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Pasiones Prohibidas en Tri Anvis Mexico Sapi de Cv

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Pasiones Prohibidas en Tri Anvis Mexico Sapi de Cv

Trabajaba en Tri Anvis Mexico Sapi de Cv desde hace dos años, en las oficinas del Polanco, donde el bullicio de la Ciudad de México se colaba por las ventanas altas. Era un lugar chido, con vistas a los rascacielos y un aire acondicionado que siempre olía a café recién molido y perfume caro. Yo, Ana, contadora de veintiocho pirulos, pasaba mis días entre números y reportes, pero lo que realmente me traía loca era Javier, el gerente de logística. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que hacía que mis chones se mojaran con solo verlo cruzar el pasillo.

El primer día que lo noté de verdad fue en una junta de equipo. Entró con su camisa blanca ajustada, marcando los músculos del pecho, y se sentó frente a mí. "Órale, Ana, ¿qué onda con esos balances? Están de poca madre", dijo, guiñándome el ojo. Su voz grave me erizó la piel, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Me mordí el labio, tratando de concentrarme en la pantalla, pero mi mente volaba: imaginaba sus manos grandes recorriendo mi cuerpo, apretándome las nalgas contra su entrepierna dura.

Los días siguientes fueron un pinche tormento. Cada vez que pasaba por mi cubículo, rozaba mi hombro "accidentalmente", y el calor de su piel me hacía jadear bajito. Una tarde, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja, me mandó un correo: "Ven a mi oficina, güey, necesito checar unos envíos de Tri Anvis". El corazón me latía a mil. Entré, cerré la puerta, y ahí estaba él, recargado en el escritorio, con los ojos brillando de deseo.

"Siéntate, Ana", murmuró, señalando la silla frente a él. Pero en vez de eso, me acerqué, sintiendo el aroma de su colonia, madera y sudor fresco. "¿Qué pasa, Javier? ¿Todo bien con los reportes?" pregunté, mi voz temblorosa. Él se levantó, alto como un pinche torre, y se paró tan cerca que podía oler su aliento mentolado.

"Neta, no vine por los reportes. Vine por ti", confesó, su mano subiendo por mi brazo. El toque fue eléctrico, como un rayo que me recorrió la espina dorsal hasta el clítoris. "Desde que te vi, no dejo de pensar en cómo te verías sin esa blusa". Mi respiración se aceleró, los pezones se me pusieron duros contra el brasier. "¿Y si nos ven?" susurré, pero mi cuerpo ya se inclinaba hacia él, traicionándome.

Me jaló contra su pecho, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a café y a promesas sucias. Su lengua invadió mi boca, explorando, mientras sus manos bajaban a mis caderas, apretándome contra su verga tiesa que palpitaba a través del pantalón. Gemí en su boca, el sonido ahogado por el tráfico lejano que retumbaba abajo. "Estás mojada, ¿verdad, pinche rica?" gruñó, metiendo la mano bajo mi falda. Sus dedos rozaron mis labios hinchados, empapados de jugos, y metió uno adentro, haciéndome arquear la espalda.

¡Chingado, qué bien se siente! Quiero que me coja aquí mismo, en esta oficina de Tri Anvis, donde todos creen que somos profes, pensé, mientras mis caderas se movían solas contra su mano.

Lo empujé al sofá de la oficina, desabrochándole el cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza roja brillando de precum. "Qué chingona está", murmuré, lamiéndome los labios. Me arrodillé, el piso duro contra mis rodillas, y la tomé en la boca. El sabor salado me inundó la lengua, su gemido ronco llenó la habitación como música prohibida. Chupé despacio al principio, saboreando cada vena, luego más rápido, con la saliva chorreando por mi barbilla. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome, "Así, güey, trágatela toda".

Pero no quería acabar así. Me levanté, me quité la blusa y el brasier, dejando mis tetas al aire, duras y pesadas. Javier se las comió con los ojos, luego con la boca, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era un fuego que me quemaba el vientre. Me recargó en el escritorio, levantó mi falda y arrancó mis chones con un tirón. El aire fresco besó mi panocha expuesta, chorreante, oliendo a sexo puro.

