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El Deseo Insaciable de Triara Apodaca

8028 palabras

El Deseo Insaciable de Triara Apodaca

La noche en Puerto Vallarta caía como un manto caliente y pegajoso, con el aroma del mar mezclado con el humo de las parrilladas y el dulce perfume de las flores tropicales. La fiesta en la villa de mi carnal, un chalet con vistas al Pacífico, estaba en su apogeo. Música de banda sonaba a todo volumen, güeyes bailando con chelas en la mano, y risas que rebotaban contra las olas. Yo, Marco, acababa de llegar de un viaje de negocios en la CDMX, cansado pero con ganas de soltar el estrés. Órale, esta noche me echo un buen trago y veo qué pinta, pensé mientras me servía un ron con coca.

Entonces la vi. Triara Apodaca. Estaba de pie junto a la piscina, con un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como si fuera una segunda piel. Su piel morena brillaba bajo las luces de colores, el cabello negro suelto cayendo en ondas hasta la cintura. Reía con unas amigas, moviendo las caderas al ritmo de la cumbia rebajada. Neta, qué chingona, me dije, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a la entrepierna. Sus ojos, grandes y oscuros, se cruzaron con los míos por un segundo, y juro que el mundo se detuvo. Me acerqué, con el corazón latiéndome como tamborazo.

—Qué onda, preciosa. ¿Te conozco de algún lado o nomás eres la reina de esta fiesta? —le solté, tratando de sonar cool pero sintiéndome como pendejo nervioso.

Ella giró, sonriendo con labios carnosos pintados de rojo fuego. —Soy Triara Apodaca, wey. Y tú pareces el tipo que anda buscando problemas. ¿Cómo te llamas?

Triara Apodaca. Ese nombre suena a tentación pura, como un tequila añejo que quema la garganta y te deja queriendo más.

Charlamos un rato, platicando de la vida en la costa, de cómo el mar te llama con su rugido constante. Ella era de Guadalajara, pero pasaba temporadas en Vallarta por trabajo —algo de diseño gráfico, no entré en detalles. Su voz era ronca, con ese acento tapatío que hace que todo suene jugoso. Bailamos pegaditos, sus tetas rozando mi pecho, el sudor de su cuello oliendo a vainilla y sal. Cada vuelta, su nalga firme presionaba contra mi verga, que ya estaba medio parada, latiendo con el pulso de la música. Controla, Marco, no seas desesperado, me regañé, pero su mano en mi cintura me volvía loco.

La tensión crecía como la marea. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda, y yo le susurraba al oído chistes pendejos que la hacían reír fuerte, su aliento caliente contra mi piel. —Ven, vamos a caminar por la playa —me dijo de repente, tomándome de la mano. Sus palmas eran suaves, cálidas, y el roce me erizaba los vellos.

Salimos de la villa, la arena tibia bajo los pies descalzos, el sonido de las olas rompiendo como un susurro obsceno. La luna iluminaba su silueta, haciendo que el vestido se volviera casi transparente. Nos sentamos en una duna, lejos de las luces, y el silencio nos envolvió. —Sabes, Marco, a veces uno necesita soltar todo —dijo, recargando la cabeza en mi hombro. Su cabello olía a coco y deseo.

Esta chava me va a matar, pensé, mientras mi mano subía por su muslo desnudo. Ella no se apartó; al contrario, suspiró y se acercó más. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador. Su boca sabía a tequila y menta, la lengua danzando con la mía, suave pero insistente. Gemí bajito cuando mordió mi labio inferior, tirando de él con dientes blancos y perfectos.

Acto dos: la escalada. Sus manos bajaron a mi camisa, desabotonándola con dedos ansiosos. Sentí sus uñas rozando mis pezones, endureciéndolos al instante. —Qué rico estás, cabrón —murmuró, lamiendo mi cuello, su saliva fresca contra mi piel ardiente. Yo no me quedé atrás; levanté su vestido, descubriendo unas tangas de encaje negro que apenas cubrían su panocha depilada. El olor a su excitación me golpeó, almizclado y dulce, haciendo que mi verga se pusiera dura como piedra.

Quiero comérmela entera, saborear cada rincón de Triara Apodaca.

La recosté en la arena, besando su clavícula, bajando por el valle entre sus senos. Saqué uno de sus pechos, grande y firme, el pezón oscuro erecto como una cereza madura. Lo chupé con hambre, succionando fuerte mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo — ¡Ay, wey, sí! Así, no pares. Su piel sabía a sal marina y sudor, un néctar adictivo. Mis dedos se colaron bajo la tanga, encontrando su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. La masajeé en círculos lentos, sintiendo cómo su cuerpo temblaba, sus caderas moviéndose al ritmo de mi mano.

—Te quiero dentro, Marco. Chingame ya —suplicó, con voz entrecortada, los ojos vidriosos de puro deseo. Me quité el pantalón a toda prisa, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Ella la tomó en su mano suave, masturbándome despacio, el prepucio subiendo y bajando con un sonido húmedo. Neta, qué mamada, jadeé, mientras ella se la llevaba a la boca. Sus labios la envolvieron, calientes y húmedos, la lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Chupó con maestría, garganta profunda, gimiendo vibraciones que me llegaban hasta los huevos.

Pero quería más. La puse a cuatro patas, la arena pegándose a sus rodillas. Le quité la tanga de un jalón, admirando su culo redondo, la raja húmeda brillando. Me posicioné atrás, frotando la punta contra sus labios vaginales, untándome de sus mieles. —¿Estás lista, nena? —pregunté, aunque su sí, métela ya, pendejo fue música para mis oídos. Empujé despacio, sintiendo cómo su coño me tragaba centímetro a centímetro, apretado y ardiente como un horno. ¡Qué chingón! Tan mojada, tan mía.

Empecé a bombear, lento al principio, saboreando el slap-slap de piel contra piel, el sonido de la ola de fondo como banda sonora. Ella empujaba hacia atrás, clavándome las uñas en las caderas. —Más fuerte, cabrón, rómpeme —gruñó, y aceleré, mis bolas golpeando su clítoris con cada embestida. El sudor nos unía, resbaloso, el olor a sexo crudo llenando el aire. Le jalé el cabello, arqueándola, besando su espalda salada mientras la penetraba profundo.

Internamente, luchaba:

No quiero acabar tan rápido, pero esta mujer es fuego puro. Triara Apodaca, mi perdición.
Cambiamos posiciones; ella encima, cabalgándome como amazona salvaje. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las amasaba, pellizcando pezones. Sus jugos corrían por mi verga, empapando mis huevos. Gime fuerte, —Me vengo, ayúdame —y frotó su clítoris contra mi pubis, convulsionando en un orgasmo que la dejó temblando, su coño ordeñándome.

No aguanté más. La volteé, misionero, piernas en mis hombros, penetrándola hasta el fondo. —Me corro, Triara —avisé, y ella —Dentro, lléname. Explosé, chorros calientes inundándola, mi cuerpo convulsionando en éxtasis puro. El mundo se volvió blanco, solo su calor, su gemido final.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos tirados en la arena, jadeando, el mar lamiendo nuestros pies. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. —Eso estuvo de la chingada, Marco —dijo riendo bajito, besándome el cuello. Yo acariciaba su cabello, oliendo su aroma mezclado con el nuestro.

Triara Apodaca no es solo un polvo; es una conexión que quema el alma. ¿Volveremos a vernos? El mar guarda secretos.

Nos vestimos lento, besándonos perezosos, prometiendo números de teléfono bajo la luna testigo. Caminamos de regreso a la villa, tomados de la mano, con el cuerpo satisfecho y el alma ligera. La fiesta seguía, pero para mí, la noche ya era perfecta. Quién sabe qué traiga el mañana, pero esta noche fue nuestra.

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