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El Tri Fin de Siglo en Fuego

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El Tri Fin de Siglo en Fuego

La noche del fin de siglo en el Palacio de los Deportes estaba que ardía. El aire cargado de humo de cigarro y sudor, el rugido de la multitud coreando las rolas de El Tri, esa banda que nos hacía sentir invencibles. Yo, con mi falda corta negra y blusa escotada, me abrí paso entre la gente hasta la zona del mosh, sintiendo el pulso de la batería retumbar en mi pecho como un corazón desbocado. Olía a cerveza derramada, a piel caliente, a esa electricidad que solo se vive en un concierto de rock mexicano puro.

¿Qué chingados estoy haciendo aquí sola? pensé, mientras el vocalista gritaba "¡Triste canción de amor!" y la gente saltaba como poseídos. Pero la neta, necesitaba esto. Romper con la rutina de oficina, con el pinche novio que ya no me prendía ni tantito. Quería sentirme viva, deseada, como en esas noches de fin de siglo donde todo parecía posible antes del año 2000.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con playera de El Tri empapada pegada al torso marcado, tatuajes asomando por las mangas. Bailaba con una chingonería que me dejó clavada. Nuestras miradas se cruzaron en medio del desmadre, y órale, sonrió con esa picardía que dice "te quiero comer con los ojos". Me acerqué, empujada por la marea humana, y de pronto su mano rozó mi cintura para no perderme en el pit.

Su piel quema, wey, me dije, mientras el olor de su colonia mezclada con sudor me invadía las fosas nasales. "¡Qué chida onda!" gritó él por encima de la música. "¡Más chida tú, carnala!" respondí, riendo, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas.

La rola cambió a algo más pesado, El Tri fin de siglo soltando su energía cruda, y empezamos a movernos juntos. Sus caderas contra las mías, el roce deliberado que aceleraba mi pulso. Sudor goteando por mi espalda, el sabor salado en mis labios cuando me lamí el superior. Sus manos bajaron un poco más, apretando mi culo con permiso implícito, y yo no me quejé. Al contrario, me pegué más, sintiendo su verga endureciéndose contra mí a través de los jeans.

El concierto avanzaba, pero nosotros ya estábamos en otro rollo. "Me llamo Alex", me dijo al oído, su aliento caliente rozando mi oreja, enviando escalofríos hasta mi clítoris. "Y tú, morrita, ¿cómo te llamas?" "Laura", murmuré, girándome para besarlo. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a chela y deseo puro. La multitud aullaba, pero para mí solo existía su boca devorándome, sus manos explorando mi piel bajo la blusa.

Esto es lo que necesitaba, un pendejo guapo que me haga olvidar todo con su calor

Salimos del mosh pit, jadeantes, hacia una esquina menos apretada. Ahí, contra la pared fría que contrastaba con nuestros cuerpos hirviendo, nos besamos como si el mundo se acabara esa noche de fin de siglo. Sus dedos se colaron por mi falda, rozando mis panties ya empapados. "Estás mojada, Laura", ronroneó, y yo gemí bajito, arqueándome contra su mano. "Es por ti, cabrón". El sonido de la guitarra eléctrica nos envolvía, vibrando en mi piel como una promesa de placer.

Pero no queríamos acabar ahí, entre la gente. "Vamos a mi depa, está cerca", propuse, y él asintió con ojos brillantes de lujuria. Salimos del Palacio, el aire fresco de la noche mexicana golpeándonos como una caricia inesperada. Caminamos rápido por Insurgentes, riendo tontamente, tomados de la mano. Su olor me seguía, ese almizcle masculino que me ponía cachonda. En el taxi, no pudimos esperar: mis manos en su paquete, sintiendo su dureza pulsar; las suyas en mis tetas, pellizcando pezones endurecidos bajo la tela.

Mi departamento en la Condesa era chico pero chido, con posters de rock en las paredes y una cama king size lista para el desmadre. Apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa como animales. Su cuerpo desnudo era una obra de arte: músculos tensos, verga gruesa y erecta apuntándome, venas marcadas que prometían embestidas potentes. Yo me quedé en tanga, mis pechos libres balanceándose, pezones rosados pidiendo su boca.

Me empujó suave contra la cama, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Bajó a mis tetas, chupando un pezón mientras masajeaba el otro, enviando descargas eléctricas directo a mi coño. ¡Qué rico, wey, no pares! gemí en mi mente, mientras mis manos se enredaban en su pelo negro revuelto. Su lengua trazaba círculos húmedos, el sonido de succión mezclado con mis jadeos llenando la habitación. Olía a sexo inminente, a mi excitación dulce y pegajosa.

Le abrí las piernas, queriendo devorarlo. Tomé su verga en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Él gruñó, "¡Pinche morra rica!", empujando caderas hacia mi boca. La chupé con ganas, garganta profunda, saliva resbalando, el sonido obsceno de mi succión uniéndose a su respiración entrecortada. Sus bolas pesadas en mi mano, piel suave y arrugada que masajeé con ternura.

Pero quería más. Lo monté, frotando mi coño empapado contra su verga, lubricándola con mis jugos. "Cógeme ya, Alex", supliqué, y él obedeció, guiándome hacia abajo. Su punta abriéndose paso en mí, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro hasta llenarme por completo. ¡Ay, cabrón, qué grande! El placer me atravesó como un rayo, paredes internas apretándolo, pulsando alrededor de su grosor.

Cabalgamos con furia, mis caderas girando, rebotando, el slap-slap de piel contra piel resonando. Sus manos en mi culo, azotando suave, guiándome más profundo. Sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose, salado en mi lengua cuando lo lamí. El olor de nuestros sexos unidos, almizclado y embriagador, me volvía loca. Aceleramos, mis gemidos convirtiéndose en gritos, "¡Más duro, pendejo, dame todo!" Él embistió desde abajo, golpeando mi punto G con precisión, mis tetas botando salvajemente.

La tensión crecía, como el solo de guitarra en una rola de El Tri. Sentí el orgasmo venir, un nudo apretándose en mi vientre, expandiéndose. "Me vengo, Laura, ¡juntos!", rugió él, y explotamos. Mi coño convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer mojándonos, su leche caliente llenándome en pulsos potentes. Grité su nombre, uñas clavadas en su pecho, el mundo disolviéndose en éxtasis puro. Olas y olas, hasta que colapsamos, temblando, jadeantes.

Nos quedamos así, enredados, su verga aún dentro de mí suavizándose. Besos lentos ahora, tiernos, con sabor a nosotros mismos. El aire olía a sexo satisfecho, sábanas revueltas testigos de nuestra pasión. "Eso fue chingón, morrita", murmuró, acariciando mi espalda. Sonreí, sintiendo un calorcito en el pecho más allá del físico.

Fin de siglo o no, esta noche El Tri nos unió en fuego eterno

Nos dormimos así, con el eco de la música en nuestras mentes, sabiendo que el amanecer traería más, o al menos, un recuerdo que ardería para siempre.

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