"Cójeme, Javier, no aguanto más", rogué, abriendo las piernas. Él se posicionó, la punta de su verga rozando mi entrada, lubricándola. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada llenándome, el roce contra mis paredes internas, hasta que sus bolas chocaron contra mi culo. "¡Ay, wey, qué rico!" grité, clavándole las uñas en la espalda.

Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada embestida. El escritorio crujía bajo nosotros, papeles volando al suelo, el olor a sudor y arousal impregnando el aire. Aceleró, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas, mis jugos salpicando. Mis tetas rebotaban, su boca en mi cuello mordiendo suave. "Eres una pinche diosa, Ana", jadeaba, su aliento caliente en mi oreja.

Esto es lo que necesitaba, un buen revolcón en Tri Anvis Mexico Sapi de Cv, donde nadie se imagina lo que pasa detrás de estas puertas, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como una tormenta.

Cambié de posición, queriendo más control. Lo senté en la silla giratoria y me subí encima, cabalgándolo como una loca. Su verga me perforaba profundo, rozando mi punto G con cada bajada. Mis muslos temblaban, el sudor nos pegaba la piel, el sonido de carne contra carne era obsceno. Agarré sus hombros, montándolo fuerte, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano, haciendo que el placer explotara.

"Me vengo, chingado", anuncié, y el mundo se volvió blanco. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándola, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, embistiéndome una vez más antes de llenarme, chorros calientes pintando mis paredes internas. Colapsamos juntos, jadeando, su semen goteando de mí cuando me aparté.

Nos vestimos entre risas nerviosas, el piso lleno de evidencia de nuestro pecado. "Esto no puede ser la última vez", dijo él, besándome suave. Asentí, saboreando el afterglow, el cuerpo pesado de placer. Salimos por separado, pero en el elevador solo, sus dedos rozaron mi mano, prometiendo más noches en las sombras de Tri Anvis Mexico Sapi de Cv.

Desde esa tarde, cada junta, cada correo, era un recordatorio ardiente. La tensión entre nosotros crecía, pero ahora con complicidad. Una noche, después de horas extras, volvimos a la carga. Esta vez en la sala de juntas, sobre la mesa larga, con las luces de la ciudad como testigos. Me comió la panocha hasta que grité su nombre, su lengua danzando en mi clítoris hinchado, lamiendo mis jugos como si fueran miel. Yo le devolví el favor, deepthroateando hasta las lágrimas, su verga palpitando en mi garganta.

Me puso en cuatro, embistiéndome desde atrás, jalándome el pelo mientras me azotaba las nalgas rojas. "¿Te gusta, pinche puta rica?" gruñía juguetón, y yo respondía "Sí, pendejo, más fuerte". El orgasmo nos golpeó juntos, su leche mezclándose con la mía, el olor a sexo impregnando la alfombra.

En Tri Anvis, no solo movemos mercancía, movemos pasiones, reflexioné después, recostada en su pecho, escuchando su corazón latir al ritmo del mío.

Semanas después, en una fiesta de la empresa en un roof top con mariachis y tequilas, nos escabullimos al baño ejecutivo. Ahí, contra el espejo, me levantó una pierna y me penetró de pie, mis tetas aplastadas contra el vidrio frío. Veía nuestros reflejos follando como animales, sus músculos tensos, mi cara de éxtasis. El tequila en mi sangre hacía todo más intenso, el sabor en su boca cuando nos besamos.

Al final, exhaustos y satisfechos, supimos que esto era nuestro secreto. No era solo sexo; era conexión, deseo puro en medio del caos corporativo. Cada vez que veo el logo de Tri Anvis Mexico Sapi de Cv en mi escritorio, sonrío, recordando el tacto de su piel, el sabor de su semen, el sonido de nuestros cuerpos uniéndose. Y sé que mañana, o pasado, volverá a pasar.

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