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El Boogie del Tri en Mis Caderas

6168 palabras

El Boogie del Tri en Mis Caderas

La noche en el Vive Latino estaba que ardía. El aire cargado de humo de cigarro y sudor fresco, con ese olor a cerveza fría que se mezcla con el picante de los tacos al pastor que venden en la entrada. Yo, con mi falda corta negra que se pegaba a mis muslos por el calor, me abrí paso entre la multitud hasta el escenario principal. El Tri acababa de subir, y la voz ronca de Alex Lora retumbaba como un trueno: "¡Vamos a armar el desmadre!" La gente enloqueció, y yo con ellos. Bailaba sola, sintiendo el ritmo en el pecho, cuando lo vi. Alto, moreno, con una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Nuestras miradas se cruzaron justo cuando empezaron con el boogie del Tri, ese riff de guitarra que te hace mover las caderas sin control.

¿Qué pedo contigo, carnal? Esa forma en que meneas el culo al ritmo... pensé, mientras él se acercaba bailando, con una sonrisa pícara que me erizó la piel. Me tendió la mano, y sin pensarlo dos veces, la tomé. Sus dedos ásperos, de tanto tocar guitarra quizás, se entrelazaron con los míos. Bailamos pegaditos, su cuerpo rozando el mío en cada giro. Olía a colonia barata mezclada con hombre sudado, un aroma que me ponía los vellos de punta. "Qué chida bailas, morra", me dijo al oído, su aliento caliente contra mi cuello. "Tú tampoco estás tan pendejo", le contesté riendo, sintiendo ya esa cosquilla entre las piernas.

La canción no paraba, y nosotros menos. Sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra él. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y neta, me mojé al instante. El boogie del Tri nos llevaba, ese swing bluesero que te hace retorcerte como si estuvieras follando en la pista. Gritos de la banda, aplausos, el bajo vibrando en mis tetas. Sudábamos juntos, mi blusa pegajosa, sus labios rozando mi oreja mientras tarareaba la letra. Esto va pa'l culo, me dije, pero no quería que parara. Al final del tema, me jaló para un beso. Labios carnosos, lengua juguetona, sabor a chela y sal. Mi clítoris palpitaba como loco.

¿Y si nos salimos de aquí? propuso, con los ojos brillando de deseo. Asentí, tomados de la mano, zigzagueando entre la gente hasta la salida. Afuera, el fresco de la noche mexicana nos golpeó, pero el fuego adentro no se apagaba. Caminamos hasta su troca estacionada cerca, una Silverado vieja pero chida, con calcomanías de El Tri en el parabrisas. Subimos, y antes de arrancar, me subí a horcajadas sobre él. "No aguanto más tu boogie en mis piernas", le dije, besándolo con hambre. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda, dedos rozando mi tanga empapada. Gemí bajito, oliendo su cuello, lamiendo el sudor salado.

Arrancó manejando con una mano, la otra entre mis piernas, frotándome por encima de la tela. "Estás chorreando, pinche nena caliente", murmuró, y yo reí, arqueándome contra su palma. Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar modesto pero con buen gusto: posters de rockeros, una cama king size y una rocola con discos de El Tri. Apenas cerramos la puerta, pusimos el boogie del Tri en repeat. La guitarra rasposa llenó el cuarto, y empezamos a bailar de nuevo, pero ahora sin prisa, desnudándonos poco a poco.

Le quité la playera, besando su pecho velludo, saboreando el salitre de su piel. Él me sacó la blusa, chupando mis pezones duros como piedras, mordisqueándolos suave hasta que grité de placer. Qué rico se siente su boca, como si me comiera viva. Mi falda cayó al piso, y él se arrodilló, bajándome el tanga con los dientes. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que lo enloqueció. Me lamió despacio, lengua plana sobre mi cuca hinchada, chupando el clítoris con maestría. Mis piernas temblaban, manos en su pelo negro revuelto, gimiendo su nombre –se llamaba Raúl, lo supe después–. "¡No pares, cabrón, así!"

Lo jalé arriba, quitándole los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en la mano, masturbándolo lento mientras bailábamos desnudos al ritmo del boogie. Piel contra piel, sudor resbalando, sus bolas pesadas golpeando mis muslos. Me empujó contra la pared, levantándome una pierna, y se hundió en mí de un solo empujón. Ay, wey, qué grande, me llena toda. Empezó a bombear al ritmo de la música, lento primero, como el swing del blues, luego más rápido, mis tetas rebotando, uñas clavadas en su espalda.

Nos movimos a la cama, él encima, yo abriéndome como flor. Cada embestida era un latido del bajo, su verga rozando mi punto G, jugos chorreando por mis nalgas. Olía a sexo puro, a concha abierta y verga sudada. Le mordí el hombro, él me jaló el pelo suave, susurrando "Eres una diosa del boogie, métetela toda". El clímax se acercaba, tensión en el vientre, pulsos acelerados. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo, caderas girando en círculos al son de la guitarra. Sus manos amasando mis nalgas, dedo en mi ano juguetón, sin entrar, solo rozando.

Me vengo, Raúl, no pares, jadeé, y exploté. Olas de placer me sacudieron, cuca contrayéndose alrededor de su pito, chillidos ahogados en su boca. Él gruñó, tensándose, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, semen escurriendo por mis piernas. Colapsamos, jadeando, el boogie del Tri aún sonando bajito como banda sonora de nuestro desmadre.

Después, acostados enredados en las sábanas revueltas, fumamos un cigarro compartido –nada de porros, nomás tabaco–. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Neta, nunca había bailado así", dijo riendo. Yo le acaricié el pelo, oliendo su piel ahora más suave, mezclada con nuestros fluidos. Esto fue más que un polvo, fue puro ritmo del alma. La noche se extendió en caricias perezosas, besos lentos, promesas de más boogies juntos. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que el Tri no solo rockea escenarios, sino corazones y cuerpos. Y el mío, ahora late al son de él.

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