Las Bach Trio Sonatas en Nuestra Piel
La luz del atardecer se colaba por las ventanas altas de mi depa en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Yo, Ana, con mi violín ya afinado en las manos, sentía el corazón latiéndome fuerte mientras Marco y Luis entraban cargando sus instrumentos. Marco, el flautista, con esa sonrisa pícara que me derretía, y Luis, el tecladista del clavicordio, alto y moreno, con ojos que prometían travesuras. Habíamos quedado para ensayar las Bach trio sonatas, esas piezas barrocas tan intrincadas, llenas de contrapuntos que se enredan como cuerpos en la noche. Pero la neta, todos sabíamos que la música era solo el pretexto.
"Órale, Ana, ¿ya estás lista para que te hagamos vibrar?" dijo Marco guiñándome el ojo, mientras colocaba su flauta traversa sobre la mesa de caoba. Su voz ronca, con ese acento chilango que me erizaba la piel, me hizo mojarme un poquito. Luis soltó una carcajada, ajustando el clavicordio portátil que habíamos traído. "Pendejo, ni empieces. Vamos a tocar las sonatas de Bach como se debe, y luego... ya veremos."
Me senté en la silla de madera pulida, el violín contra mi hombro desnudo porque llevaba un vestido suelto de algodón blanco que se pegaba a mis curvas con el calor de la tarde. El olor a jazmín del jardín de abajo subía mezclado con el aroma terroso del clavicordio. Empezamos con la Sonata en Sol mayor, BWV 1038. Las notas de Marco flotaban suaves, como caricias en el aire, mi violín respondía con arpegios agudos que cortaban el silencio, y Luis marcaba el bajo continuo con pulsos firmes, rítmicos, como latidos acelerados.
Pinche música de Bach, pienso, mientras siento cómo mis pezones se endurecen rozando la tela. Estos cabrones tocan tan chido que ya me imagino sus manos en mí en vez de en los instrumentos.
El contrapunto se enredaba, las melodías dialogando, persiguiéndose, y yo cerraba los ojos, dejando que el sonido me recorriera la espina dorsal. Sudor fino perlaba mi frente, y el roce de mis muslos al moverme para alcanzar las notas altas hacía que el deseo creciera despacio, como una sonata que se desarrolla.
Terminamos el primer movimiento y nos miramos. El aire estaba espeso, cargado de electricidad. "Qué chingón, ¿no?" murmuró Luis, pasándose la mano por el cuello, donde brillaban gotas de sudor. Su camisa blanca se adhería a su pecho musculoso, delineando cada músculo. Marco se acercó a servirme un vaso de vino tinto de Valle de Guadalupe, su aliento cálido en mi oreja. "Para que sigas vibrando, mi reina." El sabor ácido y afrutado explotó en mi lengua, bajando ardiente por mi garganta, avivando el fuego en mi vientre.
En el segundo movimiento, allegro, la tensión subió. Las Bach trio sonatas pedían precisión, pero nuestras miradas se cruzaban, hambrientas. Sentí la mano de Marco rozar mi rodilla al pasar "accidentalmente", un toque fugaz que envió chispas a mi centro. Luis, desde el clavicordio, movía los dedos con maestría, y yo fantaseaba que eran sobre mi piel. El sonido llenaba la sala: flauta dulce y penetrante, violín agudo y apasionado, bajo grave y dominante. Mi respiración se aceleraba con la música, el pulso entre mis piernas latiendo al ritmo del bajo continuo.
Paramos para el intermedio. "No mames, esta sonata me está poniendo caliente", confesé riendo, abanicándome con la partitura. Marco se acercó por detrás, sus manos en mis hombros, masajeando suave. "¿Caliente? Déjame refrescarte." Sus labios rozaron mi cuello, sabor a sal y vino, y yo gemí bajito. Luis se unió, arrodillándose frente a mí, sus dedos trazando mi muslo por debajo del vestido. "Ana, tus ojos dicen que quieres más que notas musicales."
Estos weyes me conocen tan bien. Su tacto es como la armonía perfecta de Bach: se complementan, me envuelven, no hay falsos acordes.
El beso de Marco fue profundo, su lengua explorando mi boca con la misma fluidez de su flauta. Luis subió el vestido, besando mi interior de muslos, el olor de mi excitación mezclándose con el jazmín. Quité mi violín a un lado, y ellos me alzaron como pluma, llevándome al sofá amplio de terciopelo rojo. La música seguía sonando en mi cabeza, el allegro acelerado coincidiendo con mi pulso.
Me desvistieron despacio, reverentes. Marco chupaba mis pezones, duros como perlas, mientras Luis lamía mi clítoris con lengua experta, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. "Qué rica estás, Ana, neta", gruñó Luis, su aliento caliente contra mi humedad. El sabor de mi propia piel en sus labios cuando me besaron mutuamente fue embriagador. Sus vergas ya duras presionaban contra mí: la de Marco larga y curva, la de Luis gruesa y venosa, palpitantes promesas.
Escalamos juntos. Primero, me puse de rodillas, tomando la flauta de carne de Marco en mi boca, saboreando su precum salado mientras Luis me penetraba por detrás, lento al principio, como el adagio de la sonata. El slap de piel contra piel se mezclaba con mis gemidos ahogados. "Cógeme más fuerte, cabrón", le pedí, y él obedeció, embistiéndome con ritmo barroco, crescendo imparable. Marco gemía, "Pinche boquita de violinista, me vas a hacer venir ya".
Cambiaron posiciones fluidas, como contrapuntos. Ahora monté a Luis, su verga llenándome hasta el fondo, mis caderas girando al compás imaginario de las Bach trio sonatas. Marco se arrodilló, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mi clítoris y en las bolas de Luis. El olor a sexo, sudor masculino y mi flujo empapaba todo. Sentía cada vena, cada pulso, el calor abrasador. Mis uñas en la espalda de Luis, dejando marcas rojas como pentagramas.
Esto es mejor que cualquier concierto. Sus cuerpos son mis instrumentos, y yo la directora que los hace sonar en éxtasis.
La intensidad creció. Luis me volteó boca abajo, penetrándome mientras Marco entraba en mi boca de nuevo. El doble asalto me volvía loca: lleno por delante y por atrás, sabores y texturas explotando. "¡Ya, chingado, me vengo!" grité, el orgasmo rompiéndome en olas, contracciones que ordeñaban a Luis. Él rugió, llenándome con chorros calientes, y Marco explotó en mi garganta, espeso y abundante, tragándolo todo con avidez.
Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes. El clavicordio aún zumbaba leve, como eco de la sonata inconclusa. Marco me besó la frente, "¿Ves? Las Bach trio sonatas siempre terminan así, en armonía perfecta." Luis rio, abrazándonos. "Próximo ensayo, la siguiente sonata, wey. Pero con más intensidad."
Yacimos ahí, piel contra piel, el corazón calmándose al ritmo de un sarabande imaginario. El jazmín nocturno entraba por la ventana, mezclándose con nuestro olor a placer compartido. En ese momento, supe que la música de Bach no era solo notas: era el puente a este lazo nuestro, profundo, consensual, eterno. Mañana ensayaríamos de nuevo, pero esta vez, desde el principio, con el deseo ya encendido.