Tríada Encefalopática de Wernicke Desatada en Éxtasis
En el bullicio de la Ciudad de México, donde el aroma a tacos al pastor se mezcla con el humo de los volcánes lejanos, conocí a Karla en una clínica privada de Polanco. Yo era el neurólogo residente, un cuate de veintiocho años con las ojeras de turnos eternos, pero con un ojo para las curvas que no fallaba. Ella, una chava de treinta y dos, empresaria de belleza natural, llegó tambaleándose esa tarde de verano, con los ojos desorbitados y la mirada perdida. Triada encefalopatia de Wernicke, diagnosticó mi mente al instante: confusión mental, ataxia en las piernas, nistagmo en los ojos. Pero debajo de esa debilidad, había fuego.
"Doctor, todo me da vueltas, como si el mundo fuera un pinche carrusel", murmuró ella, apoyándose en el escritorio. Su perfume, jazmín y vainilla, invadió la consulta. La piel morena brillaba bajo la luz LED, el escote de su blusa blanca dejaba ver el encaje negro de su brasier. Mi pulso se aceleró, pero mantuve la profesionalidad. Le expliqué el diagnóstico: deficiencia de tiamina por estrés y malas comilonas, típica en chavas como ella que viven a dieta y Red Bull.
La inyecté con glucosa y tiamina, viéndola recostarse en la camilla. Sus labios carnosos se entreabrieron, un jadeo suave escapó.
¿Por qué me siento tan viva ahora, cabrón? Como si mi cuerpo despertara de un letargo.Pensé, imaginando sus pensamientos. La tensión creció cuando sus dedos rozaron mi mano al ajustar la vía. "Gracias, doc. Eres mi salvador". Su voz ronca, con ese acento chilango juguetón, me erizó la piel.
Acto uno: el inicio del deseo. La dejé reposar en la sala de observación, pero no pude resistir volver. El sol poniente teñía la habitación de naranja, el zumbido del ventilador mezclándose con su respiración agitada. Se incorporó, más estable, y me miró fijo. "Ven, siéntate conmigo. Necesito sentirme anclada". Obedecí, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Su muslo rozó el mío, calor eléctrico. Hablamos de la vida: su divorcio reciente, mi soltería por el trabajo. "La triada encefalopatia de Wernicke me dio un susto, pero tú me curaste con una mirada", dijo, riendo bajito.
La química explotó. Sus dedos trazaron mi antebrazo, uñas rojas dejando huellas fantasma. Olía a sudor dulce y medicina. Mi corazón latía como tambor en tianguis. No puedo, soy su doctor, luché internamente, pero su aliento en mi cuello disipó dudas. "Quiero agradecerte como se debe, pendejo guapo", susurró, mordisqueando mi oreja. Consenso puro: asentí, perdido en sus ojos ya claros.
Acto dos: la escalada. Nos besamos con hambre, lenguas danzando como en una salsa callejera. Sus labios sabían a menta y deseo reprimido. La desvestí lento, blusa cayendo, revelando senos firmes, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco. Gemí al tocarlos, suaves como tamales calientes. Ella me quitó la bata, manos expertas bajando mi pants, liberando mi verga tiesa. "¡Qué chulada, doctorcito!", exclamó, acariciándola con palma húmeda.
La recosté, besando su cuello, bajando por el valle de sus tetas. Chupé un pezón, succionando fuerte, oyendo sus ay cabrón ahogados. Su piel olía a loción de coco, mezclada con el almizcle de su excitación. Bajé más, lengua en su ombligo, luego en el monte de Venus depilado. La abrí con dedos, encontrándola empapada, labios hinchados reluciendo. La lamí despacio, saboreando su sal marina, clítoris palpitante bajo mi lengua. Ella arqueó la espalda, uñas en mi pelo, caderas moviéndose al ritmo. "¡Más, no pares, pinche neurólogo sabroso!"
Internamente, la tensión me consumía:
Esto es locura, pero su sabor me enloquece. Cada lamida borra el diagnóstico, solo queda placer.La penetré con dos dedos, curvándolos, hallando su punto G. Chorros de jugos mojaron mi mano, su primer orgasmo la sacudió como sismo en la CDMX. Gritó, cuerpo convulsionando, el cuarto lleno de su aroma embriagador.
Pero no paramos. Ella me volteó, cabalgándome con furia. Su coño apretado me envolvió, caliente y resbaloso. Rebotaba, tetas saltando, sudor perlando su piel. Agarré sus nalgas redondas, azotando suave, oyendo el clap clap carnal. "¡Fóllame duro, cura mi triada con tu verga!", jadeó. Aceleramos, piel contra piel, jadeos sincronizados con el tráfico lejano. Mi mente nublada: confusión de placer, ataxia en mis caderas, ojos fijos en su éxtasis.
La volteé a cuatro patas, embistiéndola profundo. Su culo perfecto se movía, tragándome entero. Manos en sus caderas, tirando de pelo suave. Olía su espalda sudada, probando sal en besos cervicales. Ella se corrió otra vez, paredes contrayéndose, ordeñándome. Yo resistí, prolongando la tortura deliciosa.
Acto tres: la liberación. La puse de misionero, mirándonos a los ojos. "Córrete conmigo, Karla. Completa la cura". Nuestros cuerpos se fundieron, ritmo frenético. Su clítoris rozando mi pubis, gemidos convirtiéndose en gritos. Sentí la erupción subir, bolas tensas. "¡Sí, lléname, doctor!" Exploto dentro, chorros calientes inundándola, su orgasmo final apretándome como vicio. Colapsamos, pulsos galopantes calmándose, piel pegajosa unida.
En el afterglow, acurrucados bajo la sábana delgada, el ventilador secando nuestro sudor. "Mi triada encefalopatia de Wernicke fue lo mejor que me pasó", murmuró, besando mi pecho. Reí, acariciando su cabello revuelto. "Y para mí, tu cura fue el mejor remedio". El sol se fue, dejando luces de neón filtrándose. Sabíamos que esto era el inicio: citas robadas, noches de pasión en su penthouse de Reforma. El deseo, como la tiamina, nos revitalizó. Fin.