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Tríada del Embarazo Ectópico Prohibido

5541 palabras

Tríada del Embarazo Ectópico Prohibido

El consultorio privado en la colonia Roma olía a desinfectante mezclado con el perfume dulce de las gardenias que decoraban la recepción. Yo, la doctora Valeria, acababa de terminar mi guardia cuando entró ella, Ana, con el rostro pálido pero los ojos brillantes de algo que no era solo dolor. Llevaba un vestido ajustado que marcaba sus curvas generosas, y su vientre ligeramente abultado sugería algo más que una simple molestia. Me miró fijamente, como si supiera que yo era la persona indicada para entender su secreto.

"Doctora, tengo esta triada de embarazo ectópico: no me baja, dolor aquí abajo y un sangradito raro", dijo con voz temblorosa, pero había un matiz juguetón, como si estuviera confesando un pecado delicioso. Se sentó en la silla de exploración, abriendo las piernas con una confianza que me aceleró el pulso. Sus muslos morenos brillaban bajo la luz tenue, y el aire se cargó de inmediato con su aroma almizclado, ese olor a mujer en celo que me ponía la piel de gallina.

Yo era experta en ginecología, pero también en deseos ocultos. En México, donde las pasiones hierven como el mole en olla de barro, sabía reconocer cuando una paciente buscaba más que un diagnóstico. "Déjame revisarte, mija", le respondí con mi acento chilango puro, acercándome con el estetoscopio frío contra su piel caliente. Mi mano tembló al tocar su abdomen; estaba firme, hinchado de vida, pero el dolor que describía era la triada de embarazo ectópico, ese trío traicionero que podía ser fatal si no se atendía. Sin embargo, en sus ojos vi deseo, no miedo.

El beginning de nuestra conexión fue sutil. Mientras palpaba, mis dedos rozaron el borde de su ropa interior, y ella soltó un gemido bajo, como el ronroneo de un gato en calor. "¡Ay, doctora, qué manos tan suaves!", murmuró, y yo sentí mi centro humedecerse. El conflicto interno me carcomía: profesionalismo versus instinto animal. ¿Era ético? Pero su mirada me decía que sí, que esto era mutuo, consensuado en cada respiración agitada.

"¿Y si no es ectópico? ¿Y si es solo mi cuerpo pidiendo más?", pensó ella, o al menos eso imaginé mientras sus caderas se movían levemente contra mi palma.

La tensión creció en el middle act como el volcán Popocatépetl antes de erupción. Le pedí que se quitara el vestido, y lo hizo despacio, revelando pechos llenos, oscuros pezones erectos como chiles piquines. El olor de su excitación llenaba la habitación, dulce y salado, mezclado con el látex de los guantes que me quité para sentirla piel con piel. "Aquí duele", dijo señalando bajo el ombligo, y yo presioné, suave al principio, luego más firme. Su jadeo fue música, un ¡híjole! ahogado que me erizó los vellos.

Introduje los dedos con cuidado, explorando su interior húmedo, resbaladizo como el atole en fiesta patronal. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Más, doctora, no pares!". El pulso de su vagina contra mis dedos era frenético, y yo sentía mi propia humedad empapando las bragas. Hablamos de la triada de embarazo ectópico mientras lo hacíamos: amenorrea que la volvía loca de deseo, dolor que se transformaba en placer punzante, sangrado leve que lubricaba todo. "Es como si mi cuerpo estuviera embarazado de pasión ectópica, fuera de lugar pero jodidamente intenso", confesó entre besos que sabían a tequila y miel.

Mi mente giraba: Esto es loco, Valeria, pero se siente tan chingón. La ayudé a la camilla, abriéndola como un libro prohibido. Mi lengua trazó caminos por su vientre, bajando hasta su clítoris hinchado, saboreando su esencia salada, con un toque metálico del sangradito que no era amenaza sino afrodisíaco. Ella me jaló el pelo, gritando "¡Ponte arriba, cabrona!", y nos frotamos en tijeras, piel contra piel resbalosa, pechos aplastados, el sonido de carne húmeda chocando como olas en Acapulco.

Escalamos juntas: yo chupando sus tetas, ella metiendo dedos en mí, curvándolos justo donde dolía rico. El sudor nos unía, olor a sexo puro, mexicano y crudo, con gemidos en slang callejero: "¡Métemela toda, pinche doctora rica!". La intensidad psicológica era brutal; yo luchaba con el miedo al diagnóstico real —un embarazo ectópico necesitaba cirugía, no sexo—, pero ella me calmaba con besos fieros. "Es consensual, es nuestro secreto", susurraba, y eso me liberaba.

El clímax llegó como tormenta en temporada de huracanes. Sus muslos temblaron, su coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de mi mano, y gritó un "¡Me vengo, Virgen de Guadalupe!" que retumbó en las paredes. Yo la seguí, oleadas de placer cegador, gusto a ella en mi boca, el corazón latiendo como tamborazo zacatecano. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, el aire espeso de nuestros fluidos.

En el ending, el afterglow fue tierno. La cubrí con una sábana suave, oliendo a lavanda del hospital. "Tenemos que confirmar la triada de embarazo ectópico con ecografía, pero hoy... fue perfecto", dije, besando su frente. Ella sonrió, ojos brillantes. "Gracias, doctora. Me salvaste dos veces". Salimos juntas al atardecer polanco, manos entrelazadas, sabiendo que esto era el inicio de algo más grande, un lazo forjado en deseo y confianza. El deseo inicial se había transformado en conexión profunda, dejando un impacto que perduraría como el buen pozole en el alma.

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