a colonia cara, madera y algo cítrico que me hizo inhalar profundo.
"Sí, neta, todo chido", mentí, girando el hielo en mi vaso. Pero mis ojos lo traicionaban, bajando a sus labios carnosos. Hablamos de pendejadas: del tráfico en Insurgentes, de cómo el mezcal te pega más fuerte que un puñetazo, de Lana Del Rey y sus letras que te revuelven el hígado. "God knows I tried Lana Del Rey lyrics", soltó él riendo, citando la canción que sonaba bajito de fondo. "Es como si supiera de nosotrxs antes de conocernos". Sentí un cosquilleo en la piel, el calor subiendo por mis muslos. Ya, carnala, no te lances, pensé, pero su rodilla rozó la mía y fue como electricidad.
La tensión crecía con cada trago. Bailamos pegaditos cuando pusieron cumbia rebajada, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al ritmo. Sentía el calor de su cuerpo filtrándose por mi vestido negro ceñido, el sudor perlado en su cuello que quería lamer. "Eres un peligro, mija", murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y deseo. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas ya se notaba esa humedad traicionera. Dios sabe que lo intenté, resistirme a ese wey que acababa de conocer, pero sus dedos trazando círculos en mi espalda baja me tenían al borde.
No caigas otra vez, pinche tonta. Recuerda al cabrón anterior, cómo te dejó hecha mierda. Pero este... este huele a promesas, a noches sin fin.
Terminamos en su depa en la Roma, un loft con ventanales enormes que daban a la avenida rebosante de vida. La puerta se cerró con un clic que sonó a rendición. Me besó contra la pared, lento al principio, explorando mi boca con lengua hambrienta, sabor a sal y tequila. Gemí bajito, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. "Dime que pare si quieres", jadeó él, deteniéndose un segundo, ojos fijos en los míos. "No pares, pendejo", respondí riendo, jalándolo más cerca. Era consensual, puro fuego mutuo, nada de juegos raros.
Me cargó hasta la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Se quitó la camisa, revelando un torso tatuado con águilas y calaveras mexicanas, músculos que se contraían al ritmo de su respiración agitada. Lo empujé boca arriba, montándome encima, mis tetas rozando su pecho mientras lo besaba del cuello a la V de sus abdominales. Olía a hombre, a sudor limpio y loción. Lamí su piel salada, bajando hasta el bulto en sus jeans. "Qué rica eres", gruñó él, manos enredándose en mi pelo.
Desabroché su cinturón con dientes, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas bajo la piel suave, el calor que emanaba. Él jadeó, caderas alzándose. La chupé despacio, lengua girando en la cabeza, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Sus gemidos llenaban la habitación, graves y roncos, mezclados con el zumbido de la ciudad afuera. Esto es lo que necesitaba, carajo, pensé, mientras él me volteaba, quitándome el vestido de un tirón.
Estaba desnuda ante él, pezones erectos por el aire fresco y su mirada hambrienta. Me abrió las piernas con gentileza, besando el interior de mis muslos, mordisqueando suave hasta llegar a mi concha empapada. "Estás chorreando, reina", dijo, voz ronca, antes de lamer mi clítoris hinchado. Sentí su lengua plana, caliente, chupando con succiones perfectas, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hacía arquear la espalda. El placer era olas, sonido de mis jugos y su boca devorándome, olor a sexo crudo y almizclado. Grité su nombre –Alejandro– mientras el orgasmo me rompía, piernas temblando, visión borrosa.
Pero no paró. Me puso a cuatro patas, su verga presionando mi entrada resbalosa. "Entra, ya, cabrón", supliqué, empujando contra él. Se hundió lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Dios, qué estirada me sentía, paredes apretándolo como guante. Empezó a bombear, manos en mis caderas, piel chocando con palmadas húmedas. Cada embestida mandaba chispas por mi espina, pechos balanceándose, sudor goteando entre nosotros. Él aceleró, gruñendo pinche delicia, una mano bajando a frotar mi clítoris. La tensión subía, coágulo en el vientre, hasta que exploté de nuevo, gritando, concha contrayéndose alrededor de él.
Se corrió segundos después, caliente dentro de mí, cuerpo colapsando sobre el mío, pesados y satisfechos. Nos quedamos así, jadeando, su peso reconfortante, olor a sexo y piel sudada impregnando las sábanas. Besos perezosos en mi nuca, sus dedos trazando patrones en mi brazo.
Después, recostados mirando el techo, con la ciudad susurrando afuera, puse mi cabeza en su pecho. Su corazón aún galopaba. "God knows I tried", murmuré, recordando las letras de Lana Del Rey que nos unieron. Él rio bajito. "Pero valió la pena no intentarlo más, ¿verdad?". Asentí, sonriendo. Por primera vez en meses, no había vacío, solo calidez y esa promesa de más noches así. Dios sabe que lo intenté resistir, pero qué chido rendirse.