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Pamela y la Pasión del Tri

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Pamela y la Pasión del Tri

El estadio Azteca aún retumbaba en mis oídos cuando entré al bar La Esquina del Tri esa noche. El partido de El Tri había sido una chingonería, con goles que me pusieron la piel chinita y el corazón latiéndome a mil. Yo, Pamela, sudada y con la camiseta verde pegada al cuerpo, pedí una chela fría para bajar el calor. El olor a tacos al pastor y a cerveza derramada llenaba el aire, mezclado con el humo de los cigarros y el eco de la porra que no paraba de sonar en las bocinas.

Me senté en la barra, sintiendo el cuero del taburete pegajoso contra mis muslos. Llevaba falda corta porque el calor de México en verano es de la verga, y mis chichis se marcaban bajo la tela húmeda. De repente, un wey alto, moreno y con ojos que brillaban como luces de estadio se acercó. Llevaba la playera de El Tri con el número 10, y su sonrisa era tan pendeja de tan confiada que me hizo reír.

Órale, este pendejo parece sacado de un sueño húmedo después de un gol de Chicharito, pensé, mientras lo veía acercarse.

"¿Qué onda, morra? ¿Viste el partidazo de El Tri?" me dijo, con voz grave que me erizó los vellos de la nuca. Se llamaba Javier, un carnal que trabajaba en una constructora, pero con brazos que parecían listos para cargar el mundo. Hablamos de la defensa que la cagó en el primer tiempo, de cómo el portero salvó el culo del equipo. Cada vez que él se reía, su pecho se inflaba y yo sentía un cosquilleo entre las piernas. El sabor de la chela en mi lengua se mezclaba con el de sus labios cuando nos acercamos para brindar.

La tensión crecía como el rugido de la afición. Sus ojos bajaban a mis tetas, y yo no los esquivaba. Neta, este wey me prende como fogata en las Lomas, me dije, mientras su rodilla rozaba la mía bajo la barra. El bar estaba a reventar, con corridos de El Tri sonando bajito, y el sudor de su cuello brillaba bajo las luces neón. Olía a hombre, a jabón mezclado con esfuerzo del día.

Acto seguido, me invitó a bailar. La pista era un mar de cuerpos pegados, y cuando sus manos tocaron mi cintura, sentí electricidad. Sus palmas eran callosas, ásperas contra mi piel suave, y me apretó contra él. Mi culo se frotaba contra su verga que ya se ponía dura. "No seas pendejo, Javier, que aquí todos nos ven", le susurré al oído, pero mi voz salió ronca, pidiendo más.

Quiero que me coma aquí mismo, con el sabor de la victoria de El Tri en la boca, pensé, mientras su aliento caliente me rozaba la oreja. Me giré y lo besé, sus labios gruesos sabían a tequila y sal. Lenguas enredadas, manos explorando. La música retumbaba, vibrando en mi clítoris como un tambor.

Salimos del bar hechos unos fieras. Su troca estaba estacionada cerca, pero no aguantamos. En el callejón oscuro, con el olor a tierra mojada del último chaparrón, me levantó la falda. "Pamela, eres una chingona", murmuró, mientras sus dedos bajaban mi calzón. Estaba empapada, el aire fresco contra mi coño mojado me hizo gemir. Él se arrodilló, y su lengua... ay, wey, su lengua era un golazo. Lamía despacio, chupando mi clítoris con hambre, el sonido húmedo mezclándose con mis jadeos. Olía a mi excitación, dulce y salada, y él gruñía como bestia.

Lo jalé del pelo. "Párale, cabrón, o me vengo ya". Lo subí a la troca, en la parte de atrás. La piel del asiento olía a cuero viejo y aventura. Me quité la blusa, mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Javier se desnudó, su verga gruesa y venosa apuntando al cielo. La toqué, suave terciopelo sobre acero, y él gimió. "Chúpamela, Pamela", pidió, y yo lo hice con ganas. El sabor salado de su prepucio, el olor almizclado de su pubis, me volvía loca. Lo mamé profundo, garganta apretada, mientras él me acariciaba el pelo.

Pero queríamos más. Me recostó, abrió mis piernas. Su mirada era fuego puro. "¿Lista, mi reina del Tri?" dijo, y yo asentí, arqueando la espalda. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, el estirón delicioso. "¡Ay, pinche verga chingona!" grité, mientras él empezaba a bombear. El choque de piel contra piel, slap slap slap, como aplausos en el estadio. Sudor goteando, mezclándose, olor a sexo crudo en el aire confinado.

Me volteó a cuatro patas, agarrándome las nalgas. Sus embestidas eran profundas, tocando mi punto G con cada thrust. Esto es mejor que cualquier Mundial, pensé, mientras mis tetas rebotaban y mis gemidos se volvían gritos. Él me jalaba el pelo, suave pero firme, "¡Córrete para mí, Pamela!". Y lo hice, un orgasmo que me sacudió como terremoto, coño apretándose alrededor de su verga, jugos chorreando.

No paró. Me puso encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis chichis, pellizcando pezones. Yo controlaba el ritmo, bajando duro, sintiendo su pija golpear mi matriz. El calor de su pecho contra el mío, corazones latiendo al unísono como tambores de guerra. "Me vengo, wey", avisó, y yo aceleré. Calentó dentro, chorros calientes llenándome, mientras yo explotaba de nuevo, uñas clavadas en su espalda.

Caímos exhaustos, jadeando. El olor a semen y sudor impregnaba todo, delicioso y pecaminoso. Me besó la frente, suave. "Eres la neta, Pamela. Como El Tri en su mejor noche". Reí, acurrucada en su brazo musculoso. Afuera, la ciudad zumbaba, luces parpadeando como estrellas caídas.

Nos vestimos despacio, caricias perezosas. "¿Otra chela en el bar?" propuso. Asentí, sintiendo su semen resbalando por mis muslos, recordatorio caliente de lo vivido. Caminamos de regreso, manos entrelazadas, el mundo más vivo que nunca.

En el bar, pedimos otra ronda. Hablamos de El Tri, del próximo partido, pero ahora con un secreto compartido. Sus ojos prometían más noches así, y yo, Pamela, sabía que esto apenas empezaba. La pasión del fútbol y del cuerpo, un combo chingón que me tenía enganchada.

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