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Prueba En Presente Ardiente

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Prueba En Presente Ardiente

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines silvestres que se colaban desde los jardines cercanos. Tú caminabas por la Zona Romántica, con el vestido ligero pegándose a tu piel por la brisa húmeda del Pacífico. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con la música de un mariachi lejano, y el calor de la noche te hacía sentir viva, deseosa de algo más que una cerveza fría.

Entras al bar La Noche Caliente, un lugar con luces tenues y mesas de madera oscura llenas de locales y turistas. Tus ojos se posan en él: alto, moreno, con una sonrisa que promete travesuras. Lleva una camisa guayabera entreabierta, dejando ver el vello oscuro en su pecho. Se llama Diego, te dice al invitarte una michelada. Su voz es grave, con ese acento tapatío que te eriza la piel.

—¿Qué traes por aquí, preciosa? —pregunta, sus ojos cafés clavados en los tuyos, recorriendo tu escote con disimulo.

Charlan de todo y nada: del mar, de la vida rápida en la ciudad, de cómo a veces hay que try en presente. Lo dice como si fuera un mantra, una invitación. “Try en presente, ¿sabes? No esperes al mañana para lo que te quema por dentro”. Su mano roza la tuya al pasarte la lima del vaso, y sientes un chispazo eléctrico que sube por tu brazo. El sabor salado de la michelada se mezcla con el dulzor de su aliento, que huele a tequila reposado.

¿Qué carajos? Piensas. Es un desconocido, pero neta, su mirada te hace mojar las panties sin permiso.

La tensión crece con cada risa compartida. Sus rodillas se tocan bajo la mesa, y el roce deliberado te acelera el pulso. “¿Y si lo hacemos? Try en presente”, susurra al oído, su aliento cálido contra tu lóbulo. Asientes, el deseo ya ardiendo en tu vientre como chile habanero.

Salen del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra tu piel acalorada. Caminan hacia la playa, la arena tibia aún bajo tus sandalias. El sonido de las olas es hipnótico, y el olor a yodo se intensifica. Diego te jala hacia unas palmeras, donde la luna ilumina todo con un brillo plateado. Sus labios encuentran los tuyos en un beso hambriento, su lengua explorando tu boca con urgencia. Sabe a tequila y a hombre, un sabor adictivo que te hace gemir bajito.

Acto primero cerrado: la chispa inicial prendida, el deseo latiendo como tambores de una fiesta huichol.

En la playa, sus manos recorren tu espalda, bajando hasta tus nalgas, apretándolas con fuerza juguetona. “Estás bien chingona, mamacita”, murmura, y tú respondes mordiéndole el labio inferior. El vestido se sube por tus muslos, y sientes la arena fina colándose por tus pies. El viento trae el aroma de su loción, mezclado con el sudor ligero que ya perla su cuello.

Te empuja suave contra el tronco de una palmera, sus caderas presionando las tuyas. Sientes su verga dura contra tu monte de Venus, palpitante, prometiendo placer. Tus pezones se endurecen bajo la tela delgada, rozando su pecho mientras lo besas con más hambre. Manos expertas desabrochan tu vestido, exponiendo tus tetas al aire salobre. Él las acaricia, pellizcando los pezones con delicadeza, enviando ondas de placer directo a tu clítoris hinchado.

¡No mames! Piensas. Esto es loco, pero qué rico se siente su toque, como si me conociera de toda la vida.

La escalada es gradual: sus dedos bajan por tu panza, metiéndose en tus calzones empapados. Encuentra tu chochito mojado, resbaloso de jugos, y frota el capuchito con círculos lentos. Gimes contra su boca, el sonido ahogado por las olas. “Estás chorreando, preciosa. ¿Quieres que te coma?” Asientes, jadeante, y él se arrodilla en la arena, su lengua caliente lamiendo tus labios mayores, saboreando tu miel salada y dulce.

El placer sube en oleadas: su lengua danzando en tu entrada, chupando tu clítoris como si fuera un tamarindo maduro. Tus manos enredadas en su pelo negro, tirando suave mientras tus caderas se mueven solas. El olor a sexo se mezcla con el mar, embriagador. Sientes tu orgasmo construyéndose, tenso como un elástico, hasta que explota en temblores que te dejan las piernas flojas.

Pero no para ahí. Te levanta, te quita el vestido del todo, y tú le bajas el pantalón. Su verga salta libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La agarras, sientes su calor pulsante en tu palma, el olor almizclado de su masculinidad. La mamas con ganas, saboreando la sal de su piel, la vena latiendo en tu lengua. “¡Qué chido, wey! Sigue así”, gruñe él, sus manos en tu cabeza guiando sin forzar.

La intensidad psicológica crece: dudas fugaces –¿y si alguien ve?– pero el deseo las ahoga. Es empoderador, tú controlas el ritmo, lo miras a los ojos mientras lo tragas profundo, sintiendo su gemido vibrar en tu garganta.

Acto medio culminando: cuerpos entrelazados, sudor perlando pieles, corazones galopando al unísono.

Diego te lleva a su hotel cercano, una suite con vista al mar, balcón abierto para que la brisa entre. La cama king size los recibe, sábanas frescas contra tu espalda ardiente. Se pone condón –siempre seguro, carnal– y te abre las piernas con ternura. Su verga empuja lento en tu chocha resbalosa, estirándote delicioso. Sientes cada centímetro, el roce en tus paredes internas, llenándote hasta el fondo.

“¡Ay, Diego! Más duro”, pides, y él obedece, embistiéndote con ritmo creciente. El slap-slap de piel contra piel se une a tus gemidos y sus gruñidos. Sudor gotea de su frente al tuyo, salado en tus labios. Tus uñas marcan su espalda, el dolor placentero lo excita más. Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como amazona, tus tetas rebotando, control total. Sientes su verga golpeando tu punto G, el placer acumulándose de nuevo.

Esto es try en presente puro, piensas. Vivir el ahora, sin culpas, solo puro fuego mexicano.

Él te voltea a perrito, agarrando tus caderas, penetrando profundo. El balcón deja entrar el rumor del mar, testigo de su unión. Tus jugos corren por tus muslos, el olor a sexo intenso, animal. El clímax los golpea juntos: tú gritando “¡Me vengo, pendejo chulo!”, él gruñendo “¡Sí, córrete en mi verga!”. Ondas de éxtasis recorren tu cuerpo, contracciones ordeñando su polla hasta que él se vacía, temblando.

Caen exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados. El afterglow es dulce: besos suaves, risas compartidas. Su mano acaricia tu pelo, el olor a jazmín volviendo con la brisa. “Try en presente, ¿eh? La mejor noche”, dice él. Tú sonríes, el corazón pleno, sabiendo que fue perfecto, consensual, tuyo.

Al amanecer, el sol tiñe el mar de oro. Se despiden con promesas vagas, pero el recuerdo queda grabado: pieles, sabores, el pulso del deseo vivido en el presente. Caminas de regreso, piernas aún débiles, sonrisa pícara. La vida en Vallarta sabe a más.

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