Relatos Eroticos
Inicio Trío Triada de West Colecistitis Ardiente Triada de West Colecistitis Ardiente

Triada de West Colecistitis Ardiente

7813 palabras

Triada de West Colecistitis Ardiente

Ana se despertó esa mañana con un dolor punzante en el lado derecho del abdomen, como si alguien le hubiera clavado un cuchillo caliente justo debajo de las costillas. Neta, qué pinche dolor, pensó mientras se incorporaba en la cama de su departamento en la Condesa, con las sábanas revueltas pegándose a su piel sudorosa. El espejo del baño le devolvió una imagen que la hizo fruncir el ceño: su piel tenía un tono amarillento sutil, como bañado en oro viejo, y sentía la frente ardiendo, fiebre que le subía por el cuerpo en oleadas. Triada de West colecistitis, se dijo recordando vagamente algo de la uni, pero ¿qué pedo? No era doctora, solo una diseñadora gráfica de treinta y dos años que prefería los tacos al pastor a las emergencias médicas.

Se vistió con una blusa ligera de algodón que se adhería a sus curvas por el sudor, unos jeans ajustados que resaltaban su culazo y salió rumbo a la clínica privada en Polanco. El tráfico de la Ciudad de México era un caos de cláxones y escapes, pero el aire acondicionado del Uber la calmaba un poco. Al llegar, el recepcionista la miró con ojos curiosos, notando su piel brillante y el rubor febril en sus mejillas.

¿Y si es algo grave? No manches, Ana, relájate, nomás es el hígado o qué sé yo
, se repetía mientras esperaba en la sala con aroma a desinfectante mezclado con café fresco.

El doctor entró como un sueño hecho hombre: alto, moreno, con ojos cafés profundos y una bata blanca que no ocultaba los músculos bajo la camisa. Se llamaba Rodrigo, carnal de unos cuarenta, con una sonrisa que iluminaba la habitación y una voz grave que vibraba en el aire. —Hola, Ana, ¿qué te trae por acá? —preguntó mientras le tomaba la mano para checar el pulso. Su toque fue eléctrico, piel cálida contra la suya febril, y ella sintió un cosquilleo que bajaba directo al vientre.

—Me duele cañón aquí —dijo señalando el hipocondrio derecho—, tengo fiebre y mírame la piel, ¿no está rarísima? Amarillenta y todo.

Rodrigo la examinó con manos expertas, palpando su abdomen suave. El dolor la hizo jadear, pero su roce era gentil, casi erótico, como si supiera exactamente dónde presionar para mezclar malestar con placer. Escuchó su vientre con el estetoscopio frío contra su piel caliente, el metal enviando escalofríos deliciosos. —Triada de West colecistitis —murmuró él, sus labios cerca de su oreja—. Dolor en cuadrante superior derecho, fiebre y esa ictericia sutil. Vesícula inflamada, preciosa. Hay que hacer estudios, pero mientras, te receto algo para el dolor.

Ana lo miró, hipnotizada por el movimiento de su mandíbula al hablar, el olor de su colonia amaderada mezclándose con su propio aroma sudoroso y almizclado.

Chingado, está bien bueno este doc. ¿Y si le digo que me invite un café después? Neta me late
. La tensión creció en ese consultorio fresco, con el zumbido del aire acondicionado y el latido acelerado de su corazón resonando en los oídos.

El examen derivó en plática. Rodrigo le contó de su vida: divorciado, fan del fútbol, amante de la comida callejera mexicana. Ella soltó anécdotas de sus diseños locos y noches de fiesta en la Roma. La química era palpable, chispas en el aire cargado de electricidad estática. —Oye, Ana, ¿por qué no salimos a comer algo después de los estudios? Hay un taquero chido aquí cerca —propuso él, sus ojos clavados en los de ella con una intensidad que le aceleró el pulso.

Simón, carnal. Me caes rete bien —respondió ella, sintiendo el calor subir no solo por la fiebre, sino por un deseo que le humedecía las bragas.

Los estudios confirmaron la colecistitis aguda, pero nada grave que no se resolviera con antibióticos y reposo. Salieron juntos al taquero, donde el humo de la carne asada llenó el aire, jugos picantes en la lengua y risas compartidas bajo las luces neón. El dolor persistía como un recordatorio ardiente, pero la compañía de Rodrigo lo transformaba en algo tolerable, casi excitante. Terminaron en su departamento en Lomas, un lugar elegante con vistas al skyline, velas aromáticas a vainilla y una botella de mezcal ahumado.

Acto dos: la escalada. Sentados en el sofá de piel suave, el mezcal bajaba dulce y quemante por la garganta de Ana, avivando la fiebre interna. Rodrigo le masajeó el abdomen con aceite de coco tibio, sus dedos fuertes deslizándose sobre la piel amarillenta que brillaba bajo la luz tenue. —Déjame ayudarte con ese dolor —susurró, su aliento caliente contra su cuello. Ella gimió, el roce aliviando el malestar pero encendiendo un fuego distinto, profundo en su concha.

¡Órale, qué manos! Esto es mejor que cualquier medicina. Quiero más, neta lo deseo
. La tensión crecía gradual: besos suaves al principio, labios probando el salado de su piel febril, lenguas danzando con sabor a mezcal y chile. Él le quitó la blusa despacio, exponiendo sus chichis firmes, pezones endurecidos como piedras preciosas. El sonido de las respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezcladas con el tráfico lejano y el pulso acelerado en sus oídos.

Rodrigo la recostó en la cama king size, sábanas de satén fresco contra su espalda ardiente. Sus manos exploraron cada curva: el vientre sensible donde palpaba la inflamación, convirtiendo el dolor en placer punzante. —Estás preciosa así, con esa triada que te hace brillar —dijo él, lamiendo el sudor de su clavícula, sabor salado y dulce. Ana arqueó la espalda, gimiendo pendejo guapo entre jadeos, sus uñas clavándose en sus hombros musculosos.

La intensidad subió: él bajó los jeans de ella, besando el interior de sus muslos, el olor almizclado de su arousal llenando el aire. Su lengua encontró la clítoris hinchado, lamiendo con maestría mientras ella gritaba ¡ay wey, qué rico!. El dolor abdominal se fusionaba con el éxtasis, cada contracción un eco de la colecistitis transformada en orgasmo inminente. Rodrigo se desvistió, su verga dura y gruesa saltando libre, venas pulsantes que ella tocó con manos temblorosas, sintiendo el calor velado como su propia fiebre.

Lo montó despacio, guiándolo dentro de su concha húmeda y apretada. El estiramiento fue glorioso, llenura que aplacaba el vacío doloroso. Cabalgó con ritmo creciente, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un olor primitivo de sexo y pasión. Él la agarró las nalgas, amasándolas, mientras ella rebotaba, pechos balanceándose hipnóticos.

No manches, esto es el paraíso. Su verga me parte en dos, pero qué chingón se siente
. Gemidos se volvieron gritos: ¡más duro, cabrón! ¡Dame todo!, el slap-slap de cuerpos chocando, el crujir de la cama, el sabor de sus besos salvajes.

El clímax se acercó como una ola: ella primero, convulsionando alrededor de él, jugos calientes empapando sus huevos, un alarido gutural liberando la tensión acumulada. Rodrigo la siguió, gruñendo, llenándola con chorros calientes que se sentían como bálsamo en su interior inflamado. Colapsaron juntos, pieles pegajosas, corazones galopantes latiendo al unísono.

Acto tres: el afterglow. Acariciándose en la penumbra, el aroma de sexo persistiendo como perfume embriagador. —Gracias por esto, doc. Tu triada de West colecistitis se volvió mi medicina favorita —dijo ella riendo bajito, trazando círculos en su pecho velludo.

—Y tú, mi paciente más ardiente. Mañana te veo para seguimiento... en mi cama —respondió él, besándola suave.

Ana se durmió con el dolor menguado, el cuerpo saciado, un calor nuevo latiendo en su alma. La ciudad ronroneaba afuera, pero dentro, solo paz y promesas de más noches febriles.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.