Que Viva el Rocanrol del Tri en Nuestra Piel
El aire de la noche en el Palacio de los Deportes estaba cargado de ese olor inconfundible a cerveza fría, sudor fresco y anticipación pura. Me había puesto mi falda corta de mezclilla, esa que se sube un poquito cuando bailo, y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Chingón, pensé, mientras empujaba la puerta y el rugido de la multitud me golpeaba como una ola. Era noche de El Tri, y yo venía con ganas de soltarme el pelo, de sentir esa vibración del rocanrol que te recorre el cuerpo hasta los huesos.
Me abrí paso entre la gente, el humo de los cigarros flotando como niebla sexy, y encontré un spot chido cerca del escenario. La banda ya estaba armando el desmadre, con Alex Lora gritando versos que te prenden el alma. Ahí lo vi: un morro alto, de cabello revuelto y playera negra ajustada que marcaba sus pectorales. Me miró fijo, con esa sonrisa pícara que dice "te quiero comer con los ojos". Nuestras miradas se engancharon mientras sonaba el bajo, grave y pulsante, como un latido acelerado.
¿Y si me acerco? ¿Y si esta noche termino sudando con él al ritmo del Tri?
Le guiñé el ojo y empecé a mover las caderas. Él no se hizo de rogar: se acercó bailando, su cuerpo rozando el mío en la multitud. "¡Qué chingona estás!", me gritó al oído para que lo oyera sobre la música. Su aliento olía a chela y a menta, cálido contra mi cuello. "¡Gracias, carnal! ¿Vienes solo?", respondí, pegándome más, sintiendo el calor de su piel a través de la tela.
Acto primero: la chispa. Nos presentamos entre saltos y empujones. Se llamaba Raúl, de veintiocho, mecánico de motos con tatuajes que asomaban por las mangas. Yo, Lupita, veintiséis, mesera en un antro del centro, pero con alma de rockera. Bailamos pegaditos cuando arrancó Que viva el rocanrol del Tri, esa rola que te hace gritar a todo pulmón. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, bajando un cachito hasta mis nalgas. El roce me erizó la piel, un cosquilleo que subía por mi espina.
"¡Que viva el rocanrol del Tri!", coreamos juntos, nuestras voces roncas uniéndose al mar de fans. Su pecho contra mis tetas, el sudor empezando a brotar, mezclándose. Olía a hombre, a tierra mojada después de la lluvia, con un toque de colonia barata que me volvía loca. Me volteó de frente, y nos besamos ahí mismo, salvaje, lenguas enredadas al ritmo de la guitarra eléctrica. Sus labios gruesos, sabían a sal y cerveza, mordisqueando mi labio inferior hasta que gemí bajito.
La canción terminó, pero el fuego apenas empezaba. "Vamos a un lado, no aguanto más", me susurró, su mano en mi muslo, subiendo despacito. Asentí, el corazón latiéndome como el bombo de la banda. Nos escabullimos por un pasillo lateral, el eco de la música retumbando en las paredes. Encontramos un cuartito de mantenimiento, oscuro y polvoriento, pero perfecto para lo nuestro. Cerró la puerta con seguro, y ya estábamos encima.
Acto segundo: la escalada. Me empujó contra la pared, sus manos explorando mi cuerpo como si fuera un mapa del tesoro. "Eres una diosa, Lupita", murmuró mientras me quitaba la blusa, dejando mis chichis al aire. Los besó, lamió, succionó los pezones hasta que se pusieron duros como piedras. ¡Ay, cabrón! El placer me recorrió como corriente eléctrica, bajando directo a mi entrepierna. Mi concha ya estaba empapada, palpitando por él.
Quiero que me coja ya, pero no, que dure, que me haga rogar.
Le desabroché el cinto, saqué su verga gruesa, venosa, ya tiesa y goteando pre-semen. La masturbe despacio, sintiendo su calor en la palma, el pulso acelerado. "¡Métetela en la boca, güey!", jadeó. Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la chupé con ganas. Lengua alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta, el sabor salado invadiendo mi boca. Él gemía, enredando los dedos en mi pelo, empujando suave. "¡Así, pinche rica!"
Me levantó, me quitó la falda y las calzones de un jalón. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos perfectos. Entró dos dedos en mi panocha, húmeda y resbalosa, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. "Estás chorreando, amor", dijo con voz ronca. Yo me retorcía, las uñas clavadas en sus hombros, oliendo nuestro sudor mezclado con el aroma almizclado de la excitación. La música de fondo, tralará tralará del Tri, nos marcaba el ritmo: lento al principio, acelerando.
Lo empujé al suelo, me subí encima. Su verga rozó mi entrada, y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme. ¡Qué delicia! Gruesa, dura, pulsando dentro. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, él agarrándome las nalgas, guiándome. "¡Más rápido, Lupita! ¡Que viva el rocanrol del Tri en nuestra piel!", gritó, y yo lo repetí, gimiendo alto. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el eco de la guitarra lejana. Sudor goteando por su pecho, yo lamiéndolo, salado y adictivo.
Me volteó, ahora él arriba, embistiéndome fuerte. Cada estocada profunda, tocando mi cervix, ondas de placer subiendo. "¡Te voy a hacer venir, pinche reina!", gruñó. Aceleró, su aliento caliente en mi cuello, mordiéndome la oreja. Yo envolví las piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda. El orgasmo se acercaba, tensión en el vientre, músculos apretándose.
Acto tercero: la explosión. "¡Ya, Raúl, no pares!", supliqué. Él redobló, frotando mi clítoris con el pulgar. El mundo se volvió blanco, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer sacudiéndome. Grité, "¡Que viva el rocanrol del Tri!", y él se vino conmigo, llenándome de semen caliente, pulsos y pulsos. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos, el corazón tronando como batería en vivo.
Nos quedamos ahí, enredados, el afterglow envolviéndonos como sábana tibia. Su mano acariciando mi pelo, besos suaves en la frente. "Eso fue épico, carnala", susurró. Yo sonreí, sintiendo su semen escurrir, el cuerpo laxo y satisfecho. Afuera, el concierto seguía, pero nosotros habíamos tenido el nuestro propio show.
Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche calmando nuestra piel enrojecida. Nos intercambiamos números, promesas de más noches de rocanrol. Caminando a mi coche, el eco de la rola en mi cabeza: que viva el rocanrol del Tri. No era solo música, era vida, pasión, esa chispa que prende el fuego en el alma y la carne. Y yo, lista para la próxima tocada.