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Las Caracteristicas Ardientes de la Triada Epidemiologica

7782 palabras

Las Caracteristicas Ardientes de la Triada Epidemiologica

Estás sentado en el auditorio de la Facultad de Medicina de la UNAM, el aire cargado con ese olor a libros viejos y café barato que siempre flota en las clases de epidemiología. El sol de la Ciudad de México se filtra por las ventanas altas, calentando el salón como si el ambiente ya conspirara para algo más que una lección. Frente a ti, la doctora Daniela Reyes camina con ese contoneo que hace que todos los weyes de la clase se queden con la boca abierta. Es menuda pero con curvas que no mienten: chichis firmes bajo la blusa blanca ajustada, caderas que se mueven como si bailaran cumbia en secreto, y unos labios rojos que parecen hechos para morder.

—Hoy vamos a desmenuzar las caracteristicas de la triada epidemiologica —dice con voz ronca, como si cada palabra fuera un susurro al oído—. Agente, huésped y ambiente. Sin uno, no hay contagio. ¿Entienden?

Su mirada recorre el salón y se detiene en ti. Sientes un cosquilleo en la nuca, como si ya te hubiera infectado con algo que no es gripe. Tú, un cabrón de veinticinco años terminando la carrera, siempre has sido el callado, el que observa. Pero hoy, su perfume —mezcla de jazmín y algo más picante, como chile en nogada— te llega directo al entrepierna. Imaginas sus manos explicando el agente patógeno sobre tu piel.

¿Qué chingados me pasa? Es mi profe, wey. Pero esas caracteristicas de la triada epidemiologica suenan como las fases de un polvo épico.

La clase avanza. Ella dibuja en el pizarrón: el agente como la bacteria lista para invadir, el huésped con sus defensas bajas, el ambiente favoreciendo el encuentro. Cada trazo de su tiza es hipnótico, y tú sientes tu verga endureciéndose contra los jeans. Cuando suena la campana, todos salen en estampida, pero tú te quedas, recogiendo tu mochila despacio.

—Oye, tú —te llama ella, con esa sonrisa pícara que no usa con nadie más—. ¿Quieres que te explique mejor las caracteristicas de la triada epidemiologica? Ven a mi oficina después de las tres.

El corazón te late como tamborazo en una fiesta de pueblo. ¿Es en serio? ¿O nomás me la estoy imaginando? Asientes, la voz atascada en la garganta.

La oficina está en el tercer piso, un cuartito con escritorio desordenado, posters de brotes epidémicos en las paredes y una ventana que da al jardín de la facultad. Llegas puntual, sudando un poco por las escaleras. Tocas la puerta.

—Pasa, chulo —dice desde adentro, y esa palabra te eriza la piel.

Entras. Ella está sentada en el borde del escritorio, piernas cruzadas, falda negra subiendo un poco por los muslos morenos. El ambiente huele a ella: sudor ligero mezclado con ese jazmín que ya te tiene loco. Cierra la puerta con llave, el clic resuena como promesa.

—Siéntate —ordena, señalando la silla frente a ella—. Vamos a ver esas caracteristicas de la triada epidemiologica de cerca. ¿Listo para un contagio controlado?

Te sientas, las manos temblando sobre las rodillas. Ella se para, camina lento hacia ti, sus tacones golpeteando el piso de linóleo. Se inclina, su escote a centímetros de tu cara, el olor de su piel cálida invadiéndote las fosas nasales.

—Primero, el agente —susurra, rozando tu mejilla con los dedos—. Yo soy el agente patógeno. Peligrosa, viral, lista para multiplicarme en ti.

Su toque es eléctrico, suave como terciopelo pero firme. Sientes el calor de su palma bajando por tu cuello, hasta el pecho. Tu respiración se acelera, el pulso retumbando en tus oídos.

No mames, esto no es una clase. Esto es foreplay con terminología médica. Y me encanta, pendejo que soy.

—El huésped eres tú —continúa, sentándose a horcajadas sobre tus piernas, su peso delicioso presionando tu erección creciente—. Tus defensas están bajas, ¿verdad? Susceptible a mi invasión.

Sus caderas se mecen sutil, frotándose contra ti. Gimes bajito, el sonido escapando sin permiso. Le agarras la cintura, sintiendo la carne blanda bajo la tela. Ella ríe, un sonido gutural que vibra en tu pecho.

—Y el ambiente... —dice, mirando alrededor—. Este cuarto caliente, cerrado, perfecto para que el agente prospere en el huésped.

Te besa entonces, labios carnosos saboreando a fresa y tequila. Su lengua invade tu boca como el patógeno perfecto, explorando, conquistando. Sabes a sal de tus nervios, ella a deseo puro. Tus manos suben por su espalda, desabrochando el sostén con torpeza ansiosa. Lo arroja al piso, y sus chichis saltan libres, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo.

Qué rico —murmuras contra su cuello, lamiendo el sudor salado que perla ahí.

Ella gime, arqueándose. —Muéstrame lo susceptible que estás, huésped.

La levantas, sentándola en el escritorio. Papeles vuelan, un libro cae con thud sordo. Le subes la falda, exponiendo panties de encaje negro empapados. El olor a su excitación —musk dulce, como miel de maguey— te golpea, haciendo tu verga palpitar dolorosamente. Los arrancas con cuidado, ella ayudando con impaciencia.

Su panocha está lista, labios hinchados brillando de jugos. La tocas con dedos temblorosos, resbalosos, entrando uno, luego dos. Ella jadea, uñas clavándose en tus hombros.

Así, cabrón, infecta mi agente —ordena, voz entrecortada.

Chupas su clítoris, sabor ácido y dulce explotando en tu lengua. Ella se retuerce, muslos apretando tu cabeza, gemidos subiendo de volumen como sirena en la ciudad. El ambiente se calienta más, sudor chorreando por vuestras pieles, mezclándose.

Esto es la triada perfecta: ella infectándome el alma, yo rindiéndome, este cuarto testigo de nuestra epidemia privada.

No aguantas más. Te paras, bajando los jeans. Tu verga salta libre, venosa y dura como fierro. Ella la agarra, masturbándote lento, pulgar en la punta húmeda.

—Entra en mí —suplica, guiándote.

Empujas, centímetro a centímetro, su calor envolviéndote como guinda derretida. Gritas de placer, ella clava talones en tu culo. Empiezas a bombear, lento al inicio, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. El escritorio cruje, papeles susurran al caer. Sus tetas rebotan con cada embestida, tú las chupas, mordisqueando pezones que sabe a vainilla.

Más duro, wey, haz que el ambiente explote —gruñe ella, uñas arañando tu espalda.

Aceleras, piel contra piel en palmadas húmedas, olor a sexo impregnando todo. Tus bolas golpean su culo, su clítoris frotándose contra tu pubis. Ella viene primero, cuerpo convulsionando, panocha apretándote como puño, chorros calientes mojando vuestras union.

¡Sí, carajo! —chilla, voz rompiendo el silencio.

Tú la sigues, el orgasmo subiendo como tsunami desde las bolas. Eyaculas profundo, chorros calientes llenándola, gemido gutural escapando de tu garganta. Colapsas sobre ella, pulsos latiendo al unísono, sudor enfriándose en la piel.

Se quedan así minutos, respiraciones calmándose. Ella acaricia tu cabello, besos suaves en la frente.

—Ves —susurra—, esas caracteristicas de la triada epidemiologica aplicadas al placer. Contagio total.

Te vistes lento, piernas flojas como gelatina. Ella se arregla, pero con guiño prometedor.

Esto no termina aquí. La infección ya está en mí, crónica y deliciosa. Mañana, más lecciones.

sales a la luz del atardecer mexiqueño, el cuerpo zumbando de afterglow, el alma satisfecha. La triada ha obrado su magia, y tú eres el huésped perfecto, ansioso por más epidemias de placer.

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