Cada Cuando Se Debe Inyectar Bedoyecta Tri En Tu Deseo
Ana se recostó en la cama king size de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. El sol de la tarde se colaba por las cortinas semitransparentes, pintando su piel morena con tonos dorados. Llevaba todo el día hecha un trapo, con esa flojera que te cala hasta los huesos después de una semana de puro estrés en la oficina. Neta, necesito un chispazo de energía, pensó, mientras se masajeaba el cuello. Ahí entró Marco, su carnal del alma, con esa sonrisa pícara que siempre le ponía la piel chinita.
—Órale, mi reina, traigo la solución pa' tus males —dijo él, sacando del bolsillo de su chamarra de cuero una cajita plateada. Bedoyecta Tri, las inyecciones de vitaminas B que tanto bombean en las farmacias de la colonia. Marco era farmacéutico, un wey que sabía de esas cosas, y siempre andaba experimentando con remedios caseros pa' mantenerla lista pa'l desmadre.
Ana lo miró de reojo, con el corazón latiéndole un poquito más rápido. ¿Cada cuándo se debe inyectar Bedoyecta Tri? Se lo preguntó en voz alta, juguetona, mientras se acomodaba el shortcito de algodón que apenas le cubría las nalgas firmes.
—Pues, mi amor, lo ideal es cada cuando se debe inyectar Bedoyecta Tri una vez a la semana, pa' que no te sobrecargues el cuerpo. Pero contigo... neta, creo que podemos ajustar el ritmo —respondió Marco, guiñándole el ojo mientras preparaba la jeringa. El líquido ámbar brillaba bajo la luz, y el olor a alcohol esterilizado se mezcló con el perfume de vainilla que ella traía puesto.
El ambiente se cargó de inmediato. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como si el simple roce de sus miradas ya fuera un preámbulo. Se puso de lado, bajándose el short hasta las rodillas, exponiendo la curva suave de su nalga derecha. La tela rozó su piel sensible, y un suspiro se le escapó.
¿Por qué carajos esto me prende tanto? Es solo una pinche inyección, pero con él... ay, wey, me lo imagino metiéndola despacito, como si fuera otra cosa.
Marco se acercó, sus dedos callosos —de tanto manejar cajas en la farmacia— trazaron un círculo en su piel, buscando el punto exacto. El tacto era eléctrico: cálido, firme, con esa presión que hacía que su pulso se acelerara. Limpió el área con una gasa fría, y el vello de su cuerpo se erizó al instante.
—Relájate, preciosa. Va a doler un segundito, pero después te vas a sentir como nueva. Más viva que nunca —murmuró él, su aliento caliente contra su oreja. El pinchazo fue rápido, pero Ana jadeó, no tanto por el dolor como por la oleada de sensaciones. El líquido se filtró en su músculo, un ardor sutil que se expandió como fuego lento, despertando cada nervio.
Se incorporó despacio, y ya sentía el cambio: el corazón le latía con fuerza, la sangre corría veloz por sus venas, y un calorcillo delicioso le subía desde la cadera hasta los pechos. Marco la observaba, con los ojos oscuros brillando de deseo contenido.
—¿Ves? Ya estás lista pa' lo que sea —dijo, tirando la jeringa a la basura. Pero no se alejó. En cambio, su mano se deslizó por su muslo, subiendo con deliberada lentitud. Ana giró el rostro, capturando sus labios en un beso hambriento. Sabían a menta y a café de la mañana, un sabor que la volvía loca.
La tensión que habían acumulado toda la semana explotó ahí. Sus lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, mientras las manos de Marco exploraban su cuerpo como si fuera territorio nuevo. Le quitó la blusa con un tirón suave, dejando al aire sus tetas redondas, los pezones ya duros como piedritas. Ana gimió contra su boca, arqueando la espalda para presionarse contra él.
Se tumbaron en la cama, las sábanas de satén crujiendo bajo su peso. El olor de sus cuerpos se mezclaba: sudor fresco, su loción de sándalo y el almizcle de la excitación que ya empapaba sus bragas. Marco besó su cuello, mordisqueando la piel salada, bajando hasta un pezón que chupó con avidez. Ana clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
—Quítate todo, cabrón. Quiero sentirte ya —le ordenó ella, con voz ronca, empoderada por esa energía nueva que le bullía por dentro.
Él obedeció, despojándose de la ropa en segundos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando directo a ella. Ana la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, caliente como hierro forjado. La masturbó despacio, viendo cómo Marco cerraba los ojos y gruñía bajito, un sonido gutural que vibró en su clítoris.
Esto es lo que necesitaba. No solo la Bedoyecta, sino él, así, crudo y mío.
Marco la volteó boca abajo, besando la marca roja de la inyección en su nalga. —Aquí donde te inyecté, mi amor. Cada cuando se debe inyectar Bedoyecta Tri, te voy a recordar este placer —susurró, separándole las piernas. Su lengua encontró su panocha primero, lamiendo los labios hinchados, saboreando el néctar dulce y salado que goteaba. Ana se retorció, las caderas elevándose, el placer como descargas eléctricas desde el centro de su ser.
El sonido de sus jadeos llenaba la habitación: húmedos, entrecortados, mezclados con el slap slap de su boca devorándola. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana gritó su nombre, las paredes de su sexo contrayéndose alrededor de él, al borde del abismo.
Pero no la dejó caer aún. Se posicionó detrás, frotando la punta de su verga contra su entrada resbaladiza. —Dime que la quieres, Ana. Dime que cada inyección va a ser así —exigió, con voz temblorosa de contención.
—Sí, pendejo. Métemela toda. Hazme tuya cada semana —respondió ella, empujando hacia atrás.
Entró de un solo golpe, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, un dolor placentero que se convertía en éxtasis puro. Marco embestía con ritmo creciente, sus bolas golpeando su clítoris a cada thrust. El sudor les chorreaba por la espalda, el olor a sexo impregnando el aire. Ana se tocaba el botón mientras él la taladraba, los gemidos convirtiéndose en alaridos.
La cama rechinaba, las cabezas de las vecinas debían estar pegadas a la pared, pero a ellos les valía madre. Marco la volteó de nuevo, cara a cara, para mirarla a los ojos mientras la penetraba profundo. Sus pechos rebotaban con cada embestida, y él los amasaba, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar.
El clímax la alcanzó como una ola: contracciones violentas, jugos brotando, el mundo reduciéndose a ese punto de unión. Marco la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que se sentían hasta el alma.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa de sudor. El afterglow era perfecto: pulsos calmándose en sincronía, besos suaves, caricias perezosas. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte que poco a poco se aquietaba.
—Entonces, ¿cada cuando se debe inyectar Bedoyecta Tri? —preguntó ella, riendo bajito.
—Cada cuando tú quieras, mi vida. Cada cuando este fuego nos queme —respondió él, besándole la frente.
Y así, enredados en las sábanas revueltas, supieron que esa sería su nueva rutina: vitaminas, deseo, y un placer que no conocía fin.