La Voz Ardiente del Teléfono Soporte Triara Telmex
Era una de esas noches calurosas en mi depa de Polanco, con el ventilador zumbando como loco y el sudor pegándome la blusa al cuerpo. Yo, Ana, veintiocho pirulos bien puestos, acababa de llegar del gym, toda sudada y con las hormonas a mil. Quería relajarme con un poco de Netflix picante o algo más heavy en la red, pero ¡pinche internet! Se había caído como por arte de magia. Neta, qué coraje. Busqué rápido en mi cel el teléfono soporte Triara Telmex y marqué sin pensarlo dos veces. Sonó una, dos veces... y de repente, esa voz.
¿Qué carajos? Suena como si estuviera narrando un porno, grave, ronca, con ese acento chilango que me derrite.
—Buenas noches, habla Carlos del soporte técnico Triara Telmex. ¿En qué le puedo ayudar, señorita?
Me quedé muda un segundo, sintiendo un cosquilleo en la panza que bajaba directo al sur. Olía a mi propio sudor mezclado con el perfume dulzón que me eché después de la ducha rápida. Me tiré en la cama, las sábanas frescas rozándome las piernas desnudas.
—Hola, Carlos. Mi internet se cayó de la nada. Vivo en Polanco, colonia Anzures. ¿Puedes checarlo?
Él tecleó algo, y su respiración se oía clara al otro lado, pesada, como si estuviera concentrado en más que cables y routers. Me imaginé su boca, labios carnosos, barba de tres días raspándome la piel. Ay, wey, qué imaginación la mía.
Me dijo que iba a acceder remotamente a mi módem. Mientras esperaba, platicamos pendejadas. Le conté del gym, de cómo odio el cardio pero me encanta el after feel, ese ardor en los músculos que te hace sentir viva. Él se rió, una risa profunda que vibró en mi pecho.
—Neta, Ana, suena como si necesitaras un buen masaje para relajar esos músculos. Yo soy bueno con las manos, ¿sabes? Para routers y... otras cosas.
Me mordí el labio, el corazón latiéndome como tambor en desfile. El aire se sentía espeso, cargado de electricidad estática. Deslicé una mano por mi muslo, rozando el encaje de mis panties. ¿Esto iba en serio?
La conexión volvió, pero ninguno colgó. La plática se puso más íntima. Le pregunté qué hacía él a esas horas, solo en la oficina de soporte, con la noche de México DF extendiéndose allá afuera.
—Pensando en voces como la tuya, que me ponen a mil —confesó, bajito, como secreto.
Acto dos: la escalada. Sentí mi piel erizándose, pezones endureciéndose contra la tela fina de mi top. El olor a mi excitación empezaba a llenar la habitación, almizclado, dulce. Le pedí que me guiara para checar el router de cerca, pero era pretexto. Me puse de rodillas en el piso, el mármol frío contra mis rodillas, y él describió cada paso con detalles que no venían al caso.
—Ahora, Ana, mete el dedo en ese puerto... despacito, siente cómo encaja perfecto.
Mi mano libre bajó a mi entrepierna. Toqué la tela húmeda, presionando suave. Un gemido se me escapó, bajito, pero él lo oyó.
—¿Estás bien ahí, preciosa? Suenas... agitada.
—Es que tu voz, Carlos. Me estás volviendo loca. Dime qué harías si estuvieras aquí.
Su respiración se aceleró, oí el crujido de su silla, como si se acomodara. Empezó a contarme, voz ronca, palabras crudas como en las novelas que leo a escondidas. Me imaginé su cuerpo fuerte, camisa ajustada marcando pectorales, pantalón con bulto evidente. Deslicé los panties a un lado, dedos resbalando en mi humedad. El sonido de mi propia piel, chasquidos húmedos, se mezclaba con sus jadeos al teléfono.
¡Puta madre, esto es mejor que cualquier porno! Su aliento caliente en mi oído, aunque sea por onda electromagnética.
—Te besaría el cuello, Ana, bajando despacio hasta esos pechos que seguro son perfectos. Los mordería suave, lamiendo hasta que grites mi nombre.
Yo me arqueé, dos dedos adentro, bombeando lento al ritmo de sus palabras. El sudor me corría por la espalda, goteando entre mis nalgas. Oía el tráfico lejano de Reforma, pero aquí adentro solo existía su voz, mi pulso retumbando en las sienes, el sabor salado de mi labio mordido.
Él se unió, confesando que se había bajado el zipper, mano envolviendo su verga dura. Describió su grosor, venas pulsantes, pre-semen lubricando. Me vine primero, un orgasmo que me dejó temblando, piernas flojas, grito ahogado contra la almohada. Él siguió, gruñendo mi nombre, chorros calientes que imaginé salpicando su mano.
Nos quedamos jadeando, el silencio post-éxtasis roto solo por nuestras risas nerviosas. Olía a sexo en mi cuarto, intenso, adictivo. Le di mi número real, él el suyo. Teléfono soporte Triara Telmex se convirtió en mi línea directa al paraíso.
Al día siguiente, quedamos en un café chido en Masaryk. Llegó alto, moreno, ojos cafés que prometían más. Olía a colonia fresca, jabón y hombre. Nos besamos apenas nos vimos, lenguas enredándose como si nos conociéramos de toda la vida.
—Wey, anoche fue la neta —le dije, mano en su muslo bajo la mesa.
Subimos a mi depa. Esta vez, piel con piel. Sus manos ásperas de teclear teclados recorrieron mi cuerpo, apretando nalgas, pellizcando pezones. Lo chupé despacio, saboreando su sal, venas latiendo en mi lengua. Él me comió entera, barba raspando mis muslos internos, lengua experta encontrando mi clítoris hinchado.
Esto es real, carajo. Su calor, su peso sobre mí, no hay cables de por medio.
Me penetró lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Gemí alto, uñas clavadas en su espalda. Ritmo building, caderas chocando, sudor mezclándose, olor a nosotros dos enloqueciendo el aire. El colchón crujía, mi cabeza contra la pared, posters de Frida mirándonos con aprobación.
Nos vinimos juntos esta vez, él adentro, caliente, profundo. Colapsamos, piernas enredadas, besos suaves en la boca. Mi internet nunca había funcionado tan bien como esa semana.
Carlos se convirtió en mi tech de cabecera, no solo para Triara Telmex, sino para todas mis fallas técnicas... y las no tan técnicas. Esa llamada cambió todo, de frustración a fuego puro. Neta, si se te cae la red, marca sin pena. Quién sabe qué voz te conteste